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ENTREVISTA

Pablo Rodríguez: "El futuro está en nuestras manos, no en las de las máquinas"

El tecnólogo Pablo Rodríguez.
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El tecnólogo Pablo Rodríguez.
jueves 28 de junio de 2018, 18:56h
"¿Cuántas horas pasa pegado al teléfono móvil? Ya estamos aumentados digitalmente".

La Inteligencia Artificial (IA) está aquí. Forma parte de la realidad, como el aire que respiramos, la luz que nos deslumbra cada mañana o el suelo que pisamos todos los días. Está presente en la consulta del médico, en el vagón de metro o el autobús, en la cafetería, en las discotecas, en los aeropuertos y estaciones; conectamos con ella cuando buscamos algo en Google, cuando compramos un libro en Amazon o cuando reservamos mesa en un restaurante; está en nuestro móvil, en nuestro ordenador, en nuestra tableta; pero también en nuestra televisión, nuestra nevera o nuestro coche. Y pronto estará en todas partes.

Con Inteligencia Artificial: cómo cambiará el mundo (y tu vida) (Deusto, 2018), el tecnólogo Pablo Rodríguez, dibuja un retrato certero del cambiante panorama tecnológico actual. Una realidad, donde lo digital se va imponiendo cada vez más a lo ¿real?, gracias a los exponenciales avances en computación, Internet de las Cosas, Big Data o algoritmos, las "recetas para construir inteligencia" de los programadores.

En su libro, Rodríguez analiza desde distintos ángulos de qué formas la IA cambiará nuestras vidas, pero sin perder de vista que es necesario un amplio debate en torno a esta potente herramienta, puesto que toda tecnología tiene un lado oscuro.

Para combatir casos como el de Cambridge Analytica, el escritor propone que cada usuario disponga de un "banco personal de datos", por medio del cual decida si cede o no su información a un tercero. Algo que no sucede hasta ahora.

De estos y otros asuntos hablamos con Pablo Rodríguez:


En los últimos meses, el caso de Cambridge Analytica, ha suscitado un intenso debate sobre la privacidad. Aleksandr Kogan, el académico del que esta empresa obtuvo los datos, afirma poco menos que el anonimato en internet es una quimera ¿cuál es su opinión al respecto?

Que las cosas se puedan hacer no significa necesariamente que vayan a pasar. Gracias a la IA se están abriendo debates muy interesantes que no habíamos tenido hasta ahora. Tenemos que ser conscientes de quién controla los datos y para qué.

Es muy importante que haya transparencia y regulación, tal y como estamos viendo ahora con el nuevo Reglamento de Protección de Datos europeo. Una regulación de la que carecemos a nivel global.

¿Hoy en día alguien podría averiguar nuestra identidad, cruzando los datos de nuestra actividad en internet?

Hay compañías que se dedican a cruzar datos de varias fuentes y en muchos casos son capaces de decodificar la identidad de una persona, utilizando datos como la edad, la ubicación o su actividad en redes sociales.

Lo importante es que tengamos una discusión como sociedad sobre quién controla los datos, y para qué. Sólo así podremos disfrutar de espacios privados de conversación. Cuando vamos a ver al médico le revelamos nuestra identidad, pero cuando salimos de la consulta, los datos se vienen con nosotros, no se quedan con él.

¿Estamos más seguros con el nuevo Reglamento de Protección de Datos?

Creo que es un paso en la buena dirección porque da más transparencia y control a los usuarios. En las últimas semanas hemos recibido decenas o centenares de correos de compañías que nos piden permiso para usar nuestros datos, en vez de tener que leernos 17 páginas de términos y condiciones de uso.

Además abre una interesante discusión que girará, primero, en torno al control de los datos, y posteriormente alrededor de crear una construcción de valores digitales donde tendremos que debatir cosas de las que no hemos hablado hasta ahora. Cuando un coche autónomo se enfrenta a una situación de peligro y debe escoger entre proteger la vida del pasajero o la del viandante ¿qué decidirá?

Hoy las máquinas hablan pero no saben lo que dicen

En el libro cita varias veces a Elon Musk, quien considera “estúpida” la IA actual, en el sentido de que sólo es capaz de realizar tareas sencillas y se vuelve inepta cuando se pasa a niveles más elevados ¿comparte este punto de vista?

Cuando estudiaba, mucha gente estaba intentando conseguir que las máquinas hicieran estas tareas más sencillas y no funcionaba. Muchos de ellos tenían que dejar sus doctorados a la mitad porque no eran capaces de encontrar soluciones a los problemas que se les presentaban.

Ha sido en época mucho más reciente cuando, por fin, hemos empezado a encontrar estos patrones que el ojo no ve y que el oído no escucha. No deberíamos desestimar eso porque la fuerza de la IA es increíble. De hecho, muchas veces nos perdemos hablando de lo que sucederá dentro de 100 o 200 años y dejamos pasar la oportunidad de aprovechar el hoy para cambiar las cosas y discutir los grandes problemas de la sociedad alrededor de la ética del control de datos. Esos problemas suceden ahora, no dentro de dos siglos.

Es verdad que la inteligencia artificial se enfoca en encontrar patrones. Sin embargo, esta tecnología tiene muchas otras aristas, como el sentido común, la capacidad de razonamiento, el uso del lenguaje… hoy las máquinas hablan pero no saben lo que dicen. Ya atravesamos un invierno de IA porque nuestros sistemas no eran lo suficientemente potentes. Hoy estamos resolviendo los problemas complejos pero nos faltan muchos ángulos para llegar a la superinteligencia de la que habla Musk.

Usted apuesta porque seamos dueños de nuestros datos ¿de qué forma podríamos lograrlo?

Lo que propongo en el libro es el concepto del “banco personal de datos”. Un espacio en el que almacenar toda nuestra información: actividad en redes sociales y páginas web, salud, compras…

Algo así como un diario de bitácora digital…

Más bien una cuenta con nuestra “alma digital”, que nosotros controlemos para poder dar permisos a quien desee utilizar nuestros datos, siempre y cuando estuviésemos de acuerdo. Esto plantearía escenarios interesantes: por ejemplo, antes de morir, una persona debería decidir el destino de esta cuenta: podría cedérsela a su familia para que aprendan de sus experiencias, o a la ciencia; incluso, borrarla, como si nunca hubiera existido.

En Estonia, los usuarios han tomado el control de muchos de sus datos personales, y cuando alguien accede a ellos, tienen que ser informados

¿Cuál es el modelo a seguir?

El ejemplo más avanzado es Estonia. Allí los usuarios han tomado el control de muchos de sus datos personales, y cuando alguien accede a ellos, tienen que ser informados. Bien sea la policía, un hospital o una empresa.

Imaginemos que compramos una sudadera por internet en una popular página web de e-commerce ¿cuál sería el viaje de nuestros datos?

Esos datos se quedarían en la nube, desde donde nutrirían algoritmos de IA, que después se utilizarían para personalizar nuestra experiencia la próxima vez que entrásemos en esa web, por ejemplo, recomendándonos un artículo similar. El problema es que hay una línea muy fina entre la buena experiencia que recomienda algo que nos gusta y la invasión de la privacidad, como los anuncios predictivos. La cuestión es cómo definimos esta línea para ser capaces de quedarnos con lo bueno sin perder el control.

El Internet de las Cosas cada vez está presente en más y más ámbitos de nuestra vida. En el libro se afirma que 50.000 millones de dispositivos estarán conectados a la red en 2020. Si en 2008 la NSA pudo espiar a decenas de millones de personas sin esta tecnología, ¿de qué serán capaces ahora los servicios de inteligencia y los hackers?

Hasta ahora nos preocupábamos de vigilar nuestros ordenadores y teléfonos móviles, pero deberíamos empezar a proteger nuestras cámaras, nuestros coches, nuestros electrodomésticos, etc. Tenemos que ser conscientes de que casi la mitad del tráfico de internet no lo generamos los humanos, sino las máquinas. Y esto se va a acelerar. El próximo paso será que todos estos objetos comiencen a hablar entre ellos para hacernos la vida más fácil. Tendremos que debatir sobre seguridad, al igual que sobre los datos y las redes sociales.

El futuro está en nuestras manos, no en las de las máquinas

Sin embargo, parece que la clase política, al menos en España, está en otras cosas…

La responsabilidad es de la sociedad en su conjunto no sólo de los políticos. Me gustaría que volviésemos a conectar con nuestra humanidad, para entendernos mejor y saber qué papel podemos jugar, no para volver al antropocentrismo, sino para tomar perspectiva, conocernos a nosotros mismos y despegarnos más de la tecnología, porque creo que el futuro está en nuestras manos, no en las de las máquinas.

En el libro afirma que los algoritmos manejan nuestras vidas ¿Puede alguien manejar los algoritmos e introducir sesgo interesado en sus códigos?

Existen tres maneras de introducir sesgo en un algoritmo:

El primero es el del propio desarrollador que lo escribe. Factores como su formación, su personalidad o su estado de ánimo pueden influir en la forma en que escribe el algoritmo.

El segundo es el del sesgo de los datos. Si, por ejemplo, se utiliza información que no representa fielmente a la población: no se incluyen minorías, se omiten comunidades desfavorecidas… Un debate similar está teniendo lugar en Estados Unidos, donde los jueces utilizan un algoritmo denominado Compas para determinar las penas de los reos, en función de una serie de parámetros sobre su pasado. Al parecer esta herramienta está sentenciando a más a los negros que a los blancos, con los mismos datos.

La tercera forma de sesgo sería la de la falta de interpretabilidad de los logaritmos. Estos conjuntos de operaciones son tan complejos que resulta muy difícil discernir si la decisión que han tomado puede ser considerada justa o no. Ese es uno de los grandes restos de la IA: hacerla más interpretable.

Si todo sigue como hasta ahora es de esperar que la IA vaya sustituyendo cada vez más tareas humanas. En su obra se menciona un experimento japonés en el que una IA escribió un libro que llegó a la final de un certamen nacional de literatura ¿las máquinas acabarán haciendo todo por nosotros, hasta los trabajos más creativos?

La IA de hoy reemplaza tareas, no trabajos. Un trabajo es una colección de tareas, algunas mecánicas y otras intelectuales. Los radiólogos leen radiografías para intentar detectar tumores tempranos. Las máquinas son capaces de ver más allá de lo que ven los ojos de los radiólogos a la hora de buscar tumores tempranos, pero eso no quiere decir que los radiólogos se hayan quedado en el paro, porque aún son muy importantes a la hora de interpretar resultados, de comunicárselos al paciente, de entender como personalizar las medicinas...

En 2030, el 40 por ciento de los trabajos actuales no existirán

¿Y más allá…?

Se espera que en 2030 el 40 por ciento de los trabajos actuales no existan. Sin embargo, cuando era pequeño y me preguntaban lo que quería ser, respondería como mucha gente que periodista, médico o ingeniero. No podía imaginarme que habría trabajos como los que hay hoy: community manager, youtuber o curador de experiencias…

Creo que pasará lo mismo. Encontraremos nuevos trabajos, en aspectos de las relaciones humanas, como la empatía o el amor, donde a la máquina le cuesta. Yo vengo de la cuenca minera asturiana, donde se tuvo que acometer una honda transición, cuando la extracción de carbón dejó de ser rentable. Aquella transición duró 30 años, no 10.

El problema del trabajo no es el futuro, es el presente, porque tenemos que averiguar cómo hacer esta transición, algo que probablemente requerirá un nuevo contrato social. Pero es un debate de los humanos, no de las máquinas.

Ya hay drones capaces de matar seres humanos de forma autónoma, sin intervención humana ¿hemos incumplido las leyes de la robótica nada más empezar?

La tecnología siempre tiene dos caras: una buena y otra que no nos gusta tanto. Sin embargo, me gustaría poner el foco en las oportunidades que tenemos delante. La tecnología nos permite ir a sitios de conflicto, trabajar con organizaciones humanitarias, y ayudar a las personas, como sucedió con el terremoto de México o las pandemias de Perú. Hoy tenemos la capacidad de solucionar grandes problemas sociales que han ocurrido durante siglos gracias a la tecnología, poniéndola al servicio de la sociedad.

Siempre habrá casos de uso que deberemos discutir y regular. Suelen ser debates de discusión de poder: más poder a la sociedad, a los gobiernos, a las empresas…Pero esto es un asunto aparte de la tecnología.

¿Cuántas horas pasa pegado al teléfono móvil? Ya estamos aumentados digitalmente

Existe una clara desconexión entre el humano (analógico) y el imparable avance digital. Los ordenadores, cada vez más potentes, ya nos superan en fuerza bruta (memoria, capacidad de procesamiento) ¿cómo cree que debemos afrontar esta digresión?

¿Cuándo es la última vez que ha recordado un número de teléfono? ¿Cuándo ha hecho un cálculo mental complejo como una multiplicación de más de cuatro dígitos? ¿Cuántas horas pasa pegado al teléfono móvil? Ya estamos aumentados digitalmente

Pero no es un aumento “real”, puesto que no forma parte de nosotros…

¿Qué diferencia hay entre que esté bajo nuestra piel o en nuestra mano? Nuestro móvil está más con nosotros que nuestra pareja. Tiene más capacidad de computación y sensores de lo que podemos soñar en mucho tiempo.

En el libro evita hablar sobre un futuro a largo plazo en el que se produzca la más que mentada singularidad ¿no le gustan las prospectivas?

Somos muy buenos en predecir que tecnologías vienen, pero muy malos en diagnosticar qué pasará en la sociedad. Me gustaría concentrarme en las oportunidades y los retos que tenemos hoy. No quiero pensar en el futuro como una contraposición humano-máquina, sino como una suma de ambos. Para esto necesitamos volver a conectar con nuestra humanidad, entendernos mejor a nosotros mismos.

¿Superará la inteligencia artificial a la inteligencia humana?

Hoy en día la IA tiene la capacidad de un ratón. Los cálculos más optimistas estiman que en 30 años tendrá la capacidad humana. Sin embargo, las IA’s actuales tienen una capacidad muy restrictiva, puesto que se basan sólo en encontrar patrones.

Diría que falta al menos un siglo para que alcance una inteligencia general, con, llamémosle, conciencia. Aunque seguramente ese será más un debate de filósofos o antropólogos, que de tecnólogos. Me gustaría que la profesión del futuro no fuese la de la tecnología, porque el problema no será lo que podremos hacer, sino el porqué.

Pablo Rodríguez es doctor en informática y experto en tecnologías de internet. Se tituló como ingeniero de Telecomunicación en la UPNA en 1995.

En la actualidad es director ejecutivo de Telefónica Innovation Alpha, una unidad de investigación cuyo objetivo es crear moonshots, proyectos que afrontan los grandes retos de la sociedad con ideas radicales y tecnología pionera.

En sus más de 20 años de experiencia ha trabajado para varias empresas de Sillicon Valley y compañías como Microsoft o Bell, ha sido director científico y de innovación de Telefónica y profesor adjunto en la Universidad de Columbia.

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