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MENÚ DE POBRE

La pena negra

Diego Medrano
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diegomedranotelefonicanet /12/12/23
lunes 18 de junio de 2018, 20:11h

Calle de Toledo abajo, como en Fortunata y Jacinta, la pena se esconde entre rostros humildes acostumbrados al menudeo y alhajas cuyo fulgor es de horas, todo es pobre para la venta y se sabe. La lombarda paupérrima, el lomo adobado repleto de moscas o el besugo que exige pasar de largo, si acaso un breve saludo entre nosotros. Nadie, en el corazón de Madrid, se da por satisfecho con lo que recibe y el importe exacto de cuánto paga por ello. Entran en los portalones –como en Fortunata- con el besugo cogido por las agallas, el dedo a título de gancho, o contentándose en no haber podido conseguir más que cascajo. Suben con el jarro de leche con almendras que les dieran en el café, y de casi todas las cocinas sale tufo de fritangas y el campaneo de los almireces. Todos son pobres, en el corazón de Madrid, y quien no prepara su banquete con un hocico de carrilleras, una libra de tapa del cencerro u otras despreciadas partes de la res vacuna, lo hace con asadura, bofes de cerdo, sangre frita y desperdicios aún peores.

Caminas, a cámara lenta, y los más sonrientes, en este junio dorado, los más opulentos se dan tono con su pedazo grande de turrón del que se parte con martillo, y la que ha traído una granada grande tiene buen cuidado de la que vean. Ningún habitante de tales regiones de miseria quiere otra cosa que ver lucir sus alhajas, y cómo éste brillo, de radio corto en principio, excita rápido y por medio de ondas la envidia entre las amigas, tan gitanas como ella: alhaja que ciñe el dedo y muestra con el puño cerrado su condición fina y de ley, en la presunción de tantos dinerales que debió haber costado. Aun las que ostentan zapatos nuevos, como en Fortunata, están dispuestas a cambiarlos por una pieza así, pegándose la reina en cuestión de las miradas, frotándose su lomo contra todas, a la manera de los gatos en su excitación eléctrica y viejo compás de seducción. Evitas el ruido de tambores de los edificios interiores, el estrépito de las latas de conserva abiertas como quien dispara, desplomadas y gloriosas a título de contraseña desde las mejores ventanales con palangana. Cantan los jilguerillos, los periquitos entre barrotes baratos, mientras alguien ventosea y se afeita en espejo roto, como en la posguerra. En la calle de Mira el río toca un pianillo de manubrio, y en la calle de Bastero otro (viejas calles de Fortunata en tu recuerdo), armándose entre los dos una zaragata musical, como si las dos piezas se estuvieran arañando en feroz pelea con las uñas de sus notas; son una polca y un andante patético, enzarzados como dos gatos furibundos, confundiéndose esto y los tambores con los gritos de la vieja que vende higos, y el ladrar de los perros, la mayoría sin dueño o locos, que a todos nos pone la cabeza como una grillera. La limosna es oración, prescriben los más atrevidos, y a su estipendio inmediato se lanzan, sin tiempo para el logos.

La pena negra, de la que nadie hablaba, era la de no poder llevar a él mismo o a los suyos al médico. Es una pena por debajo de la venta de alimentos, una pena que brilla en los mercados como el diamante debajo de algunas aguas, una pena que en los inmigrantes –rumanos o saharauis- es fiesta, turismo sanitario, todo eso, pero que el español jamás reconoce en voz alta y es venero que se cuela y salta en las peores rincones o curvas de sus adentros, negro como el albañal de la deshonra. Todo lo ha solucionado Pedro Sánchez el viernes pasado, con la aprobación de la sanidad universal en la cámara de los leones. Nadie da cifras, solo un periodista, Graciano Palomo, de los que apunta sus cositas todavía en bloc y pregunta a muchos antes de vomitarlas: “Esto costará de mil a mil quinientos millones de euros”. Palomo pide la comparecencia de la “dueña de la caja”, de la responsable de Hacienda o Economía, a ver de dónde van a salir los jabatos en billetes o metal para este jolgorio. Muchos dicen que la sanidad está transferida a las comunidades autónomas, y en muchos sitios ya existía esa “sanidad universal”, que a tantos, dados los tiempos que corren, suena a oxímoron (la “soledad sonora” de San Juan). El caso es que la pena negra es hoy menos pena, muchos respiran su hambre de otra manera; esto de salvar a los suyos y no dejarlos en una esquina con sus pulgas no se paga con dinero. Muchos ven en Sánchez un salvador mientras que otros piensan su arte a la manera de Voltaire: la medicina como habilidad para entretener al paciente mientras es la naturaleza quien cura la enfermedad. Yo digo lo de Hipócrates: dondequiera que el arte de la medicina es amado, también hay un amor a la humanidad. Cueste lo que cueste. La pena negra no se puede tolerar en un mundo civilizado donde el mendigo no solo es ciudadano sino también verdad universal, haya o no cotizado, sea quien sea. Gracias, Pedro.

Diego Medrano

Escritor

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