www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

NOVELA

Andrés Neuman: Fractura

domingo 15 de abril de 2018, 18:59h
Andrés Neuman: Fractura

Alfaguara. Madrid, 2018. 496 páginas. 21,90 €. Libro electrónico: 9,99 €.

Por Paulo García Conde

Una fractura puede dejar una huella distinta tanto para quien la observa como para quien la sufre. Puede señalarse la rotura o residir su importancia en la cicatriz que origina. El kintsugi es una técnica japonesa (bien podría considerarse un arte) que consiste en arreglar las fracturas sufridas por un objeto realzando con polvo de oro las partes por las que se ha resquebrajado. En Japón tienen claro que no hay que esconder las heridas, ya que son la mejor muestra de que se ha superado algo terrible, difícil. Al menos en cuanto a los objetos; en lo referente a la memoria, una fractura puede no ser tan fácil de combatir.

Andrés Neuman, que ya había advertido de su ambición narrativa con El viajero del siglo (Premio Alfaguara y Premio de la Crítica, 2009), compone un relato de eco universal. Valiéndose de una concisa selección de personajes afronta el reto de adentrarse en las grietas que identifican, y a veces estigmatizan, al mundo en que vivimos. El señor Watanabe es un hombre que no ha sabido (o no ha querido saber) enfrentar su jubilación. Después de una vida viajando de un país a otro (primero por motivos de estudio, luego de trabajo; pero siempre azuzado por una pulsión subrepticia) ha regresado a su país natal, que apenas reconoce. Lo mismo le pasa al país con él. Sin embargo, el terremoto catastrófico (adjetivo cuyo origen se examina en la novela) que agitó Japón en 2011 y, sobre todo, el posterior accidente nuclear que tuvo lugar en Fukushima, activan una narración que cruza cualquier frontera existente.

A través de la voz de aquellas mujeres que compartieron parte de su vida con Watanabe en los distintos países en que residió, Neuman habla con una capacidad reflexiva tan sutil como lúcida de todas las esperanzas y de todos los temores que envuelven al ser humano. De manera acertada, inteligente, se apoya en las cuestiones de identidad, en las diferencias y similitudes entre idiomas que surgen del mismo deseo de comunicación, de las fisuras que se producen en un lado del globo terráqueo (ya sea en la tierra o en el cuerpo de las personas que la pisan) y que tienen su efecto inevitable en el polo opuesto.

Los desastres nucleares que se han ido desencadenando a lo largo de las últimas décadas (según aumenta el afán por diseñar y construir armas de destrucción masiva más potentes) son más bien un sustento para el hilo argumental, pero no el núcleo del relato. Este va mucho más allá. Cada personaje narra desde un punto de vista propio, a pesar de pivotar sobre la misma figura, y esta amalgama de voces completa un retrato amplio, a la que se une también la de un periodista argentino capaz de sumar otros matices al panorama resultante.

Recordar, olvidar y, sobre todo, decidir cómo hacer lo uno o lo otro. Por qué dejar atrás un pasado que ha configurado el presente, o por qué querer cargar con él a cuestas. «Al parecer, éramos capaces de destruirnos mutuamente, pero no de lamentarnos juntos», reflexiona uno de los personajes respecto a la guerra entre Estados Unidos y Japón. Si en las páginas de esta novela no se da una respuesta a esas preguntas, sí se hace un trabajo monumental por mostrarnos que estas dudas existen, que determinan cada paso dado hacia el futuro. Toda sociedad, con sus diferencias, es la misma. En el fondo, quizás solo cambien las fracturas que ha sufrido. O, más bien, la manera en que las exhibe. Con polvo de oro recorriendo cada línea de dolor y sufrimiento, o con una oscura manta tratando de ocultarlo todo.

¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (8)    No(0)

+
0 comentarios