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VIAJES

Pier Paolo Pasolini: La larga carretera de arena

domingo 08 de julio de 2018, 18:42h
Pier Paolo Pasolini: La larga carretera de arena

Traducción de David Paradela López. Gallo Nero. Madrid, 2018. 152 páginas. 17, 90 €.

Por Paulo García Conde

Si Pasolini hubiese sabido que le arrebatarían la vida antes del tiempo natural que le habría sido concedido, es probable que hubiese vivido cada minuto de su tiempo a un ritmo similar al que marca en La larga carretera de arena, un reportaje de viajes que lo lleva a recorrer las costas italianas con un pie en el acelerador del coche y el otro pisando a fondo su mirada. Porque son sus ojos los que se funden con el motor del vehículo, registrando todo lo que sale a su paso con una cadencia ágil que no lo incapacita a la hora de querer mostrar una Italia rica en matices, en paisajes, en gentes.

Fue la revista Successo la que, en el verano de 1959, encargó al escritor y cineasta subirse al coche para componer un reportaje en el que el autor se descubrió como un observador sagaz, al tiempo que como un ciudadano ansioso por transitar los espacios conocidos y por explorar de su país. Su ritmo agitado no se detiene en las zonas que se revelan ante él por primera vez, tampoco en aquellas que hacen brotar la nostalgia y retazos de una infancia medio olvidada. Para Pasolini, la Italia que se abre al paso de su Fiat 1100 es una tierra formada por pueblos pequeños, recogidos, de una insólita belleza y habitados en su mayoría por algún personaje peculiar.

Hay también ciudades de mayor renombre y que, sin embargo, merecen otros calificativos por parte de quien anota sus impresiones en pedazos de papel. Si por algo se caracteriza la voz de Pasolini en este relato de viajes (voz entendida como forma de mirar, siempre) es por su honestidad a la hora de describir aquello que ve y con lo que se encuentra sin afán de adornarlo. Todo paisaje, todo paisano resulta natural, despojado de aderezos literarios o condescendientes.

La ruta da comienzo en la frontera con Francia, punto en el que Pasolini se compromete con el encargo: informa sobre aquello que se destapa a cada kilómetro que avanza. Y aunque en contadas ocasiones pueda parecer que de repente se detendrá, que uno de los ilustres personajes con quien se encuentra le hará tomar aire, relajarse un poco y recrearse en el ambiente que lo rodea, se tratará nada más que de un mero espejismo. El registro del viajero seguirá con igual grado de compromiso hasta el final del recorrido, sin que ello lo prive de reafirmarse como el intelectual que es.

Sus juicios, por escuetos, no carecen de valor. Tal vez por ello ni siquiera este reportaje de viajes, que no pretende ser nada más que eso mismo, ha logrado esquivar por completo la polémica (nada nuevo para Pasolini, ni en sus trabajos literarios ni en aquellos cinematográficos). «Es, ciertamente, el pueblo de los bandidos, tal y como aparece en ciertos westerns». Esa fue su apreciación sobre Cutro, diminuta localidad de la provincia de Crotone, y que le granjeó unos cuantos enemigos. Pasolini nunca ha dejado indiferente a nadie.

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