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EDITORIAL

Al juez Llarena no le tiembla el pulso

miércoles 11 de julio de 2018, 08:01h

Un día después del frustrante e indignante encuentro entre Pedro Sánchez y Quim Torra en La Moncloa, de las declaraciones del Gobierno sobre el valor del diálogo y el éxito del deshielo, al juez del Supremo Pablo Llarena no le ha temblado el pulso. Tras ocho meses de investigar a la cúpula secesionista catalana, el magistrado ha concluido el sumario. Deja a 18 procesados a las puertas del juicio y ha ordenado suspender como diputados a Carles Puigdemont, Oriol Junqueras y los otros cuatro parlamentarios procesados por rebelión que están en prisión: Raül Romeva, Jordi Turull, Josep Rull y Jordi Sánchez.

Durante este tiempo, el magistrado ha ordenado encarcelar o mantener en prisión a siete miembros del anterior Gobierno de la Generalidad y a los líderes de las dos principales asociaciones independentistas —ANC y Ómnium—, ha impedido la investidura de hasta tres candidatos, incluido Puigdemont, y ha procesado a 25 personas por organizar el referéndum independentista ilegal del pasado 1 de octubre e intentar imponer la independencia de Cataluña de manera unilateral.

El juez Llarena ha demostrado que no se trata solo de un problema político, como pretende Pedro Sánchez. Los separatistas encarcelados y fugados se han saltado la ley, han intentado dar un golpe de Estado y, por ello y solo por ello, la Justicia actúa. La decisión del magistrado del Supremo, que trabaja al margen del postureo del presidente del Gobierno, ya ha provocado una conmoción en el mundo separatista que ha anunciado plantar cara a la suspensión de los diputados. Las fuerzas separatistas pretenden que el Parlamento catalán revoque en una votación la suspensión de los diputados procesados desobedeciendo así el auto del juez. Con esa votación, el Parlamento consumaría su segundo desafío al Estado en pocos días, después de que la pasada semana se ratificara en la declaración fundacional del proceso independentista anulada por el TC. Simultáneamente, Quim Torra anunciaba la elaboración de una Constitución de la República Independiente de Cataluña.

Pedro Sánchez no parece darse cuenta de que su poder no es omnímodo. De que con sonrisas y paseítos por los jardines de La Moncloa no va a impedir ni que la Justicia siga su camino ni que los separatistas vayan a cejar en su empeño de alcanzar la independencia. Su obsesión por permanecer en el poder a toda costa, con el imprescindible apoyo de los partidos secesionistas, le está llevando a un camino sin salida. No puede mirar para otro lado, cuando el presidente de la Generalidad desprecia al jefe del Estado vetando su presencia en los actos de homenaje a las víctimas de los atentados de Barcelona y Cambrils. Ni puede ya hablar de la judicialización de la política como hacía cuando gobernaba el PP.

El presidente del Gobierno debe negarse a acudir a los actos del aniversario de los atentados si el Rey no es invitado. Y está obligado a explicar a Quim Torra que en España existe la separación de poderes, que el legislativo no puede interferir en las decisiones de los tribunales. Que ya ha hecho todo lo que le permite la ley, como el acercamiento de los golpistas encarcelados a Cataluña.

Hay que elogiar al juez Llarena por su profesionalidad, su independencia y su valentía. Y hay que denunciar la actitud del presidente del Gobierno que por amarrar el poder es capaz de denigrar la dignidad de España al reunirse con el racista Quim Torra, quien un día antes del encuentro insistió en que luchará por alcanzar la independencia y un día después anunció que dotará a Cataluña de una Constitución propia. Los separatistas utilizan el diálogo para mofarse del presidente del Gobierno y de España. Pero Pedro Sánchez, como los tres monos sabios de Niko, ni ve, ni oye, ni habla.

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