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ENSAYO

Stanislaw Lem: Summa technologicae

domingo 15 de julio de 2018, 19:22h
Stanislaw Lem: Summa technologicae

Traducción de Bárbara Gill. Ilustraciones de Juan Pablo Martínez Spezza. Godot. Buenos Aires, 2018. 500 páginas. 24 €.

Por Francisco Estévez

Una de las mayores felicidades editoriales de estos últimos meses es la traducción por vez primera al español de la Summa technologicae (1964) de Stanislaw Lem por la acertada editorial porteña de Godot, Argentina al rescate. Podría resultar extraño a quien desconocedor de sus ensayos científicos y filosóficos, simplifique la obra del polaco como mera ciencia ficción y no como lo que en verdad representa, una posibilidad de conjeturar el futuro y en ella, de soslayo, una honda reflexión de las limitaciones, atrevimientos y carencias del presente. En este amplio tratado Lem tiende al discurrir filosófico donde conjetura múltiples posibilidades sobre la tecnología y la humanidad y al calor de esa fricción explorar desde situaciones lógicas a los medios de información, de los aspectos espirituales al extenso mundo cultural, etc.

La tensión argumentativa y la muñeca estilística de Lem se aprecia ostensiblemente en cada una de sus páginas críticas, acaso más todavía, por momentos, que en su escritura creativa (entenderemos alguna vez lo difuso y artificioso que resulta el binomio de falsos opuestos creación/crítica). Por ejemplo, y ya desde el principio, ante “Dilemas”, abierto por un párrafo inicial donde justifica la escritura de las siguientes páginas con un taxativo “porque comenzando a escribir sobre el mañana, hago sencillamente lo que sé” pero a la postre encubierto de presunta y contradictoria humildad “ni siquiera importa qué bien lo sé, dado que es mi única habilidad”.

Fijarse en nimio detalle podría resultar clamorosa boutade si no entendemos que semejante tipo de hilar anda en estrecha concomitancia con aquel tejido en la escritura creativa del polaco: una suerte de capas reflexivas se acumulan sobre el hilo central que engrosa por momentos. No en vano, el pensador polaco (sí, bien vale admitir de todas a Lem como lo que fue y este conjunto de escritos de aire filosófico afirman) con el título de Summa technologicae desea inscribirse en la tradición escolástica cuyo mayor ejemplo teológico son las famosas síntesis de Tomas de Aquino, Summa Theologiae. Y también de esa misma tradición toma el carácter abierto de la obra, donde la curiosidad no deja respingo a parcela por oculta que se antoje, al que añade de cosecha propia un leve y agradable tono polémico con afán de sazonar de variada perspectiva sus propios argumentos, contradictorio.

La desconexión comunicativa, la impericia o, más allá, la imposibilidad total de la misma es el obsesivo resultado final de buena parte de las argumentaciones de las novelas y cuentos de Stanislav Lem. Tal pensar tiene su correlato en estas páginas en la síntesis “Civilizaciones cósmicas” que harán las delicias de cualquier curioso vital y donde relativiza ese cuasi-don que es el lenguaje humano y eleva sobre el mismo uno más amplio que se despliega ante nosotros a diario con discreción: “Con las veinte letras que son los aminoácidos, la Naturaleza construyó una lengua ‘en estado puro’, que expresa -con escasos cambios de lugar de las sílabas-nucleótidos- las polillas, los virus, las bacterias, los tiranosaurios, las termitas, los colibríes, los bosques y los pueblos, siempre que disponga de tiempo suficiente. Esa lengua, tan perfectamente no teórica, anticipa, no solo las condiciones de los fondos oceánicos y las cumbres montañosas, sino la cantidad de la luz, la termodinámica, la electroquímica, la ecolocalización, la hidrostática, […] dado que haciendo todo, nada entiende, pero cuánto más efectiva es su irracionalidad que nuestra sabiduría Por cierto, vale la pena aprender esa lengua, que crea filósofos, cuando la nuestra crea solo filosofías”.

Del mismo modo, el ensayo explora, con hibridación entre ciencia, pensamiento y crítica del mismo, la aceleración del ritmo del progreso científico-tecnológico, en la fina percepción de Lem: “La nueva tecnología significará el poder absoluto del hombre sobre sí mismo, sobre su cuerpo, lo que a su vez permitirá la realización de sueños inmemoriales, tales como el deseo de inmortalidad, y quizás hasta revertir procesos que hoy se consideran irreversibles […]. Incluso si el hombre puede todo, seguramente no es de un modo arbitrario. Si lo desea, finalmente alcanzará cualquier objetivo, pero quizás antes comprenda que el precio que debería pagar hace que el objetivo resulte absurdo. Nosotros establecemos el punto de llegada, pero el camino hacia él lo establece la Naturaleza. Podemos volar, pero no extendiendo los brazos […]. Así pues, al cumplir los deseos, el mundo material nos exige un procedimiento, cuya realización puede parecerse tanto a una victoria como a una derrota”.

En definitiva, lo impredecible del futuro, esa característica intrínseca y fundadora del mismo. Y, el universo como obsesión, acaso como destino del ser humano a quien “la tecnología que facilita la vida se convierte en la herramienta de su empobrecimiento, puesto que por los medios masivos de información pasa de ser una obediente multiplicadora de bienes espirituales a una productora de baratijas culturales”. Por ello estas páginas solicitan un cambio en el ser humano antes de poder cambiar el mundo. Vale decir que la verdadera revolución pasa por iniciarla desde el interior. “Si somos la coronación de la creación, si nos llamó la vida un acto sobrenatural […] entonces el futuro seguramente potenciará nuestro poder sobre la materia, pero no cambiará nuestra relación hacia las preguntas citadas, cuyas respuestas solo la metafísica es capaz de dar”. Y, por último destacar también las fascinantes páginas dedicadas al caos y al orden.

Un importante aparato de notas al texto introducidas por el propio autor acompaña el amplio ensayo. De propina, unas valiosas notas a pie de página, bibliográficas y aclaraciones breves. Como la número 22: ante un problema traductológico insalvable del texto, al utilizar Stanislav Lem una frase sin sentido alguno para ilustrar un concepto, la traductora utiliza con habilidad el lenguaje del glíglico inventado por Julio Cortázar en el célebre capítulo 68 de Rayuela para plasmar la intensidad de una escena erótica.

En definitiva, todo un festín para mentes inquietas por la tecnología y el futuro que se nos avecina. Lejos de decaer, el interés hispano por la obra de Stanislaw Lem se multiplica dando espesor a la imagen del autor.

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