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TRIBUNA

Cristianismo

domingo 24 de junio de 2018, 18:45h

La civilización judeocristiana europea se encuentra en fase terminal. La potencia de una civilización casa siempre con la potencia de la religión que la legitima. Cuando la religión está en fase ascendente, la civilización lo está igualmente; cuando se encuentra en fase descendente, la civilización decae; cuando la religión muere, la civilización fallece con ella. Quien así habla es Michel Onfray, intelectual ateo francés, que en su obra Decadencia sostiene que Occidente sucumbirá cuando sucumba el cristianismo. Y él simplemente lo constata; ni se ofusca ni se alegra. Muchas naciones modernas deben hoy su civilización al cristianismo. Más dura será la caída.

Uno de los principales problemas que se advierte en un juicio exacto de la hora en que vivimos es, sin duda, la repugnancia que produce el vocablo cristiano a gente de ciertos países europeos. Este es el primero y más grave estigma del tiempo presente, que muchos parecen dar la impresión de preferirlo todo menos que se les llame cristianos. Para ellos, cristiano y, desde luego católico, resulta contraproducente y comprometedor. Es preferible encontrar una fórmula vaga e imprecisa para encubrir la realidad.

Hace más de setenta años, un creyente como Reinhold Niebuhr, teólogo y politólogo estadounidense, llegó al mismo diagnóstico que Onfray, al presenciar los horrores de los campos de exterminio nazis. Si Dios, ese Dios combatido y expulsado de la sociedad no vuelve, nos amenaza una destrucción parecida a la que experimentó el mundo romano a mediados del siglo V, que será la ruina de la prosperidad y de la cultura. En una época inquieta y turbulenta como aquella, la angustia del hombre le hace volverse hacia la causa de Dios.

Ese fin de ciclo no es de hoy. Se incubó lentamente en aquella obra de demolición emprendida hace dos siglos de una manera sistemática en esta vieja Europa, que comenzó por apagar las estrellas del cielo. Nietzsche anunció la muerte de Dios. Al principio, comenta Mounier, esta muerte fue alegremente festejada. Jamás hubo un optimismo más alegre ni una indiferencia más tranquila. Las gentes no adivinaban lo que significaba aquél ataque profundo al Evangelio y a la ley natural. Se atendía solo a las promesas espléndidas del progreso, más aún, al mismo tiempo se anunciaba la “religión de la ciencia” y la “irreligión del provenir”. Profetas sagaces como Ferdinand Brunetiere entrevieron la catástrofe. Pero nadie les hizo caso. Preferían oír las expresiones de exquisita burla que Anatole France dedicaba a las “buenas costumbres” o repetir con Weber que el nombre del bien se aplica a aquello que ha triunfado, porque el éxito, con tal de que sea implacable y feroz, lo justifica todo.

Hoy, la teología encierra la novedad de método más que de contenido, pues trata de encontrar una vía por la que el hombre moderno, que siente en su carne la angustia del vivir, que tropieza con misterios en su propio interior y se embaraza con ellos, que palpa la corta duración de su vida, pueda llegar eficazmente a Dios.

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