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TRIBUNA

400 años del primer holocausto europeo

Alfonso Cuenca Miranda
martes 22 de mayo de 2018, 20:40h

Cuando, tras un agotador día admirando las maravillas de la ciudad, el cansado turista visita el castillo de Hradcany en Praga, probablemente no reparará, si además se adentra en el hoy espartano viejo palacio, en una pequeña galería aledaña al gran salón. En la segunda estancia de la misma se halla una ventana que cambió los destinos de Europa y con ella del mundo, hace ahora cuatrocientos años. Poco después de las nueve de la mañana del 23 de mayo de 1618 fueron arrojados por la misma tres representantes del Imperio Habsburgo. La aristocracia protestante bohemia, en rebelión contra el emperador Matías y su más que probablemente sucesor (lo sería en unos meses) y hermano Fernando, accedió al castillo para ajustar cuentas con los diez regentes al mando del gobierno. Encontraron solo a cuatro y a su secretario. Tras dejar marchar a dos de ellos, arrojaron por la ventana a Vilem Slavata, presidente del Tesoro bohemio y a su colega en el consejo Jaroslav Borita von Martinitz, siendo seguidos por el secretario Philipp Fabricius. Milagrosamente, ninguno de ellos murió en la caída de 17 metros (Martinitz quedó colgando en un punto intermedio), posiblemente (frente a la versión tradicional de que los habría salvado el hecho de que debajo de la ventana se hallara un depósito de estiércol) por el efecto de las capas y la ropa de abrigo que aún llevaban puestas. En esta ocasión, frente a lo ocurrido en la primera defenestración, acaecida en el contexto de las guerras husitas casi cien años antes, todos ellos consiguieron huir sanos y salvos.

Comenzaba así un conflicto, la llamada guerra de los treinta años, que junto con las dos guerras mundiales del siglo XX constituyen las principales cicatrices del viejo solar europeo. Cerca de ocho millones de muertes, además de innumerables infraestructuras y campos de cultivo destruidos, dan idea del efecto devastador de la contienda, auténtica guerra civil alemana y, por ende, europea. Si hoy podemos contemplar tal guerra como una suerte de danzas y contradanzas, de intrigas, traiciones y ambiciones personales y, cómo no, de despliegue de la razón de Estado (acuñada para siempre un siglo antes por el genio florentino), no debemos olvidar que millones de vidas quedaron en el camino y que, de aceptar la interpretación hegeliana, el avance del espíritu objetivo se hizo con un terrible coste de sangre. Las agoreras predicciones que quisieron ver en este período el Apocalipsis vislumbrado por Juan en Patmos, parecieron por un momento hacerse realidad, todo ello, demás, coincidente con la Pequeña Edad de Hielo, antecedente (en sentido inverso) del cambio climático de nuestros días.

No cabe duda de que el componente religioso fue un factor de primer orden en el estallido y el posterior desarrollo del conflicto. Con todo, la relevancia del mismo ha sido en ocasiones exagerada, hasta el punto de hacer olvidar otros de similar trascendencia. Así, la guerra de los treinta años no fue solo una guerra de religión, como cierta visión popular (e incluso historiográfica) ha transmitido en otras latitudes (e incluso en la patria). Se trató, como se ha dicho, de una guerra civil alemana, y, junto a ello, una lucha geopolítica con mayúsculas, quizás la primera que merece tal calificativo. Las dos potencias hegemónicas, con el intento galo de romper o aliviar de una vez por todas la tenaza que desde Carlos I le impedía adquirir su “tamaño natural”, cercada por las dos águilas Habsburgo al Sur y al Este. Las Provincias Unidas como nación emergente, que parecía haber hallado en la nueva verdad religiosa su espoleta para convertirse en Stato, dispuesta a entrar en la Historia como Venecia planetaria. La pugna por la supremacía en el Báltico, con Dinamarca y Polonia como actores tradicionales que ven aparecer ahora a un nuevo jugador, Suecia, que habría de ganar todas las manos. A ello podría añadirse las aspiraciones inglesas, o las frustradas reivindicaciones “checas” o húngaras, y las sí alcanzadas “suizas”, y, así, un largo etcétera. El tablero, frente a lo que sucedería en conflictos posteriores, estaba acotado, no así el número de jugadores, lo que haría más mortíferas las consecuencias de cada tirada. La contienda supone en gran medida un cambio de paradigma frente a las anteriores, pues si bien no puede hablarse en esta hora histórica de una guerra total en el sentido contemporáneo, sí lo fue en cierto modo por el número y calidad de los beligerantes, por su duración, y por lo cruento de sus consecuencias, alcanzando de lleno a la población civil.

La historiografía tradicional suele dividir la guerra en cuatro fases en función de los escenarios principales del drama. Así, una primera denominada imperial, por centrarse en los territorios imperiales, saldada con el rotundo triunfo del emperador. Una segunda etapa marcada por la irrupción danesa en el conflicto, canto del cisne de la potencia escandinava y que no supone una interrupción significativa de los logros imperiales. Será el “desembarco” sueco a partir de 1630 el que marque el viraje de la guerra con las victorias protestantes, incrementadas cuando en la fase final Francia, a partir de 1635, se involucre plenamente a la caza de la oportunidad ofrecida e incline decisivamente la balanza del conflicto.

El elenco de protagonistas es muy amplio. Fernando II Habsburgo, más pragmático de lo que tradicionalmente se ha querido ver. Olivares como perspicaz zahorí de los nuevos tiempos y última ocasión para revertir, o al menos ralentizar, un imparable proceso histórico. La personalidad apasionante de uno de los mayores genios del conflicto, Gustavo Adolfo de Suecia, Aníbal de los tiempos modernos, corazón y músculo apoyado en la fina inteligencia del canciller Oxenstierna. Richelieu y Mazarino como inauguradores de la política moderna, creadores de la realpolitik en las relaciones internacionales. La extraordinaria biografía y pericia militar de un Wallenstein, tocado con el don de la invencibilidad, cuyo vuelo hasta el sol despertó las peores envidias… Y junto a ellos Tilly, Maximiliano de Baviera, Jacobo y Carlos I de Inglaterra, los dos Felipes en España, Cristian de Dinamarca… todos merecedores por sí solos del mejor biopic de nuestros días.

Como es sabido, la paz se alcanza con los Tratados de Westfalia, Münster y Osnabrück (en función del ámbito geográfico a abordar y de los beligerantes involucrados), ante el evidente cansancio de todas las partes implicadas, pues rara vez antes las puertas del templo de Jano habían permanecido tanto tiempo abiertas. Con respecto al principal eje del conflicto, los territorios “alemanes”, los tratados fijan la autonomía de los mismos y la división confesional imperante al comienzo de la guerra. El Imperio no lo será más en dicho ámbito, diluyéndose en la amalgama de principados y ciudades respecto de los que ya no es siquiera primus inter pares. Se ha afirmado, y con razón, que Westfalia para el reloj germano durante dos siglos, retrasando su ingreso en la mesa de las naciones. Por el contrario, y en cierto modo paradójicamente, el Imperio Habsburgo se consolida como actor continental, desplazándose radicalmente su eje hacia el sureste. Y ello a costa de otras “nacionalidades” como la checa y la húngara. En este sentido, la Montaña Blanca ha sido por mucho tiempo un topónimo innombrable en tales latitudes. Los primos españoles serán, como consecuencia de la continuación del conflicto con Francia hasta 1659, unos de los grandes perdedores, estando cerca ya de despertar del bello sueño continental iniciado con los abuelos de Carlos. Francia consigue su propósito y pone ya los cimientos para que el Sol brille en el continente, aunque sea a costa de actuar de comadrona de uno de sus peores futuros enemigos, el retoño holandés. Pero, más allá de las correcciones en unos mapas todavía más dinásticos que nacionales o estatales, Westfalia inicia una nueva era en las relaciones internacionales dando comienzo a la moderna comunidad internacional y sus principios (en muchos períodos, no obstante, más vulnerados que respetados). Anticipándose a la formulación física del insigne científico británico nacido apenas cinco años antes, Westfalia inaugura una idea, un principio desde entonces obsesivo: el equilibrio. Será la interacción de las gravedades de los diferentes planetas y estrellas las que marquen las órbitas de los mismos e impidan un cataclismo como el vivido en las tres décadas anteriores. El sistema pasará por sus correspondientes crisis, pero las superará con éxito durante los siguientes ciento cincuenta años, hasta que los soldados de Valmy y Austerlitz desfilen con sus mochilas cargadas de un nuevo ideal llamado a transformar el mundo.

Praga junto con Sarajevo, a pesar de su innegable belleza, son nombres ya inevitablemente ligados para siempre a evocaciones de dolor y muerte. Ninguno de los dos terribles conflictos que desencadenarían, frente a lo que ha llegado a sostenerse, eran completamente inevitables. Rememorar hoy lo ocurrido hace cuatrocientos años debe tener como fin principal el tener presente lo acabado de señalar.

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