Pedro Sánchez debió imaginar que con echar a Rajoy del Gobierno estaba todo hecho. Pensó que seduciría a Puigdemont con cuatro milongas como acercar a los políticos presos a las cárceles catalanas y a Pablo Iglesias, regalándole el control de RTVE. No quiso ver que se metía en una ratonera, que sus socios de la moción de censura son insaciables y que la factura es tan alta que, aunque quisiera, nunca podrá pagarla porque se topa con la Constitución o con la troika. Todavía no se ha enterado que ha sido el tonto útil de unos y otros.
Ha disfrutado surcando los cielos en el Falcon, codeándose con los dirigentes mundiales, correteando por los jardines de La Moncloa. Pero, de pronto, el caudillo de la República catalana le avisa de que el período de gracia se ha acabado y el líder de Podemos le deja en la estacada en el Congreso con el techo de gasto en el alero. No imaginaba el presidente del Gobierno que le traicionarían tan pronto. Le han arruinado las vacaciones justo cuando se disponía a emprender su habitual periplo playero.
Hay que reconocer que el hombre lo ha intentado. Con los secesionistas catalanes prepara reuniones bilaterales “de Estado a Estado”, sus asesores trabajan para excarcelar a los presos políticos, no descarta hablar a fondo sobre el referéndum de autodeterminación reformando la Constitución, pese a sus 84 escuálidos escaños. Para contentar a Pablo Iglesias, se ha comprometido a subir los impuestos a la Banca, a las grandes empresas y a los salarios más altos; aprobar una ley de eutanasia, destrozar la gramática para llenar la Constitución de un lenguaje “inclusivo”, obligar a las mujeres a certificar “casi ante notario” que consienten mantener relaciones sexuales, aplicar la sanidad universal, exhumar los restos de Franco del Valle de los Caídos y, sobre todo, derogar todas las leyes aprobadas por el PP.
¿Qué más puede hacer?, se pregunta el atribulado presidente del Gobierno. La respuesta es muy simple: convocar elecciones. Por mucho que se resista, tiene que asumir que no puede seguir cediendo ante los secesionistas catalanes y ante Podemos. Que la salida más digna, incluso más beneficiosa para sus intereses políticos, pasa por disolver las Cortes y explicar a la opinión pública que no se puede saltar la Constitución ni arruinar España. Todavía está a tiempo de salvar el pellejo y encarar los comicios con cierta ventaja. Porque se estrellaría si sigue atrapado en manos de esos siniestros socios.