www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

TRIBUNA

Quevedo a secas

lunes 14 de mayo de 2018, 20:25h

Para la posteridad se llama simplemente Quevedo, que ya lo dice todo. Pero en su tiempo le placía presentar su nombre con todo el ajobo familiar y los adornos inútiles que ahora le pesan. Casi tan infantil como grandilocuente, firmaba en la carátula de sus libros don Francisco Gómez de Quevedo Villegas y Santibáñez Cevallos, Caballero de la Orden de Santiago y Señor de la Villa de la Torre de Juan Abad.

Este (para nosotros siempre) Quevedo a secas, nació en Madrid en el seno de una familia de hidalgos y fue bautizado en la parroquia de San Ginés el 26 de septiembre de 1580 -muy cerca de donde escribo estas líneas, aquí, en el centro de Madrid- y su infancia transcurrió en la Corte, rodeado de nobles y potentados, ya que sus padres desempeñaban altos cargos en Palacio. Su madre era dama de la reina, y su padre era el secretario de la hermana del rey Felipe II, María de Austria. Huérfano a los seis años, pasó a estudiar en el Colegio Imperial de la Compañía de Jesús, en lo que hoy es el Instituto de San Isidro; luego estudió teología en Alcalá, sin llegar a ordenarse, y lenguas antiguas y modernas.

Como nació poeta, durante la estancia de la Corte en Valladolid circularon los primeros versos de Quevedo, que imitaban o parodiaban los de don Luis de Góngora. Lo hizo bajo el seudónimo de Miguel de Musa y se cuenta que el poeta cordobés detectó con rapidez al joven que minaba su reputación, y que, además, a su costa empezaba a ganar fama; pero como nadie quiere deber algo a sus contemporáneos, el propio Quevedo decidió atacar al maestro con una serie de poemas que lo ridiculizaban. Góngora acusó recibo y le contestó y ese fue el comienzo de una enemistad que no terminó hasta la muerte del cisne cordobés, quien dejó en estos versos constancia de la deuda que Quevedo le tenía contraída:

Musa que sopla y no inspira

y sabe que es lo traidor

poner los dedos mejor

en mi bolsa que en su lira,

no es de Apolo, que es mentira…

Quevedo no se hizo esperar e imitando la retórica de Publio Papinio Estacio, combinando versos de siete y once sílabas libremente, volvió a la carga contra Góngora:

Ve al alto mar furioso,

enséñale a sufrir selvas enteras;

su paciencia ejercita con galeras;

y en las horas ardientes,

en venganza del sol, bebe las fuentes…

Vuelta la Corte a Madrid, arriba con ella el inquieto Quevedo, que entonces se aproxima a la prosa escribiendo ciertos juegos cortesanos, en los que exhibe ingenio, como la primera versión manuscrita de una novela picaresca que tituló La vida del Buscón, junto a un cierto número de cortos opúsculos burlescos que le ganaron cierta celebridad entre los estudiantes y de los que habría de renegar en su edad madura calificándolos como travesuras de juventud; también escribe la primera parte de sus Sueños y diversas sátiras breves en prosa. A poco de su llegada se gana la amistad de don Félix Lope de Vega (hay numerosos elogios a Quevedo en los libros de Rimas del Fénix y una aprobación a las Rimas humanas y divinas, atribuidas a Tomé Burguillos, heterónimo del Fénix de los Ingenios).

No mucho después, casi inexplicablemente, atacó sin piedad por sus defectos corporales (teniendo él mismo una deformidad) a los dramaturgos Juan Ruiz de Alarcón, cuyos defectos físicos le hacían gracia (el pobre Alarcón era pelirrojo y jorobado), así como a Juan Pérez de Montalbán, hijo de un librero con el que Quevedo tuvo ciertas disputas. Contra este último escribió La Perinola, cruel sátira de su libro misceláneo Para todos, donde no respeta a nadie. Sin embargo, el más atacado y centro de su ira fue don Luis de Góngora, al que dirigió una serie de terribles sátiras acusándole de ser un sacerdote indigno, homosexual, escritor sucio y oscuro, entregado a la baraja e indecente.

Yo te untaré mis obras con tocino
Porque no me las muerdas, Gongorilla,
Perro de los ingenios de Castilla,
Docto en pullas, cual mozo de camino.

Apenas hombre, sacerdote indino,
Que aprendiste sin christus la cartilla;
Chocarrero de Córdoba y Sevilla,
Y en la Corte, bufón a lo divino.

Quevedo, descaradamente y con crueldad, violentaba la relación metiéndose hasta con su aspecto; valga su sátira “A una nariz”, en la que se ensaña con el apéndice nasal de Góngora, pues en la época se creía que el rasgo físico más acusado de los judíos era ser narigudos. Y concluye así los tercetos finales de su ataque al cordobés:

¿Por qué censuras tú la lengua griega
siendo sólo rabí de la judía,
cosa que tu nariz aun no lo niega?

No escribas versos más, por vida mía;
Aunque aquesto de escribas se te pega,
Por tener de sayón la rebeldía.

En su descargo, cabe decir que Góngora le correspondió casi con la misma violencia, aunque con un debido recato y gallardía:

Cierto poeta, en forma peregrina
cuanto devota, se metió a romero,
con quien pudiera bien todo barbero
lavar la más llagada disciplina...

Por ese entonces Quevedo conoce y estrecha amistad con Pedro Téllez-Girón, el Gran Duque de Osuna, al que acompañará como secretario a Italia desempeñando diversas comisiones que le llevaron a Niza, Venecia y finalmente de vuelta a Madrid, donde se integrará en el entorno del Duque de Lerma, siempre con el propósito de conseguir a su amigo, el Duque de Osuna, el nombramiento de virrey de Nápoles, que al fin logrará, como buen operador político de su tiempo.

Vuelto a Italia de nuevo con el Duque, éste le encargó dirigir y organizar la Hacienda del Virreinato, desempeñando otras misiones, algunas relacionadas con el espionaje a la República de Venecia, aunque no directamente como se ha creído hasta hace poco, obteniendo como recompensa el Hábito de Santiago.

Caído el grande Osuna, Quevedo es arrastrado también como uno de sus hombres de confianza y se le destierra a la Torre de Juan Abad (ubicada en Ciudad Real), cuyo señorío había comprado su madre con todos sus ahorros para él poco antes de fallecer. Los vecinos del lugar, sin embargo, no reconocieron esa compra y Quevedo pleiteará interminablemente; aislado ya de las tormentosas intrigas cortesanas, a solas con su conciencia, escribirá Quevedo algunas de sus mejores poesías, como el soneto “Retirado a la paz de estos desiertos”, una de sus obras maestras, que yo aprendí de memoria de tanto escuchársela recitar a Borges, pues era su soneto preferido, del que saboreaba versos como: y en músicos callados contrapuntos / al sueño de la vida hablan despiertos…

Retirado en la paz de estos desiertos,

con pocos, pero doctos libros juntos,

vivo en conversación con los difuntos,

y escucho con mis ojos a los muertos.

Si no siempre entendidos, siempre abiertos,

o enmiendan, o fecundan mis asuntos;

y en músicos callados contrapuntos

al sueño de la vida hablan despiertos.

Las grandes almas que la muerte ausenta,

de injurias de los años vengadora,

libra, ¡oh gran don Josef!, docta la imprenta.

En fuga irrevocable huye la hora;

pero aquélla el mejor cálculo cuenta,

que en la lección y estudios nos mejora.

Por esa época el gran don Francisco hallará consuelo a sus ambiciones cortesanas y su desgarrón afectivo en la doctrina estoica de Séneca, cuyas obras estudia y comenta, convirtiéndose en uno de los principales exponentes del neoestoicismo español. En esa soledad completa sus Sueños y redacta tratados políticos, como Política de Dios, Virtud militante y dos sátiras extensas: Discurso de todos los diablos y La hora de todos.

La entronización de Felipe IV supuso para Quevedo el levantamiento de su castigo, la vuelta a la política y grandes esperanzas ante el nuevo valimiento del Conde Duque de Olivares. Quevedo acompaña al joven rey en viajes a Andalucía y Aragón, algunas de cuyas divertidas incidencias cuenta en interesantes cartas. Por entonces denuncia sus obras a la Inquisición, ya que los libreros habían impreso sin su permiso muchas de sus piezas satíricas que corrían manuscritas haciéndose ricos a su costa. Quevedo quiso asustarlos y espantarlos de esa manera y preparar el camino a una edición definitiva de sus obras que nunca llegó a aparecer.

Por otro lado, lleva una vida privada algo desordenada de solterón: es gran frecuentador de lupanares y tabernas (Góngora le acusa de ser un borracho consumado y en un poema satírico lo califica como don Francisco de Quebebo); otros enemigos lo acusan de vivir amancebado con una tal Ledesma. Sin embargo, a pesar de la difamación es nombrado secretario del monarca, y eso lo coloca en la cumbre en su carrera cortesana. Era un puesto sujeto a todo tipo de presiones que desempeñó con altruismo; por esos días su amigo, el Duque de Medinaceli, dicen que hostigado por su mujer, lo obliga a casarse contra su voluntad con doña Esperanza de Mendoza, señora de Cetina, viuda y con hijos; pero el matrimonio, apenas dura tres meses. Al parecer don Francisco no pudo soportar a esa señora “mandona, fría y desconsiderada con un genio como el del mismo diablo”. En contrapartida, son años de una febril actividad creativa.

Sus enemigos, en tanto, no cesan de incomodarlo. En Valencia aparece el más importante de uno de los numerosos libelos destinados a difamarle, que titulan El tribunal de la justa venganza, “erigido contra los escritos de Francisco de Quevedo, maestro de errores, doctor en desvergüenzas, licenciado en bufonerías, bachiller en suciedades, catedrático de vicios y protodiablo entre los hombres”.

Con motivo de un memorial aparecido bajo la servilleta del Rey, que denuncia la política del Conde-Duque se le detiene. Sus libros son confiscados y, sin apenas vestirse, es llevado al frío Convento de San Marcos en León hasta la caída del valido y su retirada. En el monasterio, el maltratado poeta se dedica a la lectura, como cuenta en la Carta moral e instructiva, escrita a su amigo, Adán de la Parra, pintándole por horas su prisión y la vida que en ella hacía:

“Desde las diez a las once rezo algunas devociones, y desde esta hora a la de las doce leo en buenos y malos autores; porque no hay ningún libro, por despreciable que sea, que no tenga alguna cosa buena, como ni algún lunar el de mejor nota. Catulo tiene sus errores, Marcus Fabius Quintilianus sus arrogancias, Cicerón algún absurdo, Séneca bastante confusión; y en fin, Homero sus cegueras, y el satírico Juvenal sus desbarros; sin que le falten a Egecias algunos conceptos, a Sidonio medianas sutilezas, a Ennodio acierto en algunas comparaciones, y a Aristarco, con ser tan insulsísimo, propiedad en bastantes ejemplos. De unos y de otros procuro aprovecharme de los malos para no seguirlos, y de los buenos para procurar imitarlos.”

Achacoso y muy enfermo es liberado de su encierro y se retira definitivamente a su Torre de Juan Abad. En el convento de los padres dominicos de Villanueva de los Infantes, y tras escribir una carta confesional, Quevedo muere el 8 de septiembre de 1645. Se cuenta que su tumba fue profanada días después por un caballero que deseaba tener las espuelas de oro con que había sido enterrado y que dicho caballero murió al poco en justo castigo por tal atrevimiento. En 2009, sus restos fueron identificados en la cripta de Santo Tomás de la iglesia de San Andrés Apóstol de la misma ciudad.

En 1663 se imprimió la primera biografía de Francisco de Quevedo, la de Pablo Antonio de Tarsia, abundante en anécdotas; posteriormente vendrán las de Aureliano Fernández Guerra en el siglo XIX, donde se le pinta como un hombre de Estado, y la de Pablo Jauralde Pou en el siglo XX, que me ha servido de guía para este artículo.

Quizá sin demasiado rigor, pero con mi mejor admiración y afecto dedico estas líneas al iluminado Quevedo, padre y príncipe de los poetas de nuestro generoso idioma. Y de todos los tiempos.

Roberto Alifano

Escritor y periodista

ROBERTO ALIFANO es escritor y periodista argentino, autor de algunos libros de poemas, de relatos y ensayos.

¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (9)    No(0)

+
3 comentarios