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MENÚ DE POBRE

Ese bluf llamado García Montero

Diego Medrano
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diegomedranotelefonicanet /12/12/23
viernes 03 de agosto de 2018, 20:18h

Confieso, de antemano, mi animadversión hacia el personaje para distinguir con nitidez y rotundidad el oro bruñido al sol de sus logros mayúsculos. Veo su única profesión real la de trepar por la cucaña, en comparsa y sin perder turno, y ahí está el testimonio de viento de tres viudas, ajenas entre sí, como tres ángeles alucinatorios para dar cuenta de su prisa y gula: la de Alberti, la de Ayala, la de Ángel González. A los tres genios se acercó, con ánimo de medro, y el trío de consortes hicieron el flash oportuno, que no voy a sacar aquí por ya muy conocido. Me preocupa algo mucho más serio: este tiempo de ídolos de barro, de héroes de humo, de un poeta enorme y no sé cuántos que no resiste leer veinte páginas suyas de corrido. ¿El gran endecasílabo de la poesía española es: “Tú me llamas, amor, yo cojo un taxi”? ¿Estamos borrachos o es que no ha amanecido? Da risa, sobre todo su demagogia, de la que vamos a dar unas breves pinceladas, en esa vocecita pajillera igual a la suya, todo muy bajito, muy lírico, con largas pausas, en esa homilía de billetes que nunca ha dejado de cotizar pese a la carcasa de fuera, mentira tan barata que solo puedes comprar si eres inocente o analfabeto raso.

Me decía Susana Rivera, la viuda del difunto académico de la Española y Príncipe de Asturias, Ángel González, algo que también me corroboró uno de sus mejores compinches, máxima repetida como mantra vital en el tipo que nos ocupa: “La literatura se hace entre amigos”. Ambos, Susana y el compinche, por separado porque no se conocen entre sí, también me relataban la traducción al castellano que, presuntamente, hacía de ella Chus Visor, a quien no conozco, en mil y un encuentros vividos juntos: “Si a un premio se presenta un amigo, hay que darle el premio al amigo antes que a cualquier otro, porque es de obligado cumplimiento”. Qué inmenso error. Qué idiocia y atraso. La literatura se hace justamente al revés, entre enemigos. El enemigo valioso es quien nos fuerza por encima de nosotros mismos y el don privilegiado del lenguaje, citemos un par de parejas: Cervantes/Lope, Góngora/Quevedo. El enemigo valioso es quien nos despierta, nos violenta, nos fuerza a darlo todo, mientras que el amigo es tantas y tantas veces la pomada anal de la docilidad y la mansedumbre. La crueldad nos rejuvenece, en plan Rimbaud y todo seguido en mil y un malditos posteriores y anteriores. Justo lo contrario: el amigo resta, en materia literaria, y el enemigo, si es muy bueno, trae progreso y luz limpia.

Otra tontería suya, del García Montero del pelo sucio, las gafas en la punta de la nariz como Dragó y la camisa despechugada, con borrón o no de whisky en medio, es digna de tesina: “Si el escritor lo llena todo de ego no deja espacio al lector y éste no puede entrar ahí”. Otro rebuzno, aplaudido por el clan de Juan Cruz, Almudena Grandes, Sabina, Benjamín Prado y los Reyes Magos de los premios. ¿Qué tontería es ésa? Proust lo llena todo de sí mismo y no puede reunir mayores piedras preciosas. Kafka lo llena todo de sí mismo y los lingotes son ostentosos en sus páginas. Joyce, Beckett, Bernhard lo llena todo de sí mismos. Cela, Umbral, Valle, Neruda, León Felipe… son ellos mismos sin más tregua. Dan risa las iluminaciones verbeneras del profeta visionario. No faltarán palmeros pero es todo absurdo, sigue estando más cerca de los camareros que de cátedra alguna.

Sueña Luisito, también me lo dicen a doble espacio y de seguido, con la Real Academia y con el Loewe, dos espinas clavadas desde hace mucho: entrar en la primera y mangonear el segundo. Creo que lo tiene jodido. Se empeñó en fundaciones imposibles y presumió de su amistad con Ángel González en todas las pasarelas: Susana, su ninfa y epitafio (“Este amor ya sin mi te amará siempre”), me decía que Ángel jamás quiso fundaciones, que en casa de Sabina estarían no más de siete veces con el clan y que en una ocasión se puso muy violento al subir a un taxi: “¿Estos tíos, hostia, tan mierda me creen, a mi o a mis papeles, para que mi obra sólo sobreviva gracias a una fundación?”. Sabina sacaría en la revista Rolling Stone una silla (de las de tijera y director de cine) con el rótulo de que allí se había sentado Ángel González un número de cuatro cifras. García Montero hablaba de su padre, de que eran padre e hijo, de la paternidad: pero, hijo mío, si más pronto González no pudo haberse hecho la vasectomía, porque odiaba todo eso, familia y burguesía, estatus y casa… el sueño único de ser “clochard” en París y bohemio eterno. A Susana se lo dijo al poco de ennoviarse: “Las mejor manera de no sentir aprecio por las cosas es no tenerlas”. Fantasías, embelecos, elucubraciones, pompas y… mentiras.

No hay joyería verbal en Montero, no hay lujo del idioma, no veo al tipo ni fiel ni leal, puede meterse todos los premios de Visor por el culo y catequizar a pájaros desorientados con las cacas prodigiosas de la grey y rebaño. “El águila vuela en solitario y los cuervos en bandada”, recitaba Poe lejos de todo y todos. “Despreciar a los demás, y no amarse a uno mismo”, escupía Valle por el pene herido de hematurias y sangre desde las esquinas doradas de la gloria. Ni siquiera es del PSOE, manda huevos, y ahora le dan un trono para seguir de obispo de la nada, entre bulas y las mejores tascas del barrio de Salamanca, a cien euros por día y muchas nieblas frente al mostrador de calderilla absoluta. Levanta ampollas la ceremonia de la confusión de este país en su examen pormenorizado de peanas. “Forzoso es hablarle al vulgo en necio para darle gusto” (Lope). Sancho Panza coronado y en loa con guitarra, vihuela y arpa. Tremendo, señores.

Diego Medrano

Escritor

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