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ORIENT EXPRESS

Volver a Klemperer

Ricardo Ruiz de la Serna
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ricardo_ruiz_delasernayahooes /22/22/28
domingo 15 de julio de 2018, 20:10h

El verano es un buen momento para volver a leer a Víctor Klemperer (1881-1960) Este catedrático de Literatura Francesa padeció durante toda la Segunda Guerra Mundial el acoso, las agresiones y las amenazas de los nazis por ser judío. Bueno, el problema no era que él fuese judío, sino que los seguidores de Hitler eran unos antisemitas, unos asesinos y unos bárbaros, es decir, unos verdaderos traidores a Europa. Según cuenta Steiner, ya lo dijo Samuel Fischer, el editor judío de Thomas Mann cuando le preguntaron por el cabo austriaco: “Kein Europäer. Von grossen humanen Ideen versteht er nichts”, “No es europeo. No entiende nada de las grandes ideas humanas”. De eso trata Europa: de las grandes ideas humanas. Eso la hace universal y la abre al mundo. Esa voluntad de conocer, comprender y explicar a Dios, al mundo y al hombre asciende en las agujas de las catedrales góticas, pasea por los claustros de las universidades medievales y alienta en las bibliotecas de los humanistas y los museos que, como el Británico, aspiraban a mostrar el tesoro de las culturas. Esa era la tradición de Fischer, de Klemperer y de tantos otros que vislumbraron el horror que los nazis representaban. Frente a esa tiniebla, les quedó la cultura, la claridad de entender -la primera misión del filósofo, como vio Spinoza- esa inmensa noche que se cernía sobre Europa. Para eso sirven las Humanidades: para arrojar luz, para ver con claridad entre la confusión y para rescatar a la humanidad de los escombros.

Hijo de un rabino y voluntario en la I Guerra Mundial, Klemperer era un ejemplo perfecto de la alta cultura alemana del Imperio. En 1906 se había casado con la pianista Eva Schlemmer que, a partir de 1935, sería considerada “aria”. Eso lo salvó durante algún tiempo de que lo deportasen a un campo de exterminio, pero no le ahorró la violencia de todo tipo que el régimen nazi deparaba a los judíos. Fue expulsado de su cátedra. En 1940 el matrimonio perdió su casa y debió realojarse en una de las llamadas “casas de judíos” en zonas tratadas como guetos. Lo obligaron a trabajar como operario en una fábrica. A medida que la guerra avanzaba -y recuérdese que, a partir de 1942, el III Reich pierde la iniciativa en la guerra- el riesgo de la deportación se hizo cada vez más agudo. Aprovechando el caso del primer bombardeo de Dresde el 13 de febrero de 1945, Klemperer y su esposa huyeron y lograron llegar al sur de Alemania. Así salvaron la vida.

Durante el periodo nazi, Klemperer fue escribiendo unos diarios que sobrevivieron gracias a Eva Schlemmer, que los escondió en casa de una amiga. Gracias a ella, al terminar la guerra, el catedrático de Filología Francesa, el humanista inquebrantable, el europeo a carta cabal pudo escribir un libro que deberíamos leer con un cuaderno al lado para ir tomando notas en nuestro tiempo: “LTI. La lengua del Tercer Reich. Apuntes de un filólogo” (Minúscula, 2001). Como “El mundo de ayer” de Stefan Zweig o “Juventud sin Dios” de Ödön von Horváth, este libro de Klemperer nos muestra cómo Alemania -y aquí podemos leer Europa, porque a los nazis no les faltaron admiradores ni colaboradores- se fue hundiendo en un lodazal de propaganda, manipulación y mentiras. La pobreza, la violencia y la exageración son sólo algunos rasgos de esa “neolengua” común a los totalitarismos cuyo funcionamiento Orwell mostraría un año más tarde a través de su novela distópica “1984”.

La obra de Klemperer nos enseña la importancia de las Humanidades como parte de la salvaguardia frente a las tiranías. La filosofía, la literatura, el arte -incluyamos aquí, naturalmente, la música, la fotografía, el cine, la danza, etc.- no nos recuerdan únicamente en qué consiste la humanidad: la protegen y la rescatan cuando se hunde. Son los instrumentos de los que nos servimos para dar cuenta del horror y tratar de alumbrar un nuevo día. En su discurso de aceptación del Premio Nobel, el único autor de la literatura yiddish que ha recibido este galardón decía:

“El alto honor que me ha concedido la Academia Sueca es también un reconocimiento a la lengua yiddish, una lengua de exilio, sin una tierra, sin fronteras, no apoyada por ningún gobierno, un idioma que no tiene palabras para armas, municiones, maniobras militares, tácticas de guerra; una lengua que fue despreciada tanto por gentiles como por judíos emancipados. […] Hay algunos que llaman al yiddish una lengua muerta, pero así llamaron al hebreo durante dos mil años y ha revivido en nuestro tiempo del modo más admirable; incluso milagroso. El arameo era ciertamente una lengua muerta durante siglos, pero alumbró el Zohar, una obra mística de valor sublime. Es un hecho que los clásicos de la lengua yiddish son también los clásicos de la literatura hebrea moderna. El yiddish no ha dicho aún su última palabra. Contiene tesoros que no se han revelado a los ojos del mundo. Fue la lengua de mártires y santos, de soñadores y de cabalistas -rica en humor y en memoria que la humanidad no debe olvidar nunca. En un sentido figurado, el yiddish es el sabio y humilde idioma de todos nosotros, el idioma de una humanidad asustada y esperanzada.”

Esa humanidad respira en la literatura y en el arte, en la música y en el cine, en las palabras que enriquecen nuestro universo o que lo empobrecen hasta agotarlo. Klemperer nos enseña a estar alerta ante el peligro del empobrecimiento del vocabulario, la destrucción de la morfología y el forzamiento de la gramática.

Ya me dirán ustedes si Klemperer no es autor para nuestro tiempo.

Ricardo Ruiz de la Serna

Analista político

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