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TRIBUNA

Ortega en Mayo del 68

Jorge Casesmeiro Roger
sábado 26 de mayo de 2018, 19:34h

La crítica a la contracultura está formulada en las doce lecciones que impartió Ortega en la Cátedra Valdecilla de la Universidad Central de Madrid durante 1933. Lecciones recogidas en En torno a Galileo. Esquema de las crisis (1956), cuya traducción al inglés por Mildred Adams (Man and Crisis, 1958) manejaron dos teóricos californianos de los años 60: Theodore Roszak para presentar la idea del conflicto generacional en El nacimiento de una contracultura (1969), y Nathan Adler para desenmascarar el extremismo psicodélico en La corriente underground (1972).

Dicho de otra forma: si el movimiento francés de Mayo del 68 florece bajo la iluminación californiana (Edgar Morin, 1978), porque la contracultura se inventa en la Universidad de Berkeley y todo lo demás fue su imitación y prolongamiento (Jean-François Revel, 1970), parece oportuno atender a esta fuente española de dos autores que pensaron rigorosamente la convulsión de los años 60 desde su epicentro de San Francisco:

“En el ‘hoy’, en cada ‘hoy’, coexisten varias generaciones; las relaciones establecidas entre ellas, según la diferente condición de sus edades, representan el sistema dinámico y repulsiones, de acuerdo y controversia que en un momento determinado forma la realidad de la vida histórica”. Este es el fragmento de la Lección III de En torno a Galileo (“La idea de la generación”) que toma Roszak como acápite para “Invasión de centauros”, el capítulo segundo de su soberbio El nacimiento de una contracultura. Reflexiones sobre la sociedad tecnocrática y su oposición juvenil; editado en España en 1970.

Capítulo que Roszak empieza con un: “Si convenimos con Ortega (…)”, y donde a renglón seguido estampa y define el cuño de la década, el término counterculture: “Lo nuevo en la transición generacional en que nos encontramos –expone Roszak– es la escala a que se produce y el antagonismo que revela. Hasta el punto de que no parece una exageración llamar ‘contracultura’ a lo que está emergiendo en el mundo de los jóvenes. Entendemos por tal una cultura tan radicalmente desafiliada o desafecta a los principios y valores fundamentales de nuestra sociedad, que a muchos no les parece siquiera una cultura, sino que va adquiriendo la alarmante apariencia de una invasión bárbara”.

Roszak fue el autor que popularizó el término contracultura. La palabra circulaba ya en Estados Unidos como contraculture (Milton Yinger, 1960). Pero había sido advertida mucho antes por Ortega en El tema de nuestro tiempo (1923). Y no es descartable que Roszak pudiera haberse inspirado en Ortega, en cuya Lección VII de En torno a Galileo (“La verdad como coincidencia del hombre consigo mismo”) leemos que cuando la razón deja de ser utensilio para la vida: “Queda así la inteligencia en el aire, sin raíces, a merced de las dos hermanas enemigas: la beatería de la cultura y la insolencia contra la cultura. En la historia ha sucedido siempre a una época de beatismo cultural otra de insolencia anticultural”.

Dos formas de vida falsas e irreales –nos dice Ortega–, que hacen al hombre histrión y estafa de sí mismo. Es decir, dos imposturas: la del racionalismo tecnocrático y la de su irracionalismo contracultural. Y punto clave de la meditación orteguiana –el de la falta de autenticidad–, que también se trasluce en la crítica de Roszak al consumo masivo de alucinógenos en su capítulo: “La infinita impostura: uso y abuso de la experiencia psicodélica”.

Pero es precisamente sobre este asunto, aunque en otro libro, donde la influencia de Ortega vuelve a ser abiertamente declarada. Me refiero al sagaz ensayo de Nathan Adler The Undergroung Stream. New Life Styles and the Antinomian Personality (1972), obra intraducida que podríamos hispanizar como La corriente underground. La mentalidad contestataria y sus nuevos estilos de vida.

Psicólogo y criminólogo en la Universidad de Berkley, el profesor Adler recoge en este lúcido estudio materiales de dos de sus investigaciones sobre los hippies y las drogas: “The Antinomian Personality: The Hippie Character Type” (Psychiatric, 1968), y “Kicks, Drugs and Politics” (The Psychoanalytic Review, 1970). Un escrito de poco impacto editorial, comparado con el de Roszak, pero en el que se escudriña con maestría el fondo de la epidemia juvenil del consumo de drogas en los años 60. Y en cuyo sustancioso prólogo cierra orteguianamente Adler:

“Más que una tendencia a comprender las preocupaciones del momento actual, estos papeles apuntan a una visión más amplia que busca dar cuenta de lo que Ortega y Gasset ha llamado la maniobra de la metanoia, la recurrente estrategia de la conversión en época de crisis, la reversión hacia el ensimismamiento, la manipulación y amplificación de sensaciones, el uso de la desnudez, las dietas, la inocencia, la violencia, y todas las estrategias ascéticas y libertinas que se han repetido tantas veces a lo largo de la historia”.

Un parafraseo de la Lección IX de En torno a Galileo (“Sobre el extremismo como forma de vida”) que le va como un guante al ensayo de Adler, a este cincuentenario de Mayo del 68, y a la infinita impostura de los órdenes presentes y sus mayos por venir: “Todo extremismo fracasa inevitablemente porque consiste en excluir, en negar menos un punto todo el resto de la realidad vital. Pero este resto, como no deja de ser real porque lo neguemos, vuelve, vuelve siempre y se nos impone, queramos o no. La historia de todo extremismo es de una monotonía verdaderamente triste: consiste en tener que ir pactando con todo lo que se había querido eliminar”. Si convenimos con Ortega.

Jorge Casesmeiro Roger

Licenciado en Pedagogía y en Periodismo

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