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Resoluciones sobre el 11-M

Luis de la Corte Ibáñez
domingo 20 de julio de 2008, 19:31h
El pasado jueves fueron resueltos por el Tribunal Supremo todos los recursos de casación que habían sido interpuestos contra la sentencia del 11-M. Llama la atención la disparidad de lecturas extraídas de tales resoluciones. Como muestra anoto los titulares ofrecidos por dos de los periódicos de mayor tirada nacional: en el primero de ellos ha podido leerse: “Espaldarazo a la sentencia del 11-M. El Supremo confirma todos los datos clave de los atentados”. El mismo día otro diario de gran difusión anunciaba: “11-M: golpe de gracia del Supremo a aspectos clave de la versión oficial”. Pero ¿a quién puede sorprenderle este contraste interpretativo con lo que ha llovido durante los últimos cuatro años? Igualmente, nadie debiera extrañarse de la reacción desolada de las víctimas. Siguiendo criterios de sentido común totalmente a otras complejidades de tipo técnico-jurídico las condenas aplicadas a los culpables no parecen proporcionales a la gravedad de los crímenes juzgados ni de los daños cometidos. Algunos de los condenados el pasado mes de noviembre han sido eximidos de sus condenas, al igual que se ha confirmado la absolución de un presunto culpable como Rabei Osman El Egipcio, que pudo desempeñar un papel relevante en la trama de los atentados y cuya implicación en otras redes y complots yihadista ha sido contrastada.

A decir verdad, las resoluciones del Supremo no han añadido ninguna certidumbre a las aclaraciones que ya fueron aportadas en el dictamen del juez Gómez Bermúdez. No sé cuántas veces he hablado del asunto con no sé cuantos responsables y expertos en la lucha antiterrorista (en todo caso bastantes) y desde hace tiempo vengo detectando en ellos la misma impresión de cansancio que siento cada vez que tengo que hablar o escribir sobre los tristes acontecimientos de aquel mes de marzo. Realmente cansa tener que insistir una y otra vez que nunca hubo ningún rastro fiable de ETA que pudiera ser extraído de las investigaciones del 11-M. La propia cascada de ridículas elucubraciones que se fueron añadiendo a las llamadas “teorías de la conspiración” (que de teorías tuvieron poco o nada) debería haber bastado para privar de toda credibilidad a la hipótesis de la autoría etarra. Es lamentable que algunos medios de comunicación convirtieran el mayor atentado terrorista de nuestra historia en un culebrón siniestro. Pero creo que aún debería preocuparnos más el éxito del propio culebrón. Probablemente dicho “éxito” sólo pueda explicarse por la existencia de una amplia audiencia predispuesta a tragarse toda clase de fantasías infamantes como consecuencia de una mala digestión del resultado electoral del 14 de marzo (que, sin duda, recibió cierta influencia de los sucesos acaecidos entre los días 11 y 13).

Sea como fuere, las pruebas obtenidas en la investigación judicial confirman el núcleo argumental de esa versión oficial que tantos se empeñaron en rechazar, precisamente por el hecho de ser oficial. Los atentados fueron cometidos por un grupo de individuos de origen norteafricano que abrazaban la misma ideología del salafismo-yihadista que defiende Al Qaida. Varios de los autores materiales se suicidaron en el piso de Leganés el 3 de abril de 2004, otros se encuentran entre los procesados y algunos huyeron sin volver a ser localizados. Para perpetrar los ataques entraron en contacto con una red de traficantes asturianos que les facilitaron los explosivos necesarios. Realizaron los principales preparativos de los atentados en la segunda mitad del año 2003 y a principios de 2004. Finalmente, pocas horas después de cometerse los atentados las fuerzas de seguridad hallaron las pistas necesarias para ir desenmarañando aquella trama terrorista, (espero que los lectores me perdonen si para más detalles les remito a un libro titulado La yihad terrorista, 2007, editorial síntesis; texto que tuve la suerte de escribir junto a uno de los más reputados expertos españoles en yihadismo, el profesor Javier Jordán).

El relato anterior es el único que casa con las pruebas aportadas por la investigación del 11-M. Desde luego, esto no quiere decir que dispongamos ya de un relato completo sobre todo lo acontecido en relación al 11-M ni que las evidencias que lo fundan fueran suficientes para condenar a todas las personas que en verdad colaboraron para producir los atentados (obviamente no lo han sido). La reconstrucción de los hechos avalada por los tribunales tiene lagunas y limitaciones innegables cuya explicación remite a una variedad de circunstancias: la muerte de los suicidas de Leganés, la actitud negacionista de los imputados a la hora de declarar (sorprendente entre los terroristas etarras pero absolutamente característica entre fanáticos yihadistas) y ciertas decisiones erróneas adoptadas durante la fase de instrucción, como la que llevó a la destrucción temprana de los trenes explosionados que luego ha sido criticada por el propio Tribunal Supremo. Pero la del 11-M no es la primera (ni será la última) investigación judicial de un atentado terrorista que, aún permitiendo establecer condenas suficientemente fundadas, ofrece al mismo tiempo una versión incompleta (pero razonable) de los hechos que dieron lugar a los crímenes juzgados. En el caso particular de las pruebas sobre los explosivos se ha insistido que las pesquisas realizadas no permitieron una identificación definitiva de la marca empleada. Siendo esto cierto, la sentencia de noviembre y las resoluciones de julio coinciden en señalar que ello no ha impedido corroborar que los explosivos procedían de la mina asturiana saqueada por Trashorras y sus compinches. Por otro lado, a los ciudadanos no se les ha explicado algunas cosas sobre como se realizan habitualmente las investigaciones forenses sobre explosivos. Por ejemplo, no se les ha dicho que la depuración de inferencias sobre relaciones entre sustancias químicas y sus posibles usos delictivos a la luz de la casuística científica y del criterio de investigadores policiales experimentados es una práctica tan normal como necesaria. Tampoco se ha dejado claro que el nivel de sofisticación aplicado a los análisis periciales del 11-M ha sido muy superior al habitual (a destacar la rigurosísima investigación de la Guardia Civil) o que diversas sentencias que han esclarecido importantes atentados de ETA tampoco han logrado identificar la marca concreta de los explosivos utilizados en esos casos.

En cuanto al asunto de los autores intelectuales, los enemigos de la versión oficial del 11-M estuvieron empeñados desde el principio en negar la tesis de la autoría intelectual de Al Qaida. ¿Estaba justificada esa posición? Lo estaba, pero sólo en la medida en que la noción de autoría intelectual sea estrictamente asimilada a la idea de planificación operativa, como suele hacerse. Ciertamente, la investigación no ha logrado demostrar la dependencia funcional de la trama yihadista encausada respecto a la organización de Bin Laden ni tampoco se han encontrado pruebas fehacientes de que algún miembro de Al Qaida ordenara la comisión de los atentados de Madrid tal y como se produjeron. Ahora bien, si fuéramos estrictos con el lenguaje la expresión “autoría intelectual” debería ser empleada con un sentido más amplio. Como autores intelectuales de una acción terrorista deberíamos designar a todas aquellas personas implicadas en el desarrollo de las actividades intelectuales que son necesarias para llevar a cabo el propio atentado. Sin duda, esas actividades conllevan la planificación del “cómo”, el “cuándo” y el “dónde” será realizado el atentado pero implicará igualmente el desarrollo de la labor intelectual previa de motivar la planificación, preparación y ejecución material del atentando conforme a ciertos objetivos que abarquen su “por qué”, su “contra quien” y, lo más importante de todo, su “para qué”. Desde este punto de vista, apuntar a Al Qaida como autor intelectual no es ni mucho menos disparatado. Se ha comprobado que los autores materiales estaban al tanto de las consignas difundidas a finales de 2003 por varios portavoces de aquella organización, incluido Bin Laden, sobre porqué y con qué propósitos resultaba legítimo y conveniente atentar contra intereses y blancos españoles. ¿Fueron aquellas consignas específicamente relacionadas con la presencia de tropas españolas en Irak y Afganistán los únicos motivos que condujeron a los atentados de Madrid? Seguramente no. Pero las otras posibles “razones” para atentar contra blancos españoles también llevaban años siendo avaladas y difundidas por Al Qaida. Esta otra forma de entender la cuestión de la autoría intelectual coincide con el planteamiento reflejado en la sentencia de noviembre y las resoluciones del Supremo. Lo más probable es que los islamistas participantes en el atentado actuarán siguiendo el patrón de lo que los expertos denominan “redes yihadistas de base” (o homegrown networks): decidiendo y preparando el atentado sin ayuda de una organización mayor pero intentando responder a las directrices estratégicas generales propagadas por Al Qaida. Es la forma de operar que hace años teorizó Mustafa Setmarían, alias Abu Musab al Suri, un ideólogo yihadista buen conocedor de nuestro país. Y también es un patrón de actuación que encaja con la situación de debilidad y aislamiento en la que aún se encontraba Al Qaida a finales de 2003, antes de que recuperara su capacidad para ejercer una mayor influencia en la ejecución de atentados en suelo europeo, especialmente a través de algunos de los campos de entrenamiento para terroristas disponibles Pakistán, aquellos por los que pasaron varios autores de los atentados del 7 de julio de 2005 en Londres.



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