Con 84 escaños, de la mano de la extrema izquierda populista, los golpistas catalanes y los proetarras, Pedro Sánchez se ha convertido en el primer presidente de la democracia que llega al Gobierno mediante una moción de censura. Con estos mimbres, tendrá que gestionar el desafío secesionista y evitar que se invierta el crecimiento económico y la creación de empleo, el gran legado de Rajoy. Todo un reto.
Solo si es capaz de desembarazarse de las hipotecas de sus socios de Gobierno y convoca en breve unas elecciones generales, el nuevo presidente tendrá éxito y robustecerá su liderazgo al frente del PSOE. Pero si prolonga la Legislatura y gobierna como rehén de populistas e independentistas, España sufrirá una crisis institucional sin precedentes, se multiplicará la inestabilidad y la economía se desplomará.
Antes de presentar la moción de censura, Pedro Sánchez se mostró como un hombre de Estado al defender la Constitución y la unidad der España, apoyar el artículo 155 y denunciar con valentía el racismo de Quim Torra y los delitos de los golpistas. Ahora, como presidente del Ejecutivo está obligado más que nunca a ser inflexible con las pretensiones secesionistas de los que quieren romper España. Hay que entender que en su discurso de investidura apelara al diálogo, pero no puede dejarse arrastrar por sus socios de Gobierno hacia el abismo de “las reformas territoriales” o de “la nación de naciones” sin resquebrajar la cohesión de nuestro país.
Hay que esperar a que Pedro Sánchez se instale en La Moncloa y empiece a gobernar. No ha comenzado con buen pié al llegar al poder mediante el atajo de una moción de censura de la mano de radicales e independentistas. Pero, con todos los recelos y a pesar del pesimismo que desprende su nuevo Gobierno, hay que darle tiempo para saber el camino que va a tomar para dirigir España. No lo va a tener fácil.