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TRIBUNA

El tiempo en medicina

martes 24 de julio de 2018, 20:03h
Me hubiese gustado ser médico o astrónomo o farmacéutico, en fin científico, mis estudios de bachiller enteros así fueron, pero un despiste muy curioso, la aparición del padre Sevilla en el colegio, creador de la especialidad ICADE en los jesuitas, y el hecho de que mi padre tuviera un negocio de lanas y mercería al por mayor, orientaron mis estudios superiores hacia el derecho y las ciencias empresariales. No obstante al terminar los mismos y tras ganar el “Nacional de Teatro” pude por fin dar vía libre a lo que siempre me ha gustado: La Ciencia.

Y conocí e intimé con personajes como César Pérez de Tudela, Manuel Toharia, Cristina Narbona o Jacob Petrus y Paquito Fernández Ochoa. Y escribí libros de divulgación científica como “Los desiertos de Marte” o “El hielo de la Luna”; la trilogía sobre “El cambio climático” o “Largo Retorno”, sobre el fenómeno de la hibernación….

Pero siempre fui consciente de la existencia de un mundo, una realidad tan patente como ésta, el mundo que quedaba más allá del cuerpo humano y por lo tanto de la medicina tradicional, de la inmanencia, era el mundo trascendente y dentro de él, el mundo de lo invisible.

Esta experiencia estoy seguro que o la habéis tenido lectores o la tendréis en algún momento de vuestras vidas…y es algo inenarrable, difícilmente explicable y a la vez inolvidable.

Es la constancia de que ese mundo de lo invisible es: inmenso, poderosísimo y cercano, muy cercano a nosotros, más de lo que creemos. Es un mundo fuera del tiempo, de nuestro tiempo vital y visual claro, entra en otra dimensión, en otro tipo de tiempo.

Al morir mi padre y trasladarme con mi mujer y mi hija de año y medio a la ladera norte del Guadarrama con una maleta llena de libros de escatología, cuanto se había escrito sobre el tiempo que transcurre entre la muerte del sujeto y la resurrección, escrito por sabios alemanes, ingleses, franceses, italianos y españoles y dentro de este apartado la “teoría del ánima separata”, y mientras leía con avidez intentando descifrar donde diablos se había ido mi padre, pues era imposible concebir un mundo sin él, aquél hombre tan extraordinario, con un amor por los suyos incomparable, con una memoria prodigiosa y un empuje empresarial ilimitado, hubiera desaparecido así, de aquella manera, sencillamente con un cáncer de próstata. Así, tumbado sobre una esterilla bajo el pinar inmenso de pinos de Valsaín, rectos y altos como un edificio de cinco pisos, comencé a escuchar un suave murmullo, un zumbido inapreciable, un murmullo quizá parecido al que se originaba cuando iba a aparecer Yahvé a los anacoretas y a los profetas. Y fue en ese sonido, en ese suave balanceo de las ramas tan verdes y de la pinacha, cuando comprendí y me di cuenta así, de bruces, que era allí donde estaba mi padre, en el mundo de lo invisible, en esa otra dimensión, ese mundo capaz de hacer lo que la medicina intentaba desde siempre pero no hacía, ni la astronomía, ni la más complicada y sofisticada farmacopea; esto es: resucitar a los muertos.

Pues allí el hambre no existe, ni el sueño, ni las penas, ni la vigilia y lo único que existe, que sobrevive más allá de éste, harto conocido, es el amor.

Lo mejor que tenemos y que en muchos casos no hemos alcanzado ni a ejercitar, ni a comprender siquiera.
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