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TRIBUNA

Alfred de España

viernes 27 de abril de 2018, 20:59h

Los españoles padecemos alguna forma de síndrome neurótico constitutivo y esencial que, desgraciadamente, no tiene ya la forma de la gloriosa locura que caracterizó la doble figura del hidalgo caballero y su rústico escudero. Es una neurosis manifiesta en un sólido desprecio de sí que, aunque se multiplica por el desconocimiento sistemáticamente promovido acerca de España, no debe reducirse al efecto negativo de la ignorancia. No es, desde luego, un fenómeno propiamente psicológico, sin despreciar los componentes psicológicos que pueda envolver, sino histórico-político y moral. España es un país en descomposición, su potencia conjuntiva o la fuerza de cohesión que reuniera sus elementos – hasta alcanzar a los individuos – no existe. El aparato del Estado, falto de un fundamento real sobre el que afincarse, se fractura, y a falta de cualquier sustrato elemental que aúne sus partes muestra auténticas ruinas a la deriva de la vieja realidad universal, junto a cascotes de la unidad nacional moderna que no ha sido jamás profundamente construida. La máquina del Estado no se mueve por sí misma, sino asentada sobre un cuerpo natural y viviente que, en el caso de España, se encuentra indudablemente malherido.

El joven candidato al festival de Eurovisión, representante de esa España contrahecha, Alfred García Castillo le regala un libro, por San Jordi, a su amada partenaire Amaia Romero Arbizu: España de mierda, de Albert Pla. El gesto produce una polvareda, como todas, insustancial. Los representantes de España al eurofestival parece que no debieran mostrarse despectivos hacia la realidad que representan y, sin embargo, el libro – únicamente por su título – resulta poco respetuoso. Ignoro si España de mierda es o no una mierda de libro, pero es evidente que ya por su título no parece adecuado regalo entre abanderados de España, a menos que uno se pretenda ilustre representante de una mierda, es decir, un representante de mierda. De atender a las razones del reusense Joaquín Bartrina (y si habla mal de España… es español) el bueno de Albert Pla e, indirectamente, nuestros eximios representantes son españoles acreditados puesto que es abrir su boca y hablar mal de España.

Aunque a mi humilde entender la importancia histórica de España no radica en su condición de nación política, sino en el programa (im)posible de prolongación de la vieja estructura metapolítica de la Cristiandad medieval, su conformación como estado nacional no puede despreciarse. Desde la Monarquía Católica, la nación política española podrá ser vista como resultado de la inviabilidad y derrota del asombroso programa de un cristianismo universal, programa que se nutrió, hasta agotarlas, de fuerzas españolas. Podría parecernos una condición menguada y melancólica la de ciudadano español ante el estatuto de cristiano o de persona, integrada en un imperio universal. Pero desde nuestra condición real de individuos disolutos o disueltos en la sociedad española del presente no debiéramos menospreciar la condición indudable de ciudadanos, aun cuando se trate de ciudadanos de un Estado desnacionalizado y deshecho. Pero el ocaso de la Monarquía Católica y la consiguiente constitución en nación política de los pueblos peninsulares, son dos momentos del mismo curso histórico de la España moderna. Momentos que, pese a su continuidad temporal, manifiestan una honda contradicción estructural por cuanto la Monarquía católica tuvo frente a sí, justamente, los nuevos estados nacionales nacientes. La Monarquía que los enfrentó acabará finalmente conformándose con la estructura de esas naciones a las que se opuso. El carácter roto y contradictorio de los españoles se constituye en esta matriz, de la que sólo pueden resultar caracteres escindidos y contradictorios.

En suma, y para extremar la paradoja, quizás resulte que sólo esos españoles quebrantados y rotos conservan el aliento de la vieja España. Pero no es el joven Alfred uno de ellos, me atrevería a arriesgar que su rechazo a España no es sufriente, ni atormentado, sino efecto de una luminosa conciencia europeísta o cosmopolita plenamente reconciliada con el presente. De hecho su gesto pudiera intentar un guiño a la Europa festivalera y hegemónica. Una Europa que no olvida, sin embargo, que existe una España en sus márgenes que la contradice. Y no lo olvida porque acaso en el interior de esa misma Europa pueril y satisfecha, ilustrada en una historia escrita por los vencedores, se conserva también una Europa destemplada y descontenta que enlaza con el espíritu residual, pero disidente y contradictorio de España. España es Europa, pero no esta Europa… de mierda.

Fernando Muñoz

Doctor en Filosofía y Sociología

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