Es el John Berger español y aquí no nos enteramos. Sus libros son secretos y, a medida que se digieren, luminosos e invasivos: Todas las pantallas encendidas y Manifiesto de la mirada (ambos en Fórcola Editorial). Antón Patiño es pintor reconocido, intelectual secreto, lector compulsivo de interés omnívoro y curiosidad voraz. Fernando Castro calificó sus dos libros, ese díptico de la modernidad imprescindible, de “enciclopedia de preocupaciones”. Es un pintor que, a la manera de María Zambrano, construye toda una teoría acerca de la mirada no solo en arte sino en fotografía, teatro, danza, contemporaneidad estricta. Su arma es Walter Benajamin, el mejunje de la cuestión es el tema clásico del “aura”: cómo las obras nos devuelven la mirada, cómo el “pathos” lleva a una lejanía frente a la obra por cerca que se pueda estar, cómo el aura desaparece al inicio de la última fulguración. Es analítico y no místico, por eso piensa con el cuerpo.
Sus libros recorren el camino de lo extraño a lo siniestro (a la manera de Freud) Sus libros van del realismo mágico (Roth) a la pintura metafísica (Giorgio de Chirico). Sus libros van del secreto húmedo francés (Giacometti) a la insolencia europea (Baselitz). Son textos en espiral, obsesivos, donde gusta en no moverse del sitio: el fin son las intensidades sensoriales y emocionales, el mito como deslumbramiento y la perspectiva política no panfletaria. Las aventuras de la mirada conducen a la lo desconocido y, a partes iguales, a lo inconsciente. Son ejercicios de admiración que acaban en ritos de iluminación profana donde se persigue ese concepto de “brisa de la mañana”, que no es, según Benjamin, sino lo nuevo, lo fresco, lo actual. La ecuación de ambos textos es muy simple: memoria más mirada igual a visión. Antón Patiño planta cara al mundo “apantallado” donde la vanguardia es lo cotidiano. Vivió los 70, fue joven en los 80 y, por eso en su método de extravío intelectual, el cuerpo rige y la mente ocia. La imagen dialéctica se opone a la imagen de lo distante: se adentra en las sombras, a la manera de Tarkovski, para esculpir el tiempo sin dañar a nadie.
Es gallego, la editorial es madrileña pero sus dos libros son por entero franceses. El análisis de la condición de enigma, en ambos, es prodigio y suculencia. El concepto de mercancía en Marx es artístico. El arte como revelación o visualización de lo oculto es tesela. Su fuego es, por episodios, un palimpsesto (Borges) o el embeleco de llegar a componer un libro entero a base de citas (Benjamin). Ambos textos están hechos desde la experiencia lectora: somos lo que leemos y donde el sentimiento del espacio lleva al tiempo desquiciado (lean la parte dedicada a Pollock). Todo en Patiño es fusión de géneros, búsqueda del inconsciente, la mirada como riesgo y nueva capacidad expresiva, la mirada tan educada como deliberada o cruel (el espejo de Bacon, donde ve a la muerte cada mañana y lo indescifrable del rostro, entre Deleuze y Guattari). El arte de la pintura es arte de tiempo, no se asiste a su funeral infantil y, en tal concierto o desconcierto, los objetos más raros nos lo dicen todo acerca del “instante decisivo” (Cartier Bresson).No son los libros de Patiño (compren los dos, no llega a 50 euros) diario de lecturas ni cuaderno de bitácora cuanto una manera de leer que teje comunidad y porvenir, latido de futuro. La pugna no es ponerse frente a la obra sino dentro de la obra (Boltanski). Sus libros son caminos para no tirar la toalla y el viaje más intenso de la estética a la ética. La alienación virtual se torna vuelta a la contemplación como inicio de la modernidad al mismo tiempo que teoría del conocimiento (Kant y su intento de aprender un mundo desde los sentidos y la sospecha).
Los libros de Antón Patiño (Todas las pantallas encendidas, Manifiesto de la mirada) son pellizcos en la carne para despertar. La pasión es reflexión, el materialismo no es marxismo, la vindicación de la individualidad acaba en sinestesia y orgasmo, el filtro social consigue apartar lo superfluo y empieza un glorioso complot entre creadores solitarios y esa mirada a los demás que, a la manera de un boomerang, siempre vuelve y construye. El espectador sufre expectación al mismo tiempo que deriva espectral (glorioso triángulo). Lo cotidiano está ahí pero no lo vemos; Patiño consigue enfrentarlo a la “tecnoviolencia”, al asedio visual, a la hipertrofia de lo dinámico y su conciencia. Lo digital rompe la ecuación espacio/tiempo, el dominio audiovisual es absoluto, la sintaxis del autoconsumo está ya aquí pero los libros de Patiño conducen a la mirada de la conciencia libre. Pensar la luz. La materia (Pollock, Tapies) como arte de volver a mancharse las manos y cura frente a la imagen envolvente (por todas partes, incitadora y vacía). En la travesía larga de la economía de la imagen al consumo Patiño detiene el carro y habla de la economía, por fin, de la atención, frente a las multipantallas sin respuesta. La prosperidad es algo más que necesitar una imagen para sobrevivir.
Producimos imágenes como quien corta mortadela, ya somos el hombre unidimensional centrado en el consumo (Marcuse), podemos decir lo que nos dé la gana en nuestros foros porque da igual, no importa, de ahí esta represión gigantesca sustentada en la proliferación de imágenes sin alternativa. Así nos hemos hecho más pobres: los libros de Patiño están en la pugna entre la verdadera imagen frente a la copia, y siempre la resistencia como arma o localización de la primera. Prodigiosos. El único pensador español que se propone apartar la superfluo en otro humanismo: el de la auténtica revolución de la individualidad de dentro hacia fuera sin mito de la caverna ni botarates viendo sombras todo el rato en estado de trance mientras echan baba por la boca o algo todavía más rico por el agujerito.