Por España, se está extendiendo una epidemia de desmemoria, olvido y confusión que debería hacer saltar todas nuestras alarmas: el intento de reescribir la historia y blanquear a los terroristas y sus aliados. Cada vez se presta menos atención al pasado terrorista o filoterrorista de políticos y personajes públicos de nuestro país. Mientras organizaciones como COVITE, la Asociación Dignidad y Justicia y la Fundación Gregorio Ordóñez insisten en recordar los crímenes de la banda, otros se abrazan con simpatizantes de ETA o con condenados por pertenecer a ella.
Esto debería enseñarnos que no basta con introducir contenidos en el sistema educativo relativos a la historia reciente de España y a los crímenes de ETA, sino que es el sistema mismo el que debe rescatarse de las manos de los nacionalistas que, allí donde gobiernan, lo ponen a su servicio. Durante décadas, los separatistas catalanes han utilizado el sistema educativo para adoctrinar en el odio contra España a miles de jóvenes que hoy rezuman rencor contra una España que les enseñaron a odiar desde niños.
Así, la narración es esencial, pero también lo es el modo en que se enseña y el sistema educativo que se encarga de instruir a los niños y los jóvenes. Desde que el Estado renunció a ejercer ningún control sobre las comunidades autónomas y consintió que, desde la elección de la lengua vehicular hasta la tergiversación de la memoria, todo estuviese en manos de los políticos separatistas, sólo hemos ido a peor. Así, España se ha ido desgarrando por una reconstrucción de la Historia a manos de unos nacionalistas que sólo pretendían destruir España.
También se ha ido perdiendo la memoria. Mientras los nacionalistas han creado un complejísimo calendario de conmemoraciones, presuntos próceres y pretendidos recuerdos de opresión y resistencia, el resto de los españoles han ido olvidando muchas cosas hasta llegar a nuestros días, en que casi parece de mal gusto recordar que alguien ha pertenecido o colaborado con bandas de asesinos, secuestradores y extorsionadores como ETA, GRAPO o Terra Lliure.
Cada vez se recuerda menos a quienes padecieron los crímenes de esas bandas y a sus familias, a aquellos que tuvieron que dejar su tierra porque iban a matarlos, a todos los que vivieron y viven aún hoy con el miedo de saber que miles de sus vecinos siguen deseándoles la muerte, el silencio o el exilio.
Leo muy a menudo aquellas líneas que Pilar Ruiz Albisu, la madre de Joseba Pagazaurtundua, le escribió a Patxi López apenas dos años después de que Eta asesinase a su hijo: "Ya no me quedan dudas de que cerrarás más veces los ojos y dirás y harás muchas más cosas que me helarán la sangre, llamando a las cosas por los nombres que no son. A tus pasos los llamarán valientes. ¡Qué solos se han quedado nuestros muertos!".
No puedo evitar sentir que estas líneas hoy tratan de España y, especialmente, de aquellos que tienen responsabilidades de gobierno y jurisdicción para evitar los homenajes, las manifestaciones y, en general, la propaganda que sigue alentando el odio contra España y lo españoles.
Debemos reaccionar frente a esta epidemia de mentira y olvido que amenaza con legitimar discursos, ideologías y prácticas políticas que blanquean a los terroristas, sitúan al mismo nivel a víctimas y victimarios y salvan la ideología perversa que inspiraba entonces a los asesinos y hoy sigue inspirando a sus simpatizantes.
Debemos recuperar la memoria y rescatar la historia de las manos de unos separatistas que las están manipulando a su antojo para los mismos fines de siempre y con una impunidad mayor que nunca.
Debemos evitar que ETA, GRAPO, Terra Lliure y sus aliados ganen finalmente la partida.