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¿Toda la prensa impresa se extingue sin estertores?

Diego Medrano
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diegomedranotelefonicanet /12/12/23
lunes 30 de julio de 2018, 20:19h

El viernes pasado analizábamos la situación crítica de los periódicos. ¿Es igual la realidad para toda la prensa impresa? Reflexionemos sobre un caso muy curioso. Unos periodistas jóvenes, intrépidos, mal pagados, se ven sin trabajo fruto de un expediente de regulación de empleo. Sin saber muy bien qué hacer, se asocian y fundan una revista. Tienen la certeza de que internet, la red, es inmediatez, sí, pero no puede ofrecer contenidos largos. Con esa premisa, entrevistas largas, de cuarenta o cincuenta páginas, mucha letra, fotos rompedoras en blanco y negro, como siempre se hizo el periodismo clásico, lanzan al mercado una publicación que cuesta lo mismo que un libro, entre doce y quince euros. Pronto llega El País y se la compra; contratan una edición smart o pequeña de la cabecera. Así nace Jot Down en España. Todo un éxito que sigue abierto y cotizando lectores cada semana.

La red es inmediatez, es la “sociedad líquida” de Bauman, es mundo instantáneo y rápido, veloz como el lebrel que gime en el cordón de seda (Góngora). Los chicos de Jot Down se propusieron todo lo contrario: un periodismo que quede, entrevistas en profundidad, la convicción de que cuarenta o cincuenta páginas seguidas no se pueden leer en una pantalla. La moraleja tiene su miga: el lector les respondió desde el minuto cero y pronto se convirtieron en un medio generalista. Interviú y otra serie de revistas de cuatro euros se fueron al garete, pero nuevas publicaciones más caras, entre siete y diez euros, caso de Quimera, de Letras Libres, de Letra Internacional, de El Ciervo o, incluso, de Ajoblanco, histórica de la Transición, siguen en los quioscos. Hay un lector que busca una cata en la actualidad cultural (libros, cine, música, arte) ajena a la superficialidad, con firmas de prestigio, en largos parlamentos y estudios. El lector tantas veces superficial de internet, inmediato e instantáneo, a veces muda o muta en intelectual en las publicaciones antes mencionadas, que son un exponente, si nos fijamos, de lo que fue en España la Revista de Occidente o en Francia Les Temps Modernes. Revistas que son libros, poco dadas a la farándula, con contenidos exigentes, ventanas de papel a mundos exquisitos, tochos tipo Turia, desde Valencia, que no se si seguirá editándose, pero que tenía quinientas páginas y en mis años de estudiante de Filosofía Pura en Oviedo hacía las delicias de cuantos vertiginosamente nos asomábamos al oleaje mensual de sus contenidos filológicos, eruditos, maravillosos, rompedores.

Pensamos muchas veces que el lector en España es gilipollas, pero muchos saben lo que compran, no buscan tanto lo bueno como lo nuevo, sin ningún juego de palabras y, queramos o no, este país produjo un público universitario, de calidad, formado e informado, que difícilmente veo con un pie en el estribo de bazofias tipo Sálvame o gacetillas con el aroma agraz del estercolero. Hay motivos para la esperanza, estoy plenamente de acuerdo con la condición clásica de la prensa como contrapoder, de los medios digitales como la espuma viva de la ola espontánea y perecedera, pero otro tipo de prensa impresa cohabita con la anterior y no decae. Revistas caras tipo Joyce, Arte, Vanidad, Tendencias, Neo2… son publicaciones que se acercan a los diez euros, aglutinan público nuevo y moderno, fueron cortejadas por otros medios para su integración. Igual no andaban nada desencaminados los redactores rebeldes de Jot Down y el personal no lee cuarenta páginas, a bloque, en una pantallita. Pienso ahora en revistas de filosofía como Tópicos, Teorema, El Basilisco, Ideas, Isonomía, Diánoia, Claves de razón práctica… ahí siguen en la guerra y con algunas batallas ganadas. No todo el papel está guillotinado y fue Umberto Eco quien lo dijo mejor que nadie: “No son las noticias las que hacen el periódico sino el periódico el que hace las noticias. Y saber juntar cuatro noticias distintas significa proponerle al lector una quinta noticia”. Un periodismo gourmet, siempre en papel, es posible. Puede que la morralla se la lleve el río pero algunas pepitas de oro siguen, para bien de todos, relucientes, abracadabrantes y portentosas en la orilla. El periodismo es grande, el periodismo es más necesario que nunca, el periodismo limpia, fija y da esplendor; García Márquez lo dijo muy suave, muy bajito, muy formal, y sus palabras deben ser hoy manantial vivo de agua pura: “Ser periodista es tener el privilegio de cambiar algo todos los días”. No todas las ópticas ni ventanas lo permiten. Más y mejor periodismo (escrito, hablado, audiovisual) para todos. Hagamos, a pie de calle, un complot rotundo para impedir la fealdad, la calumnia, el vertedero donde crecen y pastan las ratas soplonas. Contagiemos belleza y otros amaneceres para los que vengan detrás. Claro que merece la pena.

Diego Medrano

Escritor

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