Leo en El Mundo: “¿Por qué en Francia no habido los problemas que tenemos aquí? Porque en Francia hay una educación pública de calidad desde el siglo XVIII, mientras que aquí tuvimos colegios de curas”. He ahí la opinión de un escritor educado en un colegio religioso, que quizá sea una excepción que confirme su regla: la culpa de todos los males de España es del catolicismo, o mejor dicho, de la Iglesia católica. Algunos siguen considerando que en España no hay mayor objetivo crítico, poético y democrático que probar que los católicos españoles, y sobre todos sus pastores, son unos fanáticos o hipócritas que siempre nos impedirán regenerar nuestro sentido moral. Porque ese tipo de “argumentación” es políticamente correcta, desde por lo menos el siglo XVIII español hasta hoy, podríamos considerar que nuestro amigo Savater, autor de esas declaraciones, es un pensador genuinamente ortodoxo. Va a favor de la corriente. Eso no significa en absoluto que se rinda de entrada a los nobles objetivos del ajado anticlericalismo español, puesto que él mismo, o mejor, su reflexión trata de separar el trigo de la paja. Savater hace una nueva trilla. No es un entregado a la opinión común, esa que solo bebe en las fuentes de la Institución Libre de Enseñanza, sino que trata de dar nuevos “argumentos” para alimentarla.
Su ortodoxa posición intelectual no está basada en una actitud indolente ante “los curas” en particular, o el cristianismo en general, sino que está avalada por una extensa e interesantísima obra filosófica y literaria que lo situaría en las antípodas de cualquier vulgar oportunismo intelectual. Por aquí, sí, por su esforzado y brillante trabajo intelectual nada puede objetársele al vocacional pensador; si vivir es encararse con el porvenir y apoderarse de él, como dijo un gran discípulo de Ortega, con el esfuerzo de la obra propia, nadie mejor que Savater puede enseñarnos a los españoles qué es “el esfuerzo”, el trabajo del pensamiento, para hacernos cargo de las grandes dificultades colectivas de nuestro país. Savater es, sencillamente, un pensador ortodoxo que no está dispuesto a cuestionar su primer postulado: la culpa de todo la tiene la educación religiosa, o mejor dicho, la mala educación de los curas.
Contrasta esa actitud, incluso ese peculiar modo de razonar, con la filosofía de Carlos Díaz, un filósofo español, que lleva años manteniendo que los curas no pintan ya nada ni en España ni en América. Imposible explicar, pues, nuestros males por la mala educación impartida en los colegios religiosos. El tópico del siglo XIX se habría desvanecido en nuestra época no sólo por la presión de la educación secularizada, sino también por que la bronca dentro de la propia Iglesia católica habrá llevado a la descomposición de los ideales cristianos, algo que el propio Carlos Díaz vio con gran lucidez en su libro de los noventa: España, canto y llanto. Más aún, y esta es la gran reflexión que está llevando a cabo Díaz en el último lustro, el pueblo español y el hispanoamericano están hoy más alejado del cristianismo que nunca. Nadie cree en nada que no sea el “estilo de vida USA”. El modo de argumentación de Díaz es implacable cuando se refiere a “la impregnación del capitalismo norteamericano y su correspondiente american Way of Life. Hoy todo el mundo quiere ser estadounidense (no ignoramos que México también es Norteamérica por el norte y Centroamérica por el sur) y muy pocos recuerdan la presencia de las raíces hispánicas, que van decayendo por silenciamiento y barbarie, así como por la influencia del pensamiento políticamente correcto de la propia España, ahora denostada y rechazada como “madre patria”, dicho sea lo cual sin la menor añoranza en este punto por mi inveterada condición de anarquista apátrida ajeno a todo patriotismo. El siroco ha borrado del mapa de las Américas la cultura y la tradición católica, que pervive inercialmente en un pueblo inquebrantable e insobornablemente guadalupano, eso sí: en México hasta los ateos son guadalupanos, pues han colgado del manto de la Virgen al Indio Juan, y por ahí abierto una brecha nacionalista muy importante. No sé si habrá algo más patriótico en México que la virgen de Guadalupe”.
En fin, la objeción de Carlos Díaz, el pensador personalista, anarquista y cristiano, y viejo profesor de Savater, al ortodoxo anticlericalismo de corte hispánico no se dirige al dogma ni al hombre sino al modo de la argumentación; por eso, sí, por su sutil modo de razonar, de filosofar, Carlos Díaz encarna hoy la figura del más grande pensador heterodoxo de España contra lo políticamente correcto. Y, precisamente, porque va contra corriente es ninguneado y silenciado, a pesar de ser el filósofo más prolífico y, seguramente, más sugerente de la filosofía española actual. Es un genuino pensador contra la corrección política y lo trillado por las consignas “ilustradas” y las intervenciones medidas para agradar a todos los públicos. Su trilla, que es otra forma de referirse a su filosofía, se contiene en una expresión muy española, o mejor, muy del antiguo pueblo español, que cuando no estaba convencido de que una persona fuera completamente de fiar exclamaba: “¡No es trigo limpio!” He ahí condensada de la filosofía de Carlos Díaz: no desconfía tanto del hombre, que solo por serlo ya es trigo, buen trigo, de acuerdo con sus principios cristianos, cuanto de los elementos que se le han adherido.
Sirva, pues, la parábola evangélica para sintetizar la fe en el hombre que contiene el heterodoxo pensamiento de Díaz que, además de cuestionar que “la culpa de todo la tiene la educación religiosa”, se enfrenta cada día a la mala educación de los curas, o sea de los supuestos educadores religiosos. Cuenta Díaz en su fabulosa aventura filosófica por extender el Instituto Emmanuel Mounier por la América española, de la que otro día daré cuenta en este espacio, algunas experiencias que dan testimonio de su heterodoxia. He aquí dos de esas experiencias, casi anecdóticas, entre cosas porque aparecen en notas a pie de página, para apoyar mi comentario y, de paso, animar a mis lectores a que visiten los libros de Carlos Díaz: “A nuestra llegada a México aún se conservaba un rescoldo del tibio calorcito maritainiano (mucho más citado que leído) en las antiguas democracias cristianas, se intentó traducir la obra entera de Maritain, todos sus volúmenes, en una coedición sinérgica entre el Instituto Emmanuel Mounier (que aportaría mi traducción), la Universidad CEU-San Pablo, Acción Cultural Cristiana, y la Democracia Cristiana de Chile, pero acabaron todos retirándose del proyecto por distintos motivos objetivamente injustificados: nulo interés real por el pensador cristiano Maritain por parte de quienes se decían sus seguidores. Cuando hube de desistir ya había traducido los dos primeros y gruesos volúmenes y parte del tercero, no habiendo faltado -como pago- quien dentro del propio IEM me llamara “desnortado” por ese empeño: “civilización cristiana”, feu la chrétienté”.
Por otro lado, tampoco, sigue diciendo Díaz, fue bien acogido el personalismo comunitario de Mounier, especialmente entre las bases cristianas en torno al mayo del 68, es decir, por la llamada Teología de la Liberación: “Sin la menor voluntad de ensombrecer la realidad de la teología de la liberación traigo ahora a colación aquella plática privada en La UCA, la Universidad de los jesuitas en El Salvador, con el célebre teólogo J. Sobrino, el cual me afirmó solemnemente que ellos, los teólogos jesuitas de la de la liberación, no conocían la figura ni la obra de Mounier. Fue una de las conversaciones más surrealistas e increíbles (de hecho me resisto a creer las razones por él aportadas). En realidad, el personalismo comunitario pareció (habent sua fata libelli) a dichos teólogos demasiado eclesial, pese a cierta comunidad de intuiciones. Otro libro que sería sabroso escribir y que nadie escribirá, “no hay cuidado que la gente no se enterará”.
Pues eso, lean a un heterodoxo contemporáneo, Carlos Díaz, y contrástenlo con el ortodoxo más leído y, sin duda alguna, el más vendido de los ensayistas españoles en América: Fernando Savater.