El zafio mandatario yanqui ha ido por Europa cual burro en cristalería, soltando coses a diestra y siniestra. Su grosera incontinencia verbal casa perfectamente bien con sus silvestres modales irredentos, que son ofensivos y repugnantes al más plantado; y la desastrosa gira lo evidencia indefendible y como un fulano al que le queda grande el mundo, luciendo el clásico parroquialismo estadounidense propio del que no se entera de nada, complicándole la tarea de defenderlo incondicionalmente a sus lerdos seguidores, que compiten en lerdez con su admirado. Igualitos. Un hocicón en toda regla. No rebuzna más, porque no entrena.
Helsinki pasará como un episodio gris sin pena ni gloria, a menos que algo se haya cocinado entre potencias y no sepamos qué fue. Por las caras de insatisfacción de ambos líderes mundiales allí reunidos –propias de quienes por fin se conocen en persona, luego de imaginarse en un sitio en línea– hacen prever que la segunda Guerra Fría proseguirá su marcha sin despeinarse siquiera un poco. Aquello llamémosle “Un botarate en Helsinki”. Es que es lo menos que puede decirse el misérrimo Trump con esa actitud de perdonavidas que lo define.
La verdad es que los yanquis han hecho mucha alharaca innecesaria en su país por la sobredicha gira y el encuentro con Putin, que no estaba para quitar el sueño. Tan estólido suceso no lo ameritaba, en el que lo más llamativo fue que Putin le obsequiara un balón de fútbol soccer que el yanqui apenas ha agradecido, porque no esperábamos menos de sus indomesticables modos. Lo normal en él. Levantan bostezos los analistas yanquis y sus recriminaciones al neoyorquino por dizque no plantarle cara al ruso. Yo sí le vi cara de algo, pero no lo repito, pues hay niños leyendo esto.
La patanería y la mentecatez con que se ha conducido Trump con Isabel II, es de antología. ¡Vaya manera de mostrar su agreste educación y su solaz desconocimiento derivados de su más elemental crianza y maneras! De verdadera vergüenza. “Un botarate en Windsor” podría titularse la tragicomedia.
Ahora bien, que en efecto, ha costado la defensa de Europa Occidental en gran medida al erario estadounidense, mientras aquella se reconstruyó, es que no cabe la menor duda. Buena parte de esa reconstrucción solo se entendería si medimos lo no invertido en armamento por ella, que corrió a cargo de Estados Unidos. Pero desde el final de la primera Guerra Fría ya se insinuaba la urgente necesidad de que Europa Occidental apoquinara con más recursos para sostener su propia protección frente al oso ruso, ese que ya regresó y anda merodeando con cara de buenito en la caballerosidad alardeada de Putin, gruñendo para manifestarse. Porque el oso, oso es al final de cuentas. Y la guerra como sea, es negocio.
El desencuentro entre los líderes de la OTAN, que se entrecruza con los de la Unión Europea, en una difusa línea fronteriza, nos adelanta que no será una historia con final feliz y también que es posible que todo se quede como está, porque ni unos están a poner más dinero ni el otro –el pelanas del Potomac– a desmantelar el escudo defensivo que hoy recobra su razón de ser frente a Moscú. Trump tan resabido le ha dicho a Europa que la migración destruye su cultura, mientras barre para casa satanizando a los mexicanos en Estados Unidos. Ya el racista Samuel Huntington –sí, el de la descerebrada teoría del “choque de civilizaciones”– temía que los hispanos destruyeran su anglosajón país de raíz hispana. No lo creo, lo dotarán de formas y maneras, que buena falta que le hacen.
Así que las palabras de Trump son picardías sin sentido. En cambio, Putin ha resultado un as en política exterior. Se engulle Crimea, somete a Ucrania, se posiciona en Siria, no suelta Cuba, puede jugar con los líderes europeos amenazando con el no suministro del gas y participa de la segunda Guerra Fría con China y Estados Unidos, cuando le conviene cargarse a un lado u otro. El PRI en México, mintió diciendo que el presidente electo recibió apoyo injerencista de Moscú. Pero el derrotado partido es eso: un chiste mal contado y una mentira. Así que ese punto no se le puede sumar a Putin. Y López Obrador no hablará ruso.
Y se ha echado encima el palmarés que supone el exitoso Mundial recién concluido. Ha dado la mejor cara de su país, pese a ese inexcusable y garrafal protocolo o ausencia de tal en la premiación final pasada por agua, con esa tardanza en aparecer los paraguas, desatendiendo a la presidenta croata.
Putin es un personaje que hay que tener en el radar. No se le puede perder de vista o sacará de la chistera lo inesperado. Un verdadero zar gobernando un pueblo que parece añorarlos en grandes masas, pese a que como es natural, el discurso oficial lo niega.
Y justo se conmemoró el centenario del acribillamiento del zar Nicolás II, de su familia –canonizados por la Iglesia Ortodoxa rusa– y su servidumbre el 17 de julio de 1918. Las manifestaciones en pro del sufragio del autócrata y su augusta e imperial familia, incluida una en Madrid dan cuenta del sentimiento que levanta el suceso y los tristemente asesinados.
Un siglo después los servicios religiosos en torno a los soberanos rusos dejan una muestra palpable de que el socialismo más recalcitrante no pudo extinguir esa adhesión o reconocimiento. ¡Y vaya que lo intentó! El descubrimiento de sus restos propició que el duque de Edimburgo prestara su ADN para identificar algunos de ellos y desde luego que su traslado a la fortaleza de Pedro y Pablo en San Petersburgo, donde yacen junto a sus antecesores, en un sepulcro que conocí en 2001 y que es llamativo por su limpieza, conservación y destacada presencia en la cripta de los Romanov.
Al final uno reflexiona si acaso alguna vez Nicolás II miró con detenimiento al otro lado del Neva hacia la fortaleza de Pedro y Pablo, como es posible hacerlo desde los anchurosos ventanales del Palacio de Invierno que se elevan del piso de manera colosal, y se preguntó cuándo Dios dispondría que se reuniera con sus antepasados. Acaso nunca imaginó el azaroso camino para conseguirlo. Y no fue rescatado en su día, con la ayuda de sus parientes dinásticos. No está de más pensarlo en este año en que se cumplen aniversarios redondos de episodios importantes en torno a su persona, como el tratado de Brest-Litovsk que diera pie al surgimiento de las naciones bálticas, mientras Rusia abandonaba la entonces denominada Gran Guerra. A ello regresaré en una entrega próxima.