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Un vagabundo liquida la poesía

Diego Medrano
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diegomedranotelefonicanet /12/12/23
viernes 18 de mayo de 2018, 20:15h

Llamaban la atención sus gorros de lana de marinero de la ruina, sus pantalones de pana dura, el jersey engalanado de agujeros, la melena desordenada al viento, las botas con cercos de barro, las uñas largas como promesas y sucias como el sexo cuando se hace bien. Parra, uno de nuestros últimos premios Cervantes, el nobel de las Letras Hispánicas, no ha muerto. Lo repitió muchas veces Roberto Bolaño: “Todo se lo debo a Parra”. La llamada “antipoesía”, realmente, escondía un modo de vida, otra vivencia de los libros, cierta prospectiva donde el humor coloreaba un mundo y no se buscaba un libro tras otro sino algo de titanes, la creación de un lenguaje nuevo, de otra forma convulsa y privilegiada de narrar lo vivido. El mejor Nicanor Parra, su obra selecta, antología de viento y furia, anda por las librerías como un cartucho de dinamita contra el tiempo, manejable como una pistola e interminable supervivencia: El último apaga la luz (Lumen).

Se lo dijo a Leónidas Morales en 1972 (Conversaciones con Nicanor Parra) y su discurso no cambió desde entonces: “Tengo orden de liquidar la poesía”. Su fuerza era el de destruir un mundo (el de Borges y Neruda) y así nació el libro mítico Poemas y antipoemas (1954). Su lucha siempre fue contra la pedantería y cursilería grecolatinas, contra cualquier tradición de belleza o sublimidad, lo expresó María Ángeles Pérez López (Universidad de Salamanca) de modo único y sucinto: “La antipoesía se ofrece como un modo, corrosivo e implacable en ocasiones, de distanciarse de la poesía convencional”. El propio Parra lo dio a entender en uno de sus artefactos más conocidos: “La/ poesía/ morirá/ si no/ se la/ ofende/ hay/ que/ poseerla/ y humillarla en público/ después se verá/ lo que se hace”. El “antipoema” es poema, qué duda cabe, pero también chiste, artefacto, discurso, poema objeto, ecopoema, movimiento puro sin instalarse en forma alguna fósil o aburrida. Sus dos orígenes no fueron tanto libros cuanto intuición e ingenio, a la manera del Siglo de Oro. Mucho de su movimiento lo toma del surrealismo, de Breton y Éluard principalmente. Su reto era separarse de los poetas creacionistas (Huidobro: otro poeta río y chorro al que había que cerrar el grifo), versolibristas, herméticos, oníricos, sacerdotales y, por medio de la naturalidad y la espontaneidad, dirigirse al público gordo y grueso, a todos y todas, a la masa festiva y no culta.

Me traen a la mesa mi tazón glorioso de descafeinado, me despeino para ser más Parra y le grito a la camarera una de las consignas del genio ya desaparecido: “¡Guerra a la metáfora! ¡Muerte a la imagen!”. Me mira, me desprecia con la mirada, y yo sigo en Parra: “¡Viva el hecho concreto! ¡Solo existe la claridad!”. Su línea, neopopular, viene de Lorca, quién lo diría, y especialmente del Romancero gitano (1928), junto a Leopoldo Lugones y sus Romances del Río Seco (1938), el Romance del destierro de Unamuno (1928) o todo Antonio Machado. Encuentra una música, de la que jamás se aparta, en los nardos, caracolas y lunas de Lorca. Luego lo embadurna todo de poesía americana (la llamada por José Emilio Pacheco “New Poetry” norteamericana). Define su arte un compañero: “El antipoema no es otra cosa que el poema tradicional enriquecido con la savia surrealista, resuelto desde el punto de vista psicológico y social del país y continente al que pertenecemos, para convertirse en un verdadero ideal poético”. Ricardo Yamal, exegeta y estudioso, dio en la diana: “El surrealismo confiaba en las posibilidades del arte para reintegrarse a la vida y liberar al hombre, mientras que la antipoesía ofrecía una búsqueda desesperanzada, un espacio cuyo giro final tiene que ser escéptico”. Ricardo Costa fue más lejos: “El antipoema cobra pleno sentido leído en el contexto de la época: el brutalismo en arquitectura, lo feo en la pintura, lo absurdo en el teatro y el movimiento beat en la literatura americana”. Qué libres somos con la obra de este vagabundo inmenso bajo el brazo, qué escépticos, qué felices, cuántas cosas pueden hacerse con un interrogante para todo y mucha rabia.

Diego Medrano

Escritor

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