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ENSAYO

Ramón Rovira: Yo, Trump

domingo 08 de abril de 2018, 19:33h
Actualizado el: 04/09/2018 08:55h
Ramón Rovira: Yo, Trump

Ediciones B. Barcelona, 2017. 311 páginas. 16,15 €.

Por Alfredo Crespo Alcázar

Ramón Rovira nos presenta un libro sobre una de las personalidades del momento: Donald Trump. El ¿otrora? magnate y ahora presidente de la primera potencia mundial tiene la virtud de no dejar indiferente a la opinión pública, suscitando filias y fobias. Esto último implica un peligro notable, si el objetivo radica en ofrecer una visión objetiva del personaje, no reducida únicamente a los tópicos.

Al respecto, Rovira sortea ese obstáculo con solvencia. De hecho, durante un lustro fue el corresponsal de TV3 en Washington, cubriendo acontecimientos como la segunda legislatura de Bill Clinton o la primera victoria electoral de George W. Bush. Este conocimiento de la realidad norteamericana permea a lo largo de todo el libro, observándose tanto en la soltura narrativa como en las abundantes fuentes utilizadas (bibliografía, think tanks…).

Asimismo, Rovira no se detiene en el carácter estrafalario de Trump, lo que le haría caer en el terreno de la anécdota fácil, convirtiendo su trabajo en una colección de lugares comunes. Por el contrario, pretende y consigue detallar cuál es la situación actual de Estados Unidos y qué puede depararnos el periodo comprendido entre 2016-2020. En consecuencia, centra sus análisis sobre algunos ejes fundamentales: el equilibrio dentro del Partido Republicano, la presencia de Estados Unidos en el Pacífico, las relaciones con China, el futuro de la Alianza Atlántica o el factor Rusia, esto es, Vladimir Putin.

En íntima relación con la idea anterior, Rovira no idolatra a Barack Obama, ni antes de llegar al Despacho Oval ni al término de sus dos gobiernos. En este sentido, ofrece algunos datos que el buenismo de cortas miras olvida, como por ejemplo la vociferada retirada de Irak (y el surgimiento del Daesh como amenaza para la seguridad global), el aumento de las deportaciones durante sus dos presidencias, el empleo de drones como arma militar o que la muerte de Bin Laden “no aportó ningún cambio fundamental en la lucha contra el terrorismo islámico, sino al contrario” (p. 52).

No obstante, se decanta por el expresidente frente a Trump, cuya ausencia de proyecto político queda retratada en el populismo ventajista de su lema “America First”: “Cada decisión sobre temas de comercio, impuestos, inmigración, asuntos exteriores, se tomará en beneficio de los trabajadores y las familias americanas. Debemos proteger nuestras fronteras de los daños de otros países que fabrican nuestros productos, roban nuestras empresas y destruyen nuestros puestos de trabajo” (p. 285)

El autor en ningún momento esconde su admiración por Estados Unidos, de ahí que ponga en valor su intervención salvando a Europa de las garras del nazismo y del comunismo, algo que no siempre se le ha reconocido (y agradecido) desde el “Viejo Continente”. En palabras de Rovira: “Cuando cayó el muro de Berlín en 1989, hacía más de cuatro décadas que había acabado la Segunda Guerra Mundial, pero todavía un millón de soldados norteamericanos seguía apostado en la Alemania Federal, estableciendo una barrera insalvable ante cualquier veleidad expansionista de Moscú. Ante este cúmulo de hechos, y aceptando las ventajas que los Estados Unidos también han obtenido de esta privilegiada relación, muchas veces la amnesia europea ha rozado el desdén” (p. 14).

Igualmente, podemos deducir que Estados Unidos sobrevivirá a Trump, fenómeno que se ha comprobado ya en sus dos primeros años de mandato. En efecto, aspiraciones como la prohibición de entrada en el país de ciudadanos musulmanes o la eliminación del Obacare no ha podido satisfacerlas, consecuencia del sólido entramado institucional que hace que el presidente, en la práctica, no sea tan poderoso, por lo cual no puede convertirse en uno de esos autócratas que campan a sus anchas por otras latitudes.

Sin embargo, en algunos otros temas sí que Donald Trump se ha salido con la suya. En este sentido, destaca su rechazo del Tratado de Transpacífico, uno de los grandes legados de Obama, pero que topaba frontalmente con el proteccionismo que el nuevo presidente quiere imponer, producto de su visión simplista de las relaciones internacionales, en función de la cual considera el aislacionismo la panacea para todos los males de la economía norteamericana. Tal percepción es festejada, entre otros, por China (por razones sobre todo comerciales) y por Rusia, nación esta última que bajo el liderazgo de Putin ha recuperado la escarapela de actor geopolítico de primer nivel, muchas veces siguiendo la premisa maquiavélica de “el fin justifica los medios”.

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