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DESDE ULTRAMAR

México-España: el desafío de renovar políticos

jueves 09 de agosto de 2018, 20:02h

En los últimos cuatro años, a tirones y empujones si se quiere, España ha renovado los principales rostros de la política interna. No sé si ha renovado ideologías e intereses en juego o si las nuevas caras son más fachada que sustento o más eficaces para beneficio de los españoles, pero la sola renovación de personas, el traspaso generacional que se nota, es necesario y conveniente y lo considero positivo. Del Rey a los principales líderes de los partidos mayoritarios, más la irrupción de las nuevas agrupaciones políticas, anticipan un cambio generacional, ya le digo, que debe ser provechoso en lo más. Rotar personas, ayuda.

No afirmo que ha sido algo premeditado, pero es elocuente y sí es evidente que aunque fuere por el desgaste de los engranajes inmediatos anteriores, se produjo esa sustitución. De Juan Carlos I por Felipe VI a Pedro Sánchez finalmente reemplazando a Mariano Rajoy al frente del gobierno y siendo el nuevo semblante a encabezar el Partido Socialista Obrero Español (PSOE); pasando por la llegada más reciente de Pablo Casado relevando a Rajoy en el Partido Popular (PP) más la suma de Albert Rivera y Pablo Iglesias, desde Ciudadanos y Podemos, respectivamente. Todos los líderes políticos citados, son nacidos en la era democrática (1978) o en torno al inicio de ella. Felipe VI (1968) cuenta con los años suficientes para haberla visto madurar.

Reitero, no sé si son excelentes los referidos, pero se ha producido el cambio generacional, de nuevo y muy apropiado. Me parece que podríamos hablar ya de la tercera generación de políticos desde la muerte del dictador Franco. La primera, su coeva, es la de Juan Carlos I, Adolfo Suárez, Leopoldo Calvo-Sotelo, Manuel Fraga; la segunda con protagonistas tales desde Felipe González a Rajoy y ahora esta, la actual. Y es de suponerse que algo cambia en la visión y planteamiento del quehacer público, por menos. Y sí, algunos nombres abarcan dos o más etapas, desde luego. No es sino una clasificación audaz.

Lo mismo que expresé de Pedro Sánchez a finales de la primavera, lo digo de Pablo Casado: me dice muy poco su nombre aquí en ultramar. Ahora conozco más de Sánchez porque encabeza el gobierno de España, y, como es natural, su nombre resuena más seguido. Pero de Casado todo por decir. Ni bueno ni malo y eso significa que deberá de trabajar esa palabrilla hoy tan de moda en ambas orillas del Atlántico: visibilidad. Tendrá que hacer algo más interesante que encabezar el Partido Popular o de ser solo la leal oposición que machaca al adversario gobernante. Finalmente es un candidato natural a presidir el gobierno, mediando la voluntad de los electores. Más le valdría aplicarse. Se dice: “el interés tiene pies…y a ti no se te ve andar”. Eso me pasa con Casado y su mano dura.

De Albert Rivera diré, y visto a la distancia con un océano de por medio, que me parece que tiene más empaque y cabeza más amueblada y ha destacado más que Casado y que Pablo Iglesias, quien no acaba de cuajar. No es nada más que no me agrade Iglesias por su desparpajo, por el odio de sus palabras, sino que, además, es que lo veo tan deshilachado, tan “indignado”, que no acaba de articular un discurso en que las tenga todas consigo y dibuje una España más incluyente y hacia el futuro. Quizá por eso los electores no acaban de entregarle el mando. No se fían. Sabiduría popular, le llaman. Si un día se serenara…quizás.

Por último, Felipe VI sigue con esa patata caliente en las manos, llámese desempleo, Cataluña, cualquier tema candente y hasta donde sus atribuciones lo permitan. Una patata que nunca se sabe bien a bien a dónde la colocará en lo que toque decidir, pese a que su deber es defender los intereses de España.

No es fácil que una nueva generación de políticos coja las riendas de un país. Por eso es importante señalarlo, porque ese cambio parte, a final de cuentas, de la voluntad de quienes ya están y comprendan que puede ser la hora de retirarse. Por edad o por desempeño. Y como los hay, existen los que ni lo entienden ni quieren hacerlo. Nos ha costado en México Dios y ayuda que suceda un verdadero renuevo generacional. En todos los partidos políticos mexicanos sucede que los jóvenes se quejan del monopolio de una suerte digamos, no de una gerontocracia partidaria, pero que como sigan así acabará siéndolo.

El nuevo presidente de México recién declarado tal, Andrés Manuel López Obrador, tiene casi 65 años. El líder que se propone para la renovada cámara de Diputados, el connotado Porfirio Muñoz-Ledo, suma 85 años y los de la acera de enfrente que dicen conformar el derrotado nuevo PRI, llevan 30 años presumiendo su mocedad entre su misma camarilla demostradamente putrefacta, que no acaba de renovarse. Sus apellidos son los mismos desde hace sexenios. Un anquilosamiento de la clase política tal, que parece que la ha envejecido más rápido que al país, con la consiguiente carencia de ideas nuevas y siendo ferviente opositora a retirarse y a dejar el paso a nuevos individuos, si juzgamos cómo se aferra a seguir. Porque, si bien cuenta con jóvenes entre sus miembros, los puntos clave están en manos de personas mayores, las de siempre. Algunas son tragaaños –este vocablo debería de estar en el diccionario– y por eso no lo parecen, pero ya lo son, eternizadas en tales cargos estratégicos, que solo se rotan entre sí.

En un paralelismo, en México acaso apenas se dejó de lado lo último de la generación política contemporánea a la muerte de Franco y la que arribó en los ochenta, se niega ser desplazada. Y pese a sus malos resultados en términos generales.

Y adviértase: Peña Nieto es relativamente joven, pero en efecto, con ideas autoritarias priistas que no ayudan al avance de la nación. Con humo en el coco, además, como lo adelantó el embajador yanqui al conocerlo en 2009 y así lo informó al Departamento de Estado, en Washington. Cierto es que juventud no siempre significa ideas vanguardistas y las retrogradas de Peña son la muestra. Y se marcha sin siquiera haber aprendido a ser jefe de Estado. Patético.

Total, que articular la renovación de cuadros no es sencillo, pero poco ayuda ver el cargo público cual patrimonio propio. Cómo cuesta soltar la ubre. Y no hacerlo va en perjuicio de un país entero.

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