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TRIBUNA

España humillada

lunes 09 de julio de 2018, 21:03h

No todo estaba visto. Hay muchas novedades en el encuentro en Sánchez y Torra que merecen ser analizadas detenidamente, pero ninguna de ellas será capaz de detener el proceso imparable del fin de la democracia española. Lo diré de otro modo: los independentistas expulsaron a Rajoy del poder y ahora lo harán con Sánchez. Los dos grandes partidos de este país han entrado en una deriva trágica. ¿Conseguirán detener esa tragedia las otras fuerzas políticas? Lo dudo. Quizá Ciudadanos pudiera dar lugar a un gran partido de amplia base nacional, pero eso requeriría de otros líderes políticos tanto en el ámbito de la socialdemocracia como en el liberal. No es fácil hallar en nuestro país líderes socialdemócratas o liberales capaces de vertebrar un proyecto nacional español en la UE. Así que hemos de prepararnos para lo peor. El secesionismo es un hecho. El país es cada vez menos libre y más desigual. La casta política empieza a ser insufrible, pero sin políticos esto no tiene salida.

En todo caso, cuando escribimos sobre Cataluña, tenemos que procurar dar un par de trazos previos para que nadie se engañe con falsas expectativas. Primera, la cosa de los separatistas no tiene solución. Es una cuestión endiablada que, tarde o temprano, llevará al enfrentamiento civil en Cataluña, o peor, a la ruptura entera de todo el país. Un fenómeno criminal alentado por las elites políticas catalanas, a saber, la traición permanente a la Constitución española, no sólo no se ataja por los dirigentes políticos españoles, sino que, a veces, se revisten con los ropajes nacionalistas para seguir esquilmando a lo poco que de queda de nación española.

Segunda, el Estado español es el gran culpable de que más de la mitad de la población de Cataluña sufra el totalitarismo del independentismo. Parte decisiva del Estado-nacional ha estado ausente de Cataluña en los últimos treinta o cuarenta años. Su incomparecencia será contada por los futuros historiadores de la democracia española como una de las mayores traiciones de los gobiernos de la democracia a la nación española.

Tercera, solo un reducido sector de la sociedad civil y, en cierto sentido, del llamado “mercado” está deteniendo que España no esté definitivamente rota, por ejemplo, solo cuando los depositantes sacan sus ahorros de la Caixa, la entidad catalana decide fijar su sede en otro lugar de España. La huida de masiva de empresas de Cataluña ha sido solo un aviso de que Cataluña al margen de España es inviable en términos democráticos, o sea, que hay posibilidades de implantar una República totalitaria y que más de la mitad de la población sea sometida a la violencia ideológica, institucional y, por supuesto, policial de los independentistas.

Entre la ausencia absoluta del Estado de Cataluña y la presencia tímida del mercado en esa región, el gobierno de Sánchez simula resolver la pesadilla con la que hemos de cargar todos los españoles. Un imposible. Desde el momento que Torra comparece con un lazo amarillo en la solapa delante de Sánchez, está insultando a todos los españoles y humillando a alguien que quizá no tenga solvencia para representar a España. La enfermedad nacionalista es fácil de detestar, criticar y despreciar, pero es menos ridícula que quien cree superarla con embelecos de malos titiriteros. La tragedia planea sobre la nación española. El PSOE ha montado un teatrillo con los separatistas y populistas para eludirla. Pero lo pagaremos todos. La solución es sencilla: o el Estado interviene con un 155 riguroso o las libertades individuales, es decir, la democracia desaparecerá definitivamente de Cataluña. De España.

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