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EX LIBRIS

Mayo del 68. Fin de fiesta

Mayo del 68. Fin de fiesta
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jueves 17 de mayo de 2018, 09:14h
Una narración y una confesión de las esperanzas, fracasos y ridículos de aquellos días.

Al calor de los 50 años de Mayo del 68 están proliferando memorias de los protagonistas y ensayos interpretativos de aquel momento de la historia europea cuyas consecuencias se sintieron por todo el mundo. Sus ecos resuenan en la Matanza de Tlatelolco (octubre, 1968) y en el Cordobazo argentino (mayo, 1969) por poner sólo dos ejemplos. Entre los libros testimoniales destaca por derecho propio este “Mayo del 68. Fin de fiesta” de Gabriel Albiac (Utiel, 1950) que publica la editorial almeriense Confluencias.

En efecto, el catedrático de Filosofía estudió con Althusser y fue testigo directo de los acontecimientos de hace cinco décadas. Desde entonces, buena parte de su obra ha sido una revisión y una crítica -en algún aspecto incluso un lamento- de aquel episodio. En efecto, este libro es, al mismo tiempo, una narración y una confesión de las esperanzas, fracasos y, al final, ridículos de aquellos días. En el trasfondo, el fin de una época: “1968 cierra 1848”. Se trata, en fin, de “entender”, el filosófico deber spinoziano que el autor asume.

Esta obra tiene tres partes de extensión desigual -la segunda es la más larga- una “Guía de lectura”, a modo de prólogo, y unos utilísimos apéndices que recogen desde un calendario de aquel año con sus acontecimientos destacados hasta una clave de siglas que el lector, sin duda, necesitará para navegar en el océano de organizaciones maoístas, trotskistas y tantas otras que pueblan sus páginas. Sin embargo, a diferencia de los procesos revolucionarios que barren lo antiguo y toman el poder, el 68 logró derribar las estructuras decadentes pero no sustituirlas.

La tristeza que, en general, destila la obra revela la consciencia de un fracaso. Sólo queda la duda -que el propio autor ha revelado en alguna otra de sus obras- de cuándo se produjo la toma de conciencia de intento frustrado o, como él dice, “la promesa de nada”. El estilo es tan personal que resulta casi indescriptible: el hipérbaton, la elipsis, los periodos brevísimos de apenas unas palabras, las oraciones nominales. Albiac pasa de ser un francotirador que dispara balazos al corazón del lector, a ser el granadero que tira bombas de mano contra la mitología hoy fallida y los fieles de su culto. Desnuda las intrigas políticas, las traiciones, las confusiones vastísimas de una “Revolución” derrotada pero que jalonó el camino al final de la Guerra Fría.

Esta memoria coral tiene tantas voces que, a veces, resulta incomprensible. Creo que es deliberado. Hay algún texto larguísimo que, cincuenta años después, ya no tiene significado alguno como el “texto votado por la asamblea de 142 estudiantes […] en Nanterre”. Hay otros pasajes, en cambio, de una vigencia total en tiempos del pensamiento único. Evocando a Sartre, Albiac escribe:

“Nunca fuimos más libres que bajo la ocupación alemana -escribiría, así, en 1946, en uno de sus textos políticos más bellos-. Habíamos perdido todos nuestros derechos y ante todo el de hablar; éramos diariamente insultados a la cara y teníamos que callar; éramos deportados en masa, como trabajadores, como judíos, como prisioneros políticos; por todas partes, sobre las paredes, en los periódicos, sobre las pantallas, encontrábamos ese inmundo rostro que de nosotros mismos querían ofrecernos nuestros opresores. A causa de ello éramos libres. Pensar es resistir, o bien no es nada. Nadie que haya degustado ese placer podrá olvidarlo nunca: la libertad de decir no. Puesto que el veneno fascista se deslizaba hasta nuestro pensamiento, cada pensamiento justo era una conquista, puesto que una policía todopoderosa trataba de forzarnos al silencio, cada palabra resultaba tan preciosa como una declaración de principios, puesto que estábamos maniatados, cada gesto nuestro tenía el peso de un compromiso”.

Entonces, ¿qué queda? Lo dice el autor por boca de Sartre: “Como un relámpago, la respuesta del viejo: Moi. «Yo» Quedo yo.” El 68 muere con la Caída del Muro de Berlín y así, a partir del 89 sólo quedan reliquias a las que uno se aferra. En otro libro de la misma editorial -estoy hablando de “Alá en París”- Albiac advierte recordando el atentado terrorista de 2015 contra la revista satírica francesa Charlie Hebdo: “Nadie en Europa quiere afrontar que es una guerra. Es una guerra. Que se gana o se pierde. Ninguna guerra acaba en tablas. Europa, de momento, pierde. El islam gana. Porque Europa prefiere dejarse matar a dar batalla. Tal vez, sencillamente, Europa ha muerto. Murió hace mucho. Y los soldados de Alá se limitan a dar tiros de gracia. A quemarropa. […] Charlie Hebdo fue un hijo del 68. De su variedad más anárquica y festiva. Si hizo de la laicidad su trinchera fue, sin más, porque la laicidad es la República Francesa. Y el nudo fundacional de la democracia. De esa laicidad -como lo recordaba el Papa Ratzinger en París hace seis años- nace la libertad moderna: la de los creyentes, exactamente igual que la de los descreídos”.

Así, el epílogo de la revolución fracasada es una matanza perpetrada contra sus últimos hijos y la muerte de esa libertad que el 68 pretendía alumbrar.

Gabriel Albiac

“Mayo del 68. Fin de fiesta”

Editorial Confluencias, 2018

214 págs

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