Entre pinos, robles y otras especies forestales de Vizcaya se esconde el bosque pintado de Oma. Una obra que realizó el artista Agustín Ibarrola (Basauri, 1930) entre los años 1982 y 1985 sobre el tronco de los árboles para reflejar la realidad social del momento.
Situado en la reserva de la Biosfera de Urdaibai, el bosque de Oma es -como el propio autor ha calificado en alguna ocasión- un "museo al aire libre". Un total de 47 representaciones de figuras geométricas, humanas y animales en distintos colores dan vida a los árboles del entorno. La niña rosa, El arcoíris de Naiel o Invitación al beso son algunos de los nombres que reciben estas pinturas que, en algunos ejemplares, también cuentan con la influencia de Oteiza, Picasso, Málevich o El Greco.
Se trata de una expresión del llamado Land art, una corriente creativa en la que el arte toma forma a través de la naturaleza. Concretamente, en el caso de Ibarrola, las figuras se organizan y se transforman siguiendo las flechas que se sitúan en la tierra. De esta forma, la percepción de las pinturas varía en función de la perspectiva que tome el espectador, que interpreta el bosque en función de cómo lo mire.
Ibarrola dibujó sobre los árboles consciente de que el soporte utilizado era efímero. De hecho, si no hubieran sido restaurados, hoy no se vería nada en el bosque.
Sin embargo, no contó con que pudiese ser víctima de ataques proetarras. El primero fue en junio del año 2000, durante la madrugada; no obstante, fue el de 2003, el más grave: tanto su obra como su vivienda, situada a tan solo unos metros de allí, fueron destrozadas. En esta ocasión, llegaron incluso a amenazar de muerte al artista, fundador de la asociación antiterrorista Foro de Ermua y miembro de ¡Basta ya!
Las labores de restauración comenzaron un año después, en 2004 y se inició el mismo proceso nueve años más tarde gracias a la contribución de la Diputación de Vizcaya, que dotó con 72.000 euros esta iniciativa, y la Universidad del País Vasco, que contribuyó con el trabajo de especialistas en conservación y restauración de bienes culturales.
El bosque de Oma ha resurgido de esta forma de sus propias cenizas para dejar al mundo un lienzo natural único repleto de historias que cambian en función de la visita y el visitante.