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REPORTAJE

Combatiendo el ébola en Sierra Leona: sin capa, pero con máscara

La epidemióloga y voluntaria,  Raquel Medialdea, durante su viaje por Sierra Leona.
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La epidemióloga y voluntaria, Raquel Medialdea, durante su viaje por Sierra Leona.
Eduardo Villamil
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eduardovillamilelimparciales/16/7/16/28
lunes 25 de junio de 2018, 20:40h
La biotecnóloga asturiana Raquel Medialdea cuenta cómo fue su paso por el país africano durante la epidemia que azotó el país entre 2014 y 2015.

05:00 de la mañana. El completo silencio de la tienda, que sigue en la más profunda de las oscuridades, sólo es roto por el zumbido de los mosquitos y el ‘crac, crac’ de las cucarachas, que sortean como robots artrópodos los charcos de agua dejados por la tormenta de la noche anterior.

Es la estación de lluvias y los habitantes de Makeni, incluidos los insectos, se refugian como pueden del agua que emana a borbotones del cielo. A alguien ahí arriba se le debe de haber olvidado cerrar la llave de paso…

Raquel se levanta, como cada día, llena de ilusión, con sus verdosos ojos rebosantes de vida; la misma vida que en ciertos lugares del mundo parece haber perdido su significado original. Pero Raquel sigue determinada a ayudar a los que más lo necesitan, sin perder un ápice su sonrisa. “Cuando vives aquí estas cosas dejan de tener importancia: tus prioridades cambian”, explica.

Ubicada en pleno corazón de Sierra Leona, Makeni no se diferencia en nada de otras poblaciones del África Negra. Pobre hasta el extremo, tropical, superpoblada… Falta comida y sobra enfermedad. Además, las secuelas de la cruenta guerra civil que asoló el país en la década de los 90 pueden verse en cada esquina.

No sólo murieron asesinadas decenas de miles de personas, sino que otras tantas sufrieron mutilaciones de miembros. Un gesto que, según explica Raquel, servía para “avisar” a los posibles disidentes (casi siempre imaginarios) de uno u otro bando de lo que les sucedería si no colaboraban.

La ciudad de Makeni (Fuente: Mapillary)

Tras pegarse una ducha al estilo local (manguera o cubo de agua) y disfrutar de un frugal desayuno tradicional (mango, mango y mango), Raquel deja su campamento de voluntarios y emprende el camino hacia el hospital de campaña instalado a las afueras de la ciudad. Ahora Sierra Leona vive otra guerra: contra el ébola.

Con 23 años (hoy 26), Raquel Medialdea, asturiana e investigadora en el Instituto de Infección y Salud Global de la Universidad de Liverpool (Reino Unido), ha sido una de las epidemiólogas más jóvenes que han visitado el país africano para combatir la muerte.

Esta biotecnóloga forma parte de la International Medical Corps, una organización humanitaria sin ánimo de lucro que lucha contra enfermedades infecciosas, como el sida, la malaria o el cólera. Afecciones fácilmente tratables en cualquier país primermundista, pero mortales en el África Negra.

Por desgracia, el lugar de nacimiento determina indefectiblemente el valor de la vida de las personas. La realidad diaria de países como El Congo, Níger, Bangladesh, Afganistán o la propia Sierra Leona, convierte en papel mojado la igualdad que propugnan constituciones y cartas de derechos humanos. Raquel lucha día a día contra esta realidad, aportando su “pequeño granito de arena”, desde su campo de acción: la medicina.

La epidemia

Cuando llegó al país en 2015, el ébola llevaba un año golpeando a sus habitantes con su febril mano ensangrentada. Los médicos que trabajaban sobre el terreno desde el comienzo de la epidemia (un año antes) estimaban que cinco personas se contagiaban cada hora.

Según la OMS, el ébola es una enfermedad grave, a menudo mortal en el ser humano. Este virus es transmitido al ser humano por animales salvajes y se propaga en las poblaciones humanas por transmisión de persona a persona, “por contacto directo (a través de las membranas mucosas o de soluciones de continuidad de la piel) con órganos, sangre, secreciones, u otros líquidos corporales de personas infectadas, o por contacto indirecto con materiales contaminados por dichos líquidos”.

Las condiciones insalubres de los principales centros urbanos del país, unidas a las malas prácticas, como dejar los cadáveres en la calle o enterrar los cuerpos sin usar ni si quiera bolsas de plástico, agravaron la situación de forma preocupante, provocando que el número de infectados se duplicase cada dos semanas, lo que generó una auténtica psicosis entre la población.

Casos reportados por día en Sierra Leona (los días se encuentran en el formato día.mes; así el día 13.7 se refiere al 13 de julio). (Fuente: Wikimedia Commons)

Tampoco ayudaron ciertas costumbres locales. Para muchas tribus africanas es tradición “dormir con el cadáver, besarlo, abrazarlo, bañarlo y, luego, beberse esa agua”. La primera persona reportada como infectada por ébola fue un niño que jugaba con murciélagos, pero la muerte de una curandera tribal, que se contagió, tras entrar en contacto con varios infectados fue la que "causó la explosión de la epidemia". Según la OMS, su fallecimiento provocaría la muerte de “365 personas más”…

Esto, lógicamente, contraviene todos los protocolos de seguridad frente a epidemias, que exigen aislamiento, control e higiene. Protocolos que, por supuesto, nadie conocía por esos lares porque nadie se los había explicado. Dicen que la información es poder: en este caso, un poder capaz de salvar muchas vidas.

“Hubo un gran problema de comunicación por parte del Gobierno sierraleonés, y todo el mundo terminó echándole la culpa. Por mucho que intentemos alertar a la población a través de Internet, ¿cómo va a enterarse de los peligros del ébola alguien que no dispone de conexión a la red o que ni si quiera sabe lo que es un virus?”, se pregunta Raquel, quien admite que los habitantes locales llegaron a intentar “quemar el hospital” donde trabaja porque se había extendido el bulo de que el hombre blanco estaba detrás de la plaga.

La epidemia de ébola superó todas las expectativas. Las autoridades del país declararon el estado de emergencia, impusieron toques de queda y cerraron su espacio aéreo. Bares, colegios, El país quedó blindado hacia el exterior, mientras la enfermedad lo corroía desde dentro.

El vaso medio lleno

Raquel Medialdea, en el ETC de Makeni.Como cada día, Raquel llega a su lugar de trabajo, el Centro de Tratamiento de Ébola (ETC, por sus siglas en inglés), llena de ilusión y sin perder su inquebrantable sonrisa. Este hospital de campaña, fue creado, como muchos otros a lo largo y ancho del país, después de que la epidemia alcanzase la ciudad.

El ETC se divide en tres zonas: blanca, verde y roja. La primera da entrada al recinto. Para acceder al área verde, donde Raquel y sus otros 30 compañeros pasan la mayor parte del tiempo, se le comprueba la fiebre, (el primer síntoma del ébola), y entrar con ropa ya esterilizada. Allí, los médicos voluntarios realizan los diagnósticos, analizan sangre y realizan labores de investigación biomédica.

Los enfermos sospechosos o confirmados de Ébola se encuentran en la zona roja (en distintas carpas), donde los controles son más estrictos. El personal autorizado sólo puede acceder al recinto enfundado en escafandras, previo baño de cloro. Los trajes siempre son destruidos después de cada entrada.

Los únicos que pueden entrar en contacto directo con los pacientes sin miedo al contagio son los supervivientes, aquellos que han logrado dejar atrás la enfermedad, pues su cuerpo ha desarrollado anticuerpos y se ha vuelto inmune.

Desafortunadamente, muchos no tienen esa suerte: 3.955 personas fallecieron en Sierra Leona durante el brote de 2014 y 2015 y unas 11.300, contabilizando los casos de los países vecinos, Liberia y Guinea.

Centro de Tratamiento de Ébola de Makeni. (Fuente: vsointernational.org)Hoy en día, padecer ébola es jugar al ‘cara o cruz’ con la muerte. La OMS sitúa la tasa de mortalidad en torno al 50 por ciento. Uno de cada dos pacientes no lo consigue. Pero Raquel siempre ve el vaso medio lleno: “Recuerdo un día en el que dimos el alta a una de las supervivientes. Pesaba 15 kilos menos que cuando llegó. Tras darse un baño de cloro, la esperamos en el área verde. Hubo música y todo el mundo bailó”.

Raquel abandonó Sierra Leona a finales del 2015, aunque no se ha dormido en los laureles. Desde entonces, no ha dejado de luchar contra la enfermedad allí donde ha podido: el zika en Brasil, la encefalitis japonesa, en India... Pero no se considera una heroína: "Las auténticas heroínas son las familias que salen de su entorno para luchar y consiguen superar el estigma de las dificultades sociales", remarca.

En una era en la que los superhéroes llevan capa, se enfundan en ostentosos trajes o visten de corto; pocos reparan en que los verdaderos héroes o heroínas, como Raquel, sólo necesitan una máscara.

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