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TRIBUNA

CAFÉ

domingo 08 de abril de 2018, 19:12h

El CAFÉ lo inventó la Falange como contraseña entre los suyos: Camarada Arriba Falange Española. Lo mismo el café es facha, salvo que sea Marcilla o Saimaza. El café se empleó como arma política contra Winston Churchill por Lady Astor, primera mujer en ocupar escaño en la Cámara de los Comunes, y que saturada por el mordaz lenguaje del dirigente británico, espetó a éste: Si usted fuera mi marido, le echaría veneno en el café. Con su ágil dialéctica, Churchill respondió: Señora, si usted fuera mi esposa, me lo bebería. Hay marcas cafeteras que son caramelos envenenados y no se quieren ni regalás. Marcilla y Saimaza circulan malditas por redes sociales como sinónimos de Sodoma y Gomorra, Bonny and Clyde o Hitler y Stalin.

Un torpe directivo del grupo cafetero, independentista catalán en el fuero interno de las opiniones personales, ha certificado que los españoles somos fascistas. Churchill dijo que los fascistas del futuro se llamarán a sí mismos antifascistas. Los cafés echan humo, las cafeteras silban como locomotoras y el pobre directivo parece un hombre solo, cortado y manchado que acabará tostado. A Marcilla y Saimaza les ha salido un grano y no precisamente de café en las ventas y tendrán que torearlo. Libertad de expresión y libre mercado.

Muchas ideas que han conformado la Europa actual se pensaron y repensaron en las terrazas y a través de los ventanales de los cafés. Vargas Llosa tiene escrito que Europa es ante todo un café donde se escribe poesía, conspira y filosofa. El café de París, el de Viena, el Gerbeaud de Budapest, el irlandés, el Gijón. Coincidiendo con el nacimiento de éste, el separatismo comenzó a ser en España una enfermedad nacional. Tras cien años, continúa siéndolo, agravada por convulsiones golpistas provocadas, quizás, por la cafeína.

Hay personas que tienen muy mal beber, otras muy mal café y las hay también con muy mala leche. Que los españoles somos fachas no es novedad. Empezamos siéndolo con los reyes godos y nos ratificamos en ello bajo el reinado de los Reyes Católicos, que sellaron la unidad de España con el yugo y las flechas, otro invento falangista. Fuimos fachas con orgullo al echar a los franceses de nuestro suelo. Continuamos siéndolo durante la II República, que vino porque Alfonso XIII se fue.

Nuestro fascismo se refinó con la democracia, traída gracias al Rey Juan Carlos, sucesor de Franco, Adolfo Suárez, que vistió camisa azul, y Miguel Primo de Rivera, sobrino del fundador de la Falange. Sí, toda España es un facherío tal, que una ardilla puede ir de Barcelona a Cádiz saltando de brazo alzado en brazo alzado. A los españoles nos encanta montar el Belén en Navidad, salir de procesión en Semana Santa, ir a los toros en la feria, colgar la enseña nacional en el balcón, animar a nuestra Selección en el Mundial o leer el Marca o el As mientras nos tomamos un café, pero no de Marcilla ni Saimaza. ¿Cómo no vamos a ser fachas?

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