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NOVELA

Agnès Martin-Lugand: La vida vale la pena, ya verás

domingo 12 de agosto de 2018, 18:38h
Agnès Martin-Lugand: La vida vale la pena, ya verás

Traducción de Juan Carlos Durán Romero. Alfaguara. Barcelona, 2018. 248 páginas. 17,90 €. Libro electrónico: 8, 99 €.

Por Paulo García Conde

La vida vale la pena, ya verás es una novela que viene avalada por el éxito arrollador de su predecesora, La gente feliz lee y toma café. Sin esos dos millones de ejemplares vendidos que la faja que acompaña a este libro se encarga de anunciar, probablemente la segunda obra centrada en la vida de la inestable Diane no hubiese tenido razón de ser. Ni Alfaguara motivo alguno para publicarla. Pero en literatura, asociada por defecto a las letras, los números también cuentan. Y dos millones son muchos.

De intentar describir esta novela con una sola palabra, levedad es la primera en escurrirse del tintero. Levedad para describir la voz narrativa, en primer lugar. La historia está contada en primera persona, por la propia Diane, que arranca su testimonio un tiempo después de haber regresado a París tras un período en Irlanda, adonde había huido tras perder a su marido y a su hija en un accidente. Esta sucinta mención a los hechos acontecidos en la obra anterior podría llevarnos a pensar que estamos ante una pieza dramática, pero resulta complicado atreverse a afirmar algo así. La levedad impide hablar de dramas, por mucho que la protagonista pretenda, a veces, convertir sus vivencias en algo similar.

Diane es una mujer inestable, como protagonista de un libro y como narradora del mismo. Tirarse un café por encima puede resultar una catástrofe una mañana; dos días después un acto divertido, sin que entre una escena y otra se desarrollen acontecimientos que nos ayuden a entender por qué lo que ayer era trágico hoy deviene en cómico. Los sentimientos de Diane son igual de volubles; leves en la página cincuenta y profundísimos (para ella, no tanto para el lector) en la número cincuenta y dos. Igual que el desfile de personajes que van apareciendo según las necesidades.

Los diálogos se ven también afectados por el síndrome de la levedad. Cuando pretenden ser frescos, resultan vacíos. Cuando lo que se habla parece pertenecer al ámbito de lo serio, se manifiestan insignificantes. Esto tiene como principal consecuencia que los hechos que se van desarrollando pierdan fuerza, que encuentren una gran dificultad a la hora de generar interés. Sin apenas construcción de personajes y trama, conectar con unos y con otra es poco menos que pedirle al lector que se invente él mismo la historia que desee leer. La levedad le concede casi un lienzo en blanco.

A pesar de que, teniendo en cuenta las fechas de su publicación, esta novela podría destacarse como una de esas «lecturas veraniegas» (término acuñado por no sé sabe quién, pero compartido por muchos) que componen listas dispares en periódicos, blogs y charlas en terrazas, ni siquiera podría blandirse la levedad como un factor a favor. De esas lecturas de verano parece esperarse que sean ágiles, pero igualmente convincentes. Adictivas. Y para ello hay que ofrecer algo. La vida vale la pena, de eso estamos seguros, aunque el título de esta obra quiera recordárnoslos. Por desgracia, la lectura quizá no valga tanto.

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