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TRIBUNA

Burocracia y formalismo universitario

Antonio Domínguez Rey
lunes 16 de abril de 2018, 20:26h

Preocupa el estado vigente de la sociedad española y el desfondamiento de su contexto histórico. España ha construido un Estado cuya energía sobrepasó el entorno geográfico, su vivencia a veces desvertebrada. Es aún referencia de horizonte cultural en gran parte del mundo. Sin embargo, está sometida a una involución de este legado. La atención inteligente pide un alto en el camino. Requiere comparar el sueño fundador de tantos siglos con lo que parece adormecimiento de conciencias. Es evidente el contraste entre la creación centenaria del país, la sombra pisada de lo que fuimos, y la indolencia social suscitada por nuevos iconos de conducta.

En vez de proyectarnos, decididos, y con la cabeza erguida, en Europa, nos inhibe una crítica ladradora y un aprovechamiento sutil y ladrón de la circunstancia. Sin embargo, la sustancia civil conserva un horizonte de esperanza nunca perdido.

Nada mejor que el ámbito universitario para extraer de esa experiencia nuevo impulso y proyección de estímulos. Se habla otra vez de regeneración, restauración, reformas, hasta de retorno revolucionario. Nos fijamos en el prefijo re sin detenernos en lo que sigue, la generación, instauración, formación y desarrollo evolutivo. Para reformar, primero debemos formar. Y aquí naufragamos. La brújula encalla.

La democracia expandió el radio de la educación y cultura, pero produjo una paradoja sorprendente. A medida que se dilataba la información y se invertían fondos estatales en colegios, institutos, universidades, se ajaba la semilla del brote intelectual. Hay quien habla, como en Estados Unidos, de involución formativa de la cultura y de analfabetismo “ilustrado”. No porque los agentes sociales no hayan ido a la escuela, sino porque desconocen su base creadora. Esto se percibe en el resultado del ejercicio público, las tribunas del poder político, el parpadeo telemático y digital del pensamiento y el arribismo de las instituciones.

Europa está siendo más excusa que remoción de futuro. Pocos han comprendido el reto de la Unión Europea desde y para España. Basta fijarse en la casi nula presencia del problema universitario y del contexto europeo en los programas electorales de los partidos políticos. La realidad reflejada en el espejismo telemático no deja ver el montaje de su transformación mediada. Y solo los escándalos, cuando saltan a los medios, como en estos días, remueven temporalmente las conciencias.

Estamos inmersos oficialmente en el Espacio Europeo de Educación Superior. Los profesores se quejan del descenso académico en Bachillerato y Universidad. Y sin embargo, aparecen estudiantes dotados y capaces de asimilar los programas. Son parte de aquellos que luego se van del país si no encuentran trabajo o condiciones laborales adecuadas. Cada día, más frecuentes.

He aquí otra paradoja. Tal desajuste coincide con un gasto elevado en técnicas de formación que incrementan la burocracia y los controles, pero no aseguran la transmisión de conocimiento. Mucho peor, no garantizan el desarrollo intelectual derivado de una buena formación académica. Las nuevas tecnologías encubren con su brillo y rapidez una carencia notable de método serio de estudio. Se confía a sus códigos el conocimiento —está ahí, almacenado— y basta adquirir la habilidad de manejarlo para creer que se domina. Se induce una transferencia aparente de sabiduría por convección de flujos en pantalla. Es un conocimiento que ayuda poco a reflexionar y obtener fundamentos de análisis y contenidos. Y eso se nota, por ejemplo, en las transiciones lógicas y sintácticas del pensamiento y del lenguaje a la hora de expresar lo conocido. Son de carácter mimético y memético. Tópicas.

Hay una huida hacia adelante sin concepto claro de cuál sea hoy la misión de la docencia. Y sin ofrecer garantía de que las evaluaciones signifiquen mejora del nivel académico. Los controles establecidos no erradican la endogamia que ha ahogado la autonomía y libertad de cátedra. Ahorran gasto público al reducir trámites, pero lo incrementan instituyendo una burocracia que se recicla y clona. Generan un laberinto de normas, disposiciones, decretos que revierten como plomo administrativo sobre el profesorado. Lo disuaden de emprender una tarea intelectual libre y seria. La formalidad de los trámites condiciona la espontaneidad de la investigación. Se investiga en función del control establecido, no del objeto investigado. Y esto provoca un modo de corrupción intelectual muy sutil. De él se benefician industria, comercio y sectores burocráticos. Diseñan cursos variopintos. Cualquier entidad que se precie subvenciona un máster. Los fondos de investigación los reciclan en gran parte empresas, editoriales y grupos financieros, ideológicos, cuando no los promueven convocando proyectos y cátedras que asocian el nombre del titular incluido. Salen con apellidos concretos, salvo rarísimas excepciones. Estos dineros y plazas ofertadas solo los obtiene un cinco por ciento de concursantes ajenos al entramado universitario que los convoca. Y a veces, por disensiones internas de profesores y técnicos en teoría cualificados.

La actividad académica se enquista y merman la inquietud intelectual y su transferencia. Se cumplen, no obstante, los requisitos formales. Trabajamos para una empresa anónima, opaca y pobre de ideas sugestivas. Y aun así, este sistema satisface a las instituciones. Elimina pruebas veraces de conocimientos y propicia un mercado pícaro, ya internacional, de trasvase al inglés de publicaciones. Proliferan agencias que ofrecen, con la traducción, y previo pago, garantía de audiencia (el famoso impacto editorial), base importante de los controles técnicos. Florece el comercio de trabajos finales de Grado, Máster y Doctorado. Y como los profesores reparten su función entre tareas administrativas, académicas e investigadoras, el tiempo dedicado a verificar la autoría y originalidad de trabajos y exámenes finales es más bien escaso.

No existe un perfil claro de la misión universitaria. Siguen los bandazos y a pesar de los informes solicitados a comisiones de expertos. Las palabras huyen de sí mismas sin referentes que las objetiven. Compiten en valores huecos de calidad, excelencia, rigor científico. Una calidad avalada, argumentan, por el sello pedagógico. Y la pedagogía se ha convertido en sospecha de ineficacia, disimulo académico. Se ampara en el ruido informático de las nuevas tecnologías y confunde el instrumento con la categoría, la eficacia administrativa con la capacidad intelectual y creadora. Los índices pedagógicos establecen e imponen condiciones de resultados que amparen y mantengan un nivel sostenible de matrículas y puestos para candidatos en expectativa. Una previsión calculada según el número de acólitos ya en ejercicio. A eso lo denominan calidad, concepto unido a los de agencia e innovación y, de ahí, a equipos, institutos, vicerrectorados correspondientes. Prolifera el bosque de siglas y controles mutuos cada cual más inútil. Su resultado es la reducción de la Universidad a escuela y formación profesional. La mayoría son universidades de servicios. Y como las materias de estudio ya no inciden en los fundamentos científicos que las avalan, el estudiante egresado (antes titulado —el cambio de denominación es significativo—), ya no dispone de conocimientos que le permitan afrontar nuevas incógnitas y pensar con recursos propios. La consecuencia es un reciclaje continuo. Acumula cursos, másteres. Otro fraude soberano.

El plan Bolonia en que se basa este fiasco muta además la función de los cargos institucionales y los convierte en cadena de transmisión o puertas giratorias. La figura de rector se convierte en mandarín y albacea áulico del poder político si pretende voto y subvención confortable.

Antonio Domínguez Rey

Filósofo, Catedrático de Lingüística y escritor.

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