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Pelayo Fueyo dispara otro tiro

jueves 17 de mayo de 2018, 20:18h

Jesús Munárriz le publicó en los noventa libros míticos: Parábola del desertor (Hiperión). Fue el autor más joven al que el editor Manolo Borrás, siempre visionario, reunió la obra: Poesía completa (Pre-textos). Su poesía es rara, extraña, siempre el mismo poema y repleta o acorazada de símbolos y de metro clásico: el laberinto (Borges), la rosa (Saint-Exupèry), el espejo (Lacan), el pozo (Poe), la infancia lúdica e insólita como única huella (J.M. Barrie) y así todo seguido. Gasta barba hasta el ombligo de mago, sombrero agujereado de parisino errante, morral de grafómano ajeno al mundo editorial, playeros y alpargatas de gimnasta de lo imposible y oculto, camisas de flores de jamaicano de sí mismo. Pelayo Fueyo es poeta de los de metro clásico (endecasílabos, alejandrinos, etc), de amplia joyería verbal (metáforas en estado de rapto), de una línea clara donde todo se entiende y la oscuridad no es una coartada (Luis Alberto de Cuenca), jamás hermético y a veces surrealista o con debida voluntad extranjera (Pound, Eliot). Publica ensayo donde da todas las pistas posibles sobre sí mismo: Un mundo simbólico (Isla de Siltolá). En los poemas finales repasa la historia literaria en sus principales poéticas: “Destaca el simbolismo, que utilizó la Cábala,/ la Gnosis y la Alquimia, y sublima las formas/ más simples, y las dota de una fe universal”. Ya digo, un mago, eléctrico y suyo.

El reto es mostrar al profano la luminosidad del símbolo, la pobreza de la poesía social en este aspecto y algo todavía mucho más complejo: lo que viene a ser una educación o aprendizaje desde la plástica, desde las imágenes, el ejército de los acostumbrados a la “alucinación simple” (Rimbaud). El viaje de lo simbólico a lo mítico (Jung). La visión imaginaria como única supervivencia. Lo dice muy claro a la hora de destrozar a la llamada “poesía de la experiencia” como mero asunto o carroña de los medios de comunicación: “Yo apuesto por la experiencia imaginaria del que crea mundos a base de alegorías y símbolos representables; el que transmite su juego con las normas morales de la sociedad donde no siempre está integrado”. Sería un absoluto fuego lisérgico de eso que se vino en llamar “poesía figurativa” (donde se aúna poesía social y simbolista) pero también surrealismo (algo que no contemplaba tal definición) y un buen caudal de lógica del inconsciente (Joaquín Fuster) o pre-consciencia del símbolo. Hay siempre en Fueyo diálogo con el lector y autoironía (a la manera de Gil de Biedma en Contra Jaime Gil de Biedma), extrañamiento como facultad inherente previa a la intuición (la vigilia donde habita el “animus” y no el “anima” según Bachelard), metapoesía (como revisión del estilo del autor), voluntad de crear un artefacto (desde el “spleen” baudelairiano o la “acedía” a lo Martínez Sarrión) y los dos suculentos tipos de imaginación que contempla (regresiva, la que nos lleva al pasado, a la melancolía; e ingresiva, propia del creador de mundos, el poeta enérgico y eufórico).

Creo en el ensayo biográfico que aparentemente no trata de uno. Un mundo simbólico nos lo dice todo del autor, de su taller, y su tema es otro, la vigencia de un simbolismo hoy que despreció la poesía social y lo que supone subir un peldaño más en los ensayos que dejó abiertos Bousoño (Teoría de la expresión poética). Su rigor es formal, mucho más que temático, y cita al respecto a Cohen de forma radical: “Las relaciones entre los significantes son las mismas que las relaciones entre los significados”. El motivo sublimado es siempre el territorio del inconsciente sin tregua: “La metáfora es la ilusión de una cosa que sublima las cualidades de esa cosa, haciéndose así extraña a ella y, a su vez, similar”. Sus libros son tiros y señala bien claro y con su dedo roto el único camino posible del lujo: “La poesía realista no suele dar cabida a las metáforas, o lo hace con una intención paródica; trata de contar un suceso con tintes de veracidad, y las más veces anecdótica e íntima, sirviendo de correlato a un comportamiento ético”. Lo único válido es el mundo hacia dentro, su volcán y lava abrasiva; el resto es la farfolla del dato, el erial de lo simple, el secarral de lo obvio. En el río de la alegoría (sucesión de metáforas) está la riqueza inmensa del polimorfismo de Pelayo Fueyo: pirotecnia del lenguaje dentro del lenguaje, a la manera de Valèry, donde salir ileso no cuenta y uno se la juega.

Diego Medrano

Escritor

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