Roberto Bolaño, cual Cid Campeador, sigue cabalgando después de muerto. Fanny Marín y Javier Fernández adaptan una de sus obras maestras al cómic, a la novela gráfica con resultados fantásticos: Estrella distante (Random Cómics). Es el Bolaño final (el de cáncer hepático) pero también el juvenil, el adorador del poeta maldito Alberto Ruiz-Tagle, quien firmaba como Carlos Wieder, en el Chile de Salvador Allende, alrededor del año 71. Poesía y revolución, asociaciones de izquierdas fervientes (MIR, Trotskistas o Juventudes Socialistas). Letras iridiscentes, con temblor de pulso y mucha metralla dentro: “Nosotros vivíamos con nuestros padres o en pensiones de estudiantes. Él vivía solo. En un piso en el centro. Nunca teníamos dinero. A Ruiz-Tagle nunca le faltó. Vivíamos entre el manicomio y la desesperación. Él era un autodidacta. Y era elegante. Era demasiado”. Poeta raro, poeta destructivo, poeta de los que dejan cadáveres a su paso y sonrisas heladas.
La fiebre de la literatura, instalada para siempre en el cuerpo antes que en el alma, en los años universitarios, aromados de hambre libresca. Amar desesperadamente y vivir con lo tasado. Moverse, por calles y librerías, con la seguridad del sonámbulo. Ser solo eso: aprendices exactos del fuego. Los espíritus más inquietos de Chile fascinados con un poeta (Wieder) que acabaría pilotando aviones. Muchos más malditos: Juan Stein, con solo dos libros de poesía en su vida, el poeta de las fotos y los mapas en lugar de bibliotecas. Eslóganes de Nicanor Parra llevados dentro del corazón como la mejor arma, ancla o herramienta a la hora de sobrevivir: “Así pasa la gloria del mundo, sin gloria, sin mundo, sin un miserable sándwich de mortadela”. Un poeta, Stein, para quien según reza su leyenda, como en el antiguo Oeste, no se ha fundido todavía la bala pueda matarlo y acaba, andando el tiempo, rápido y turgente como el peligro, en la utópica y juvenil guerrilla guatemalteca. Años de enloquecer con la poesía latinoamericana, esa música del lenguaje sin comparación posible en otros idiomas, al mismo tiempo que traducir a poetas franceses, enloquecer de Francia o sus harapos más privilegiados, es la mejor ducha de agua fresca, inmune a derrota y piojos.
Viajar, viajar con lo puesto sin mirar atrás, tragarse las posibles lágrimas de autocompasión, ver en la estación de Perpignan el centro del mundo, a la manera de Dalí. La locura de los pasquines, de los fanzines marginales, del esoterismo lúbrico y lisérgico, de lo marginal ecléctico y delirante. Toda una literatura –mucho de ella contaría en La literatura nazi en América- que nace de la mofa junto a espléndidos escritores grotescos. El mudo loco de los coleccionistas de rarezas literarias. Más malditos: Graham Greenwood, quien cree en la existencia del mal absoluto y es fundador de la Philip K. Dick Society, “especialista en los mensajes secretos de la literatura, la pintura, el teatro y el cine”. Más raros: Delorme, nacido en 1935, soldado y vendedor antes de trabajar como portero en París, quien en mayo del 68, mientras los estudiantes levantan barricadas, funda la secta de los Escritores Bárbaros: “Su nueva literatura exigía dos compromisos: el encierro y la lectura. El ayuno y el aislamiento eran las claves del primero. El segundo exigía fundirse con las obras maestras. Según Delorme, humanizando los textos a base de fluidos. Defecar sobre Stendhal. Orinar sobre Lamartine. Sangrar sobre Balzac. O masturbarse sobre Maupassant. No se sabe cómo, tuvo seguidores. Gente como él: sin estudios pero entusiasta. Se encerraban, solos o en grupo. Preparaban el advenimiento de la nueva literatura. Una literatura que puede ser de todos… pero que solo será de aquellos que crucen el puente de fuego. Mientras tanto, vendrían fanzines publicados por ellos mismos en las plazas de Francia”.
La vida no basta, amar o respirar no basta, enamorarse o enloquecer no basta… por eso se busca el peligro. La vocación acompaña y protege o viste de excelencia los mayores aullidos. La vocación es otra forma sofisticada de resistencia. Bolaño no se movió un ápice de la vida o alucinación eterna por la letra salvaje. Estrella distante, ahora con dibujos, es su autopsia fría, ajena a propagandas, fuego interior donde en todas las horas hay una bala y se vive, con la cabeza dentro o fuera del agua, a punto de perderla o de ahogarse, para lo soñado. Esa vida entera donde no basta con existir y la doma de uno mismo es toda una gramática, la mejor sintaxis.