El presidente Sánchez posee la actitud gélida del gran negociador para el que no hay fronteras intocables, límites absolutos ante los cuales haya de detenerse el diálogo. Su actitud racional y fría recuerda la descripción nietzscheana del Estado: el más frío de todos los monstruos fríos. El Estado es, desde hace más de tres siglos, la forma política por antonomasia y, aunque no parece que vaya a modificarse esencialmente en un tiempo próximo, podría estar convirtiéndose en un aparato de gestión racionalizado a un extremo pavoroso.
Utopistas de un patriotismo cósmico, cosmopolitas y otros viajantes del comercio global, sueñan el desarrollo de una sociedad universal regida por un gobierno único que ya no tendría naturaleza política, sino tecno-económica. De hecho las instancias de gobierno universal de esa sociedad global serían organizaciones que, como el FMI o el BM, actúan fuera del juego electoral y se presentan como presuntamente apolíticas: vigilan y gestionan el equilibrio y buen funcionamiento del mercado planetario. Aunque semejantes organizaciones todavía han de contar con la presencia de los estados soberanos, disponen de las herramientas económicas, hablar de armas repugnaría a nuestros delicados oídos, capaces de forzar esa independencia soberana. Estos utopistas sueñan con una integración de la que quiere ser modelo la Unión Europea a cuyo favor los estados cederían paulatina, pero inexorablemente, dimensiones de su soberanía. Un modelo de integración muy distinto del viejo y, al parecer, poco afortunado ejemplo de la Organización de Naciones Unidas en la que las instancias políticas presentes mantienen inalterada su sustancialidad, aunque según una gravedad diferente relativa a sus dimensiones demográficas, económicas o militares.
El proceso de neutralización y asepsia – de enfriamiento del Estado – ha sido muy lento. Todavía las formas primeras del nacionalismo arraigaban en un pretendido fundamento trascendente según un concepto metafísico de nación en el que raza, lengua, historia o cultura adquirían un valor sustancial y constituyente. Este nacionalismo, sucedáneo de la religión universal, pareció declinar definitivamente en Europa, marcado con la infamia de dos guerras mundiales. Demasiado pronto se le dio por desaparecido: hoy vuelve a brotar de un modo asombroso en el terreno de nacionalidades o naciones étnicas que quieren alcanzar estatuto político dotándose de un estado propio. En España proliferan esos nacionalismos fragmentarios, que reproducen las posiciones del nacionalismo histórico o canónico, dado el favorable caldo de cultivo que supuso el diseño del Estado autonómico en la constitución del 78.
Pero el Estado español parece haberse deshecho de todo sentido trascendente, tendiendo a la neutralización o suspensión de toda cuestión elemental: esencial o metafísica. Su horizonte es ajeno a cualquier noción de unos fines últimos de la vida humana y se limita al campo de acción inmanente que define la economía política. El hombre, siempre concebido como individualidad sustancial y suficiente, se limita a la calidad de un organismo natural económicamente eficaz para el trabajo y el consumo. Los nuevos ciudadanos son trabajadores consumidores, idealmente producidos por el mismo aparato político-económico.
El Estado se erigió contra la Iglesia Universal y su programa metapolítico de ascendencia teológica, capaz de albergar una concepción del hombre y de la historia abierta a un horizonte trascendente o absoluto. Si el absolutismo, o el nacionalismo político en el que culmina, todavía buscaron fundamento en ideas metafísicas y absolutas, el desarrollo posterior del Estado buscó su reducción a funciones estrictamente inmanentes: una estructura administrativa cuyo valor se define íntegramente en términos de la economía política, ciencia presunta que tiene como protocolo la ausencia de valoración y es – como todas las nacientes ciencias humanas – esencialmente tolerante a la vez que capaz de proporcionarnos una tecnología de gobierno orientada al único fin del crecimiento económico.
Desaparecida así la gravedad sustantiva del viejo nacionalismo se ha ido abriendo paso un frío ciudadanismo de una aterradora abstracción. El ciudadano define su pertenencia política en términos estrictamente económicos y jurídicos, de manera que el patriotismo de los nuevos ciudadanos alcanza la forma desvitalizada y mortecina de un patriotismo constitucional. Sólo el individuo es real y puede investirse o desvestirse de su adscripción política según cálculo racional. El individuo puede ser lo que desee ser en el gran mercado planetario donde se ofrecen nacionalidades superficialmente diversas. Para estos ciudadanos – accidentalmente españoles, esencialmente cosmopolitas – se es español con la fría actitud con la que se puede pertenecer al ilustre colegio de registradores de la propiedad. El más frío de todos los monstruos fríos empieza a alcanzar la temperatura del cero histórico absoluto, y es comprensible que el primer ciudadano del Estado parezca, bajo la canícula peninsular, políticamente criogenizado.