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TRIBUNA

Indignación cancelada hasta nuevo aviso

martes 31 de julio de 2018, 20:32h

Acaso, la indignación sea el sentimiento más sencillo: requiere poco más que creerse moralmente superior (puro, virtuoso, en definitiva) que el sujeto o circunstancia que propicia el encono. De tal guisa, pareciera tratarse, en el mediano y largo plazo, más bien una profesión de auto-indulgencia, que de sincero desvelo; más vinculado al egoísmo que al altruismo – una suerte de recurso de la autoestima; en lugar de empatía, de solidaridad.

Cada vez más, se me hace que la indignación termina siendo – aunque inicialmente aparezca motivada por inquietudes justas – usufructuada como una forma moderadamente agresiva que tienen ciertos odios o desprecios para manifestarse. Desprecio y odio hacia aquello de lo que se cree estar defendiéndose. Una emoción de mercadillo: falaz y barata, pero que, de tanto en tanto, y cuando hay poca luz, da el pego.

Indignarse, por otra parte, es hacer de palabra. Es decir, no hacer. Pero con ruido como de acción. Formando parte del preocupado descontento; hecho que automáticamente coloca al indignado del lado correcto del busilis, del lado la “solución” – o, al menos, ofrece la inigualable posibilidad de no ser confundido con el “problema”.

¿Y cuál es esa “solución”?

Pues, por lo general, ninguna. A fin de cuentas, antes o después, toda esa emotividad histriónica desplegada termina por revelarse como la imagen especular de aquello que se denostaba. Es decir, lo mismo, pero hecho por un “nosotros” – “noble”, “elevado”, “con razón” - con el cual se identifica el otrora indignado. A diferencia del reflejo de los espejos, éste permite alguna divergencia, alguna extravagancia, incluso – unas gafas de sol, otro corte de pelo; fraudulentas transgresiones con las que se pretende dar un algo de verosimilitud a esa promesa de “cambio” con que se envuelve el enfado.

Así, la indignación que enarbolaba Podemos por la supuesta falta de independencia de RTVE (entre otros enconos) se transformó en el afán de cercenar esa misma independencia. Es que las definiciones, dependen de qué lado del espejo se encuentre quien las hace. De manera que cuando es el propio dedo – es decir, la propia conveniencia - el que exige y concede cargos,

La corrupción que tanto inquietaba al PSOE, ya no parece hacerlo tanto; y el silencio que se le reprochaba a Rajoy parece ser ahora parte de su lenguaje.

Del lado del espejo “del cambio”, nada cambia. O sí. Muy probablemente empeore: con las concesiones a los nacionalismos y toda la panoplia de gestos negligentes.

Está visto que la indignación de Podemos y el PSOE no pretendía resolver las cuestiones de suma relevancia que, decían, eran su afán. Y es que, cuando la enconada “moralidad” conduce por azar o astucia a buen puerto (creyendo o haciendo creer que ha logrado su objetivo, o que está ya en posición aventajada de alcanzarlo), antes o después (y en este caso ha sido casi inmediatamente), termina por deja a la vista rápidamente todo aquello que enmascaraba – ante todo, el ansia de poder. Sus “motivaciones” iniciales (a esta altura, pueden ser llamadas excusas, artificios) se van a abandonando: a fin de cuentas, contienen los fantasmas de la vieja acusación enarbolada; es decir, el peligro de que aquellos que los alzaron hasta el poder, se indignen con ellos. Porque, por más divergencias que pueda ejercer el reflejo, no puede dejar de repetir los mismos movimientos. El gesto aquel que se permitió, ya no sirve de disimulo: no es ni por asomo lo efectivo que era cuando se acompañaba del enojo, del berrinche. De este lado del espejo, hay mucha luz como para intentar tales flacos engaños; y uno no puede, evidentemente, andar indignándose ni llamando a indignarse contra uno mismo.

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