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El sombrero de Jorge Ordaz

Diego Medrano
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diegomedranotelefonicanet /12/12/23
jueves 12 de julio de 2018, 20:17h

El sombrero de Jorge Ordaz es un destello bajo la lluvia que recorre y fatiga las estanterías de viejo de las librerías de las calles Aribau y de la Palla en Barcelona, el Mercat de Sant Antoni y los puestos más bien cutres detrás de la Universidad, ya desaparecidos. Es un bicho, casi diamante azabachado, tortura negra y brillante que transita a toda velocidad por el Rastro madrileño, las casetas de la Cuesta de Moyano, los mercadillos de El Fontán y El Campillín en Oviedo. Igual de veloz y goloso, de eléctrico y radiante, puede verse al sombrero con sus chamarileos internacionales en lo que concierne a buenas páginas: la librería Strand de Nueva York, Charing Cross en Londres, pequeñas librerías de lance en Brighton, la librería Stanislas Fourquier de la calle Gay Lussac de París. Ordaz es obseso textual, se parece mucho a Pere Gimferrer en las gafas de pasta, la voz atiplada y suave, el culturón enorme centrado en el dato por su condición de geólogo. Siempre, siempre vomita piedras preciosas en la conversación y lo sabe todo de libros en uso, en desuso y en depósito. Publica metaliteratura de la buena, de la de pedigrí, en editorial secreta (como hizo Gimferrer con Mensaje del tetrarca) y pleno taller de sedería: La mariposa en el mapa (Luna de Abajo).

Prima donna (finalista del Premio Herralde) se la publicó Jorge Herralde con los ojos cerrados, Las confesiones de un bibliófago adquiría en internet precios de quinientos y mil euros (hay edición nueva en Pez de Plata), Diabolicón es una rareza que hubiese puesto los nervios en punta a Aleister Crowley, El fuego y las cenizas es un homenaje a los soldados de raza y la guerra noble, La Perla del Oriente (finalista del Premio Nadal) tiene todo su mundo antiguo, elegante, decadente, donde el lenguaje es lujo y escalpelo. Todo Ordaz es alucinógeno y su sombrero lleva la sinfonía del barco a la deriva, gabarra de humo, matrícula de cazador de libros emasculado en imán incandescente o fierecilla domada.

Al grano: La mariposa en el mapa va en busca del escritor raro Frederic Prokosch. En plena adolescencia Ordaz se encuentra con la novela Tormenta y eco y comienza la fascinación arrobada: lenguaje violento y crudo por la naturaleza salvaje, erotismo insólito para la época, pura negritud y continente africano en lírica y desbordada relación con otros dos clásicos de la época: El tótem y el tabú (Stuart Cloete) y Algo de valor (Robert Ruark). Ve en Prokosch, todavía en pantalón corto, algo más: ecos del mejor Conrad (El corazón de las tinieblas) y del Frazer que no había leído nadie en España (La rama dorada). África como fascinación, perdición, abismo, atracción, muerte y regeneración. Viaje al continente negro y regreso al útero convulso, no menos libidinoso, de la Madre Tierra. Mujeres de ébano, de piel de serpiente, a las que la vulva mojada orla de perfectas gotas de lluvia, en mitad de las laceraciones corporales y las enfermedades degradantes entre los nativos.

Ordaz, por librerías de medio mundo y obsesiones encendidas sin tregua, persigue un enigma: el Prokosch desconocido, deportista, homosexual, amigo de lo gótico y la prosa lírica, de lo macabro y fantástico, flamante jugador de tenis, doctorado en la Universidad de Yale con una tesis significativa sobre los apócrifos de Chaucer (literatura, mistificación y fraude). Obseso de Wallace Stevens (quien le dice en su despacho de alto ejecutivo financiero: “Tiene usted más aspecto de atleta que de esteta”) y de Auden (a quien envía fotos desnudo). Su novela Los asiáticos conquista las mejores lisonjas de medio mundo: “sorprendente” (Sinclair Lewis), “auténtica obra maestra” (André Gide), “ejercicio de virtuosismo” (André Malraux), “entre los más brillantes y originales logros de la joven generación literaria” (Thomas Mann), “novela geográfica en que se unen la sensualidad y la ironía, la lucidez y el misterio” (Albert Camus). Ordaz saca lupa de siete aumentos.

Su orgullo es el de ser el mejor farsante. Su ornamentación orientalizante –marca de la casa-, su abrasador retrato de la gente y paisajes de Asia no era lo que todos imaginan: no se movió de casa para escribir el libro y la redacción se hizo sin salir de Madison, a caballo entre la Biblioteca Linonia y su apartamento de la calle Fountain Street. Cuando le preguntaban su respuesta no podía ser más original: Malraux escribió tres novelas espléndidas ambientadas en zonas del Asia Oriental, Conrad escribió ocho novelas bellísimas situadas en el Lejano Oriente, pero antes Racine y Voltaire habían situado algunos relatos en el Asia imaginaria, al igual que Shakespeare escribió acerca de Dinamarca, Mantua, Roma y las costas de Bohemia, o Hölderlin sobre Grecia, o Coleridge sobre Xanadú, o cómo Hieronymus Bosch pintó los infiernos, Fra Angélico el paraíso y Dante ambos mundos. Prokosch va siempre con la escopeta cargada y acierta.

Ordaz ha escrito su peculiar En busca del barón Corvo sin quitarse el sombrero, en la obra de una vida plena, con mucho aporte de servilletas y viajes caros. Tiene mucha miga el trato de Prokosch con Gore Vidal o Tennessee Williams y ese mundo de espías, de humo y gabardinas con secretos, de Lisboa y Estoril, de la vieja Europa que se desmenuza, de la Resistencia francesa y los mordiscos a champán de la II Guerra. Ordaz ha encuadernado sus atmósferas mágicas, oníricas, alucinantes de siempre en libro nuevo con sabor del hechizo y temperatura de rimero alto de páginas mohosas, devorada por las polillas y meada por un gato viejo de librero encorvado y con las cejas prominentes. La vida de un americano que decidió ser europeo con todas las consecuencias. Mundo visionario, mundo de poeta, imágenes destellantes y lenguaje suntuoso. Felicidades, Jorge.

Diego Medrano

Escritor

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