No sé sobre qué escribir. Levanto la vista de mi mesa de trabajo y veo mi biblioteca. Vuelvo a mis preocupaciones, pero no puedo dejar de asociar esta fecha, el día primero de mayo, al día del trabajador. Dos libros sobre mi mesa de estudio me recuerdan que si hay un trabajo serio y duro, disciplinado y siempre al borde del abismo, es el trabajo intelectual. Uno de los libros es de Octavio Paz, La llama doble, el otro es un grueso Epistolario de José Gaos. Son solo dos libros de autores de Obras completas voluminosas. Mucho tuvieron que laborar y sufrir. Valga este recuerdo de dos grandes de la cultura hispanoamericana para celebrar fecha tan señalada. Paz fue un escritor que estuvo aprendiendo constantemente. Jamás se repitió, salvo cuando su reiteración era creativa. Inventó permanentemente. Tomó de aquí y de allá, pero siempre fue creador. Imposible separar su poesía y prosa, el arte verbal, de su pensamiento. Filosofía y literatura caminan juntas. Leo a Paz y parece que releo a Ortega, o a Reyes, o a María Zambrano, o a muchos otros grandes de las letras en lengua española. Pero, además, hay algo nuevo. Paz es tradición y novedad. Uno lee, por ejemplo, La llama doble, que es un libro sobre el amor y percibe al instante que nos transmite con pasión y veracidad cosas, asuntos, argumentos y sentimientos que acababa de aprender. La llama doble es uno de los libros sobre el amor más importante de nuestro tiempo, según nos recuerda Zaid, refleja los aprendizajes recientes de un hombre que pasaba ya de los setenta años.
Ilusión y experiencia son inseparables en la obra de un autor que se preparó, desde su más tierna juventud, para ser Premio Nobel. Algo que vio con mucha anticipación, dicho sea para reconocer su capacidad de predicción, José Gaos: “Esta carta es, antes que nada, para felicitarle, con gran satisfacción, por el premio internacional de poesía. Antesala del Nobel, preveo que el nuevo Premio Nobel de lengua española va a ser usted. En todo caso, no debieran dárselo al poeta únicamente, sino conjuntamente al poeta y al prosista.”[1] Mejor hubiera sido decir al filósofo, porque Gaos, en esa misma carta, fechada en 1963, le reconoce a Paz que El arco y la lira y El Laberinto de la soledad son dos grandes libros de filosofía en lengua española. Que ese mérito no se le haya reconocido a Paz en público es algo de lo que se lamenta Gaos y hace autocrítica en la misiva: “Y es ingrediente principal de la sorpresa antes mentada el encontrarme, no con no saberle o recordarlo contado así públicamente por nadie, sino con no haberlo contado así públicamente en alguna ocasión yo mismo, que me he ocupado como lo he hecho con la filosofía de nuestra lengua en general y la mexicana contemporánea tan en especial. Es deuda que pagaré aún.”[2]
Tres años más tarde, en otra carta de 1966, Gaos vuelve a reiterarle la importancia de esas obras para alcanzar el Nobel: “Vengo hace dos o tres años esperando para publicar, seguramente en Cuadernos Americanos, un artículo, ´No se olvide al prosista`, cuando le den a V. por poeta el Premio Nobel, que estoy cierto será la primera vez que vuelva a tocarle a la literatura en español. Además de su crítica en formatos menores, ha escrito V. dos libros de filosofía, El arco y la lira y El laberinto de la soledad, que son de los mejores, qué diablo, los mejores, de dos copiosos movimientos de nuestros días: el de filosofía de la poesía y el de la filosofía del mexicano, que no podría escribir más que aquel en quien se conjugaran un poeta, un filósofo -y un erudito, los tres de primer orden. Resultaría muy injusto que yo, que he escrito prácticamente sobre cuántos lo han hecho de filosofía en México y en nuestros días, hasta insignificantes, no lo hiciera sobre V.”[3] Bien está el reconocimiento privado de Gaos sobre la valía de Paz para conseguir el Nobel, pero, como el pensamiento es público o no es, reconozco que yo hubiera preferido que esas declaraciones hubieran sido recogidas en algunas de las miles de páginas que el nacido en la Vetusta dedicó al pensamiento de lengua española en el siglo XX.
Paz se merecía el Nobel por muchos motivos y otras tantas razones, pero quizá hubo una que prevaleció sobre el resto, y que Gaos a buen seguro compartiría con nosotros. Paz fue el fiel seguidor de una generación intelectual que tuvo dos figuras eminentes a uno y otro lado del Atlántico: José Ortega y Gasset y Alfonso Reyes. Los dos habían merecido el Nobel. Los dos habían elevado el nivel de nuestra cultura a una altura que aún no se ha vuelto a alcanzar. Los dos fueron esto e inspiración de la obra de Paz. De ellos aprendió a tomarse tan en serio la razón como la vida. Además, y esto es decisivo, nunca dejó de tener un sentido de la polis. También en esto, reitero, fue orteguiano: “Yo soy yo y mi circunstancia, y si no la salvo a ella no me salvo yo”. Fue un hombre tan responsable de su casa como de la plaza pública. Alta literatura política es gran parte de su obra. Quizá para comprender todo lo que encierra esta última expresión tengamos que regresar a las contribuciones intelectuales de Paz que, de uno u otro modo, están vinculadas al pensamiento de Ortega.
[1] GAOS, J.: Obras completas. XIX. Epistolario y papeles privados. México, 1999, pág. 480. En 1967, Paz escribe en Papeles de Son Armadans, dirigida por Camilo José Cela, que “Gaos es el perfecto español hispanoamericano; lo es no por su españolismo sino por su europeísmo. No todos los españoles -no todos los europeos-; apenas unos cuantos (…). Su contribución es triple: nos dio la versión española de la filosofía europea moderna, reintrodujo el pensamiento hispanoamericano dentro de su verdadero contexto hispano-europeo y, en fin, nos mostró una España europea.”, cfr. PAZ, O.: Obras completas. Vol. 3. FCE y Círculo de Lectores. México DF, 1997, pág. 284.
[2] Ibídem, pág. 483.
[3] Ibídem, págs. 486 y 487.