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Las mordeduras de la culpa

Diego Medrano
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diegomedranotelefonicanet /12/12/23
lunes 25 de junio de 2018, 20:49h

Pedro A. González Moreno es profesor de enseñanza media y, en sus ratos libres, todo un purasangre de la literatura, escritor del embrujo y el hechizo, prosa musical de largo aliento, vómito entero de piedras preciosas con lengua bruja y mala como navaja del paladar, verbo donde arden y crepitan experiencia y vida más allá de la fábula. Sus libros, para envidia y recelo de contemporáneos, se cuentan ya por premios: Calendario de sombras (Premio Tiflos, 2005), Anaqueles sin dueño (premio Alfonso el Magnánimo, 2010), El ruido de la savia (Premio José Hierro, 2013), Los puentes romanos (IX Premio Río Manzanares, 2007), La musa a la deriva (Premio Fray Luis de León, 2016). Ahora, ya en la calle, llega el más gordo de todos: La mujer de la escalera (Premio Café Gijón, 2018, Siruela). González Moreno es manchego, cervantino, mastica las palabras con gracejo goloso, tiene el don de la oralidad, sus adjetivos son luces o estrellas prístinas en mitad del erial.

La mujer de la escalera es una novela negra, una novela de género, pero donde se cuenta mucha vida: de un lado, los activistas teatrales de los años 70, el teatro como placenta y la vida como eso que queda tras cortar el cordón umbilical; de otro, filológicamente, un estudio acerca de la dramaturgia entre el tiempo que va del Auto de los Reyes Magos a La Celestina; finalmente, en lo áspero de su trago roto, las heridas todavía abiertas de la guerra civil e incivil en lo que a materia cultural y testamento brutal concierne. Las completas mordeduras de la culpa de quiénes fuimos en el teatro, quienes no fuimos en la vida, y quiénes fueron los que nos precedieron en la vida y en la lucha armada. Una generación (la de González Moreno, la de sus personajes) que descubren Madrid, se arroban con las tablas, viven incendiarios la cultura pero también, de algún modo, saben que el trocito de queso mayor se lo llevaron los anteriores (la Movida) y ellos, sí, están en el medio de ninguna parte, sin futuros demasiados prometedores y ausentes a un presente de fiesta y ocurrencias permanentes.

Leemos, en mitad del calorazo, este bello párrafo de esperanza fresca, cristalina y áspera: “Más que un grupo de teatro, Bambalinas 9 fue al principio como una burbuja dentro de la cual nos sentíamos protegidos, porque surgió como una manera de estrechar los lazos de una amistad que aún no teníamos y que, en aquel primer año de carrera, todos necesitábamos. Veníamos de provincias y andábamos como desorientados en aquel Madrid que se abría ante nosotros como un mundo a veces hostil y otras veces fascinante, pero siempre desconocido. Dentro de las aulas sabíamos cuáles eran nuestros objetivos, pero fuera de ellas nos movíamos con torpeza, un poco acomplejados entre la gente que iba siempre varios pasos por delante de nosotros. No sabíamos muy bien hacia donde encaminarnos y Bambalinas 9 fue como una balsa que consiguió mantenernos unidos y a salvo frente a unos círculos en los que no acabábamos de sentirnos integrados”. Novela sobre el lento acto de crecer dentro de la cultura, sobre el medro universitario y la endogamia visceral de la poltrona académica, sobre las insólitas formas de rebeldía desde los clásicos, que dejan atrás la modorra de campos y, en vena, espabilan y distorsionan ambientes, sensaciones, atmósferas, fiebres de toda laya.

Letras ardientes sobre la bohemia teatral, sí, pero también hoguera pura de la vida feroz dentro del texto, del placer puro del texto (Barthes) en seres a los que lo de fuera cada vez dice menos. Aire nuevo a Rastro, galerna a cachivaches de viento sucio y nada, vinos baratos en la Plaza de Cascorro, perfume a almoneda y lengua bífida traviesa, la vanguardia del teatro universitario y su fulgor o traca insolente. País negro y pena negra donde los estadios de fútbol se llenan, las plazas de toros se abarrotan y los teatros cierran para quedarse inmóviles y sin pestañear dentro de ataúd de velorio desinfectado con lejía y lasitud (este país no da para más). Mundo del teatro llorado, enterrado y olvidado; la lucha egregia de unos pocos para que esto no sea así desde su visceralidad y granos. El verso de Calderón como flash o rictus incandescente de indolente amargura: “Ay, mísero de mí, y ay, infelice…”. Cuesta poco entrar en la novela y demasiado salir de ella: La mujer de la escalera (Siruela). Muy bueno Pedro Antonio González Moreno. Muy muy muy bueno.

Diego Medrano

Escritor

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