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ENSAYO

Rogelio Alonso: La derrota del vencedor. La política antiterrorista del final de ETA

domingo 15 de julio de 2018, 19:31h
Rogelio Alonso: La derrota del vencedor. La política antiterrorista del final de ETA

Alianza. Madrid, 2018. 445 páginas. 19 €. El profesor Rogelio Alonso, experto en analizar el fenómeno terrorista, nos ofrece un trabajo valiente y sólidamente documentado en el que pone en cuestión la triunfalista versión oficial sobre la desaparición de los asesinos etarras. Por Alfredo Crespo Alcázar

El profesor Rogelio Alonso nos presenta una obra oportuna y necesaria sobre una de las cuestiones que históricamente ha monopolizado la atención de la opinión pública española: la banda terrorista ETA. El autor, referente en los estudios sobre terrorismo como corroboran sus diferentes investigaciones sobre el IRA, Al Qaeda o la propia ETA, demuestra un sobresaliente conocimiento de su objeto de estudio, como se observa en la extensa bibliografía utilizada.

Asimismo, cabe añadir dos aspectos que consideramos fundamentales ya que ponen de manifiesto el rigor científico que permea por toda la obra, al mismo tiempo que la enriquecen. Por un lado, el empleo de documentos inéditos (informes del Ministerio del Interior, cartas de etarras presos…). Por otro lado, las numerosas entrevistas realizadas por Rogelio Alonso a magistrados de la Audiencia Nacional (que detallan las presiones que sufrieron por parte del ejecutivo del PSOE para legalizar a la izquierda abertzale), asesores del Gobierno de José María Aznar y de Rodríguez Zapatero o mandos de la lucha antiterrorista. Finalmente, desde el punto de vista formal, estructura el libro en 7 capítulos junto con una introducción y un epílogo, siguiendo un orden cronológico que facilita la lectura y la comprensión del mensaje.

Centrándonos en el contenido, el final de ETA ha generado innumerables reacciones caracterizadas en su mayoría por un superávit de optimismo resumido en la expresión “la democracia ha derrotado a ETA”, vociferada por todo tipo de formadores de opinión que no admiten discrepancia alguna con respecto a esa verdad oficial. Sin embargo, la realidad (la verdad real) es otra bien diferente: “La primacía de intereses personales y partidistas sobre los principios democráticos ha impedido la rotunda e incuestionable derrota de ETA en todas sus dimensiones (p. 445).

El resultado es la compatibilidad entre victoria policial y derrota política del Estado de Derecho: “De ahí que la política antiterrorista durante las últimas legislaturas del Partido Popular y del PSOE haya recurrido a un doble lenguaje para maquillar un incoherente comportamiento, explotando por un lado la presión ejercida por las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad sobre ETA mientras se desactivaban otros decisivos instrumentos coactivos contra ella y su entorno político” (p. 386).

Por tanto, de una manera valiente y desacomplejada el autor cuestiona con sólidos argumentos esa “victoria inapelable” (más supuesta que real, insistimos) de la democracia española, los medios que la posibilitaron enfatizando al respecto las numerosas cesiones a la banda terrorista y a la izquierda abertzale (por ejemplo, la legalización de EH Bildu y Sortu por parte del Tribunal Constitucional, fenómeno que para el magistrado Manuel Aragón suponía una decisión que le avergonzaba) y las consecuencias que todo ello ha legado. Esta últimas son susceptibles de resumirse en una principal: la violencia de ETA no ha perjudicado al nacionalismo vasco y, por el contrario, sí que ha dejado bajo mínimos al constitucionalismo en la sociedad vasca, producto de la discriminación ideológica de la violencia de ETA.

Rogelio Alonso explica de manera milimétrica ese proceso de cesión que los cuatro últimos gobiernos españoles han realizado ante ETA y por extensión ante el nacionalismo vasco. El punto de partida de tan nefasta dinámica lo encontramos en el primer Ejecutivo de Rodríguez Zapatero. Éste rompió el consenso en materia antiterrorista con el Partido Popular que había caracterizado a la legislatura 2000-2004, plasmado en el Pacto por las Libertades y contra el Terrorismo o en la Ley de Partidos, cuyos dividendos fueron sobresalientes, relegando a una situación de marginalidad a ETA y a todo su entramado (político, económico y mediático). De hecho, la propia izquierda abertzale creyó entonces que el final de la banda terrorista tendría lugar en 2003 o 2004. De este consenso cabe subrayar que quedó fuera por voluntad propia el Partido Nacionalista Vasco, aduciendo que la Ley de Partidos, por ejemplo, iba en contra del pluralismo político en Euskadi.

Sin embargo, la victoria de Rodríguez Zapatero en las elecciones generales de 2004 supuso un cambio radical en la política antiterrorista. El citado político puso en marcha el tan cacareado como infausto “proceso de paz”, definido en los siguientes términos por Santiago González: “Bajo tan eufemística locución subyacía en verdad una negociación con terroristas al margen de las instituciones democráticas y en contra de los principios como los contenidos en el Pacto por las Libertades y contra el Terrorismo” (p. 186). Previamente, sectores del PSE (Jesús Eguiguren) habían mantenido varios contactos con el entorno de Batasuna, pese a estar ilegalizada dicha formación, además de exigir un nuevo acercamiento de los socialistas al PNV, al que consideraban el actor principal de cara a la desaparición de ETA.

El “proceso de paz” no solo envolvía una negociación de un Estado con una banda terrorista, sino también la asunción de una serie de compromisos como la derogación de la doctrina Parot o la interrupción de las detenciones de terroristas, pese a lo cual “en ningún momento tuvo el Gobierno pruebas de la voluntad de ETA de poner fin a la violencia, a pesar de lo cual trasladó la opinión contraria constantemente” (p. 168). Esta política cortoplacista contó inicialmente con el rechazo de numerosas asociaciones de víctimas y del Partido Popular, al que se estigmatizó por ello, tal como reflejó Rodríguez Zapatero: Lo más interesante de la experiencia del proceso de paz es lo que no se debe hacer desde un partido democrático en la lucha contra el terrorismo. Es decir, lo que ha hecho el Partido Popular. Eso es lo más claro, lo más claro. Que nadie vuelva a hacer eso desde un partido democrático: utilizar, crispar el intento de acabar con la violencia. Eso ha sido para mí lo más definitivo. Y pesará, estoy convencido, pesará durante tiempo” (p. 180)

Sin embargo, a partir de 2008 el partido liderado por Rajoy fue asumiendo en su comportamiento, no tanto en sus declaraciones públicas y programas electorales, cada uno de los mantras patrocinados por el gobierno socialista que a su vez venían avalados por el nacionalismo vasco, tanto en su versión “moderada” como radical. En efecto, tras consumarse en 2011 el retorno del PP al gobierno de la Nación, Mariano Rajoy y Jorge Fernández Díaz rechazaron la ilegalización de Bildu, como pedía UPyD. De hecho, el PP votó en el mismo sentido que el partido heredero de Batasuna” (p. 387). Los populares mostraron su inacabable arsenal de complejos, sumándose a una particular visión de la “unidad” que entendía que el regreso de la izquierda abertzale a las instituciones políticas era condición necesaria para lograr el final de ETA.

El resultado de esta concatenación de acontecimientos lo apreciamos en la actualidad y el profesor Rogelio Alonso lo refleja fielmente en su obra. Por un lado, se opta por una memoria cargada de sentimentalismo pero ajena a subrayar el significado político de las víctimas de ETA y por otro lado, se asume de manera acrítica las principales expresiones difundidas por el nacionalismo vasco para vertebrar el escenario post-ETA: normalización y convivencia. El escenario no puede ser otro que una sociedad indecente, como acertadamente la define el autor, puesto que “la política del Gobierno vasco confunde deliberadamente una pretendida defensa de los derechos humanos con la apología de quienes los han conculcado” (p. 333).

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