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Los regalos envenenados: el populismo

Diego Medrano
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diegomedranotelefonicanet /12/12/23
jueves 16 de agosto de 2018, 20:21h

No es de derechas ni de izquierdas, ni siquiera todo lo contrario, sino un virus, una atmósfera, un enamoramiento que se cuela en todas las siglas. El principio exacto, más o menos narrativo, son promesas de mejora de vida para los que menos tienen o cogen mucho el transporte público (refrán madrileño o castizo que fascinaba a Umbral: “Frustrado es el que a los treinta y cinco viaja en Metro”); el final, siempre es el mismo, las cartillas de racionamiento, el hambre atroz, el país devastado por saqueo (Hugo Chávez, Fidel Castro, por ahí todo seguido). Es un regalo envenenado y ya nada queda de aquel Pablo Iglesias que subrayaba, en plena arenga, el orgullo de vivir en el mismo barrio de siempre, y escuchar al panadero de siempre, y dialogar con el vendedor de periódicos de siempre, etc. Ahora todo queda mejor a cuarenta kilómetros de Madrid, en chalet con piscina, sin invitación a ninguno de los de antes, no sea que se queden o nos vacíen la bodega.

Se lo cuenta un ricachón anónimo a Paco Umbral –a quien leo, como Trapiello, todos los veranos- en La década roja –libro del pollo con Milá en antena-: “A los hombres del PSOE se les compra más barato que a los de Franco, porque nunca han visto un duro. Los de Franco eran señoritos y sabían pedir”. Se lo cuenta Alfonso Escámez, banquero y no bancario, a Umbral en el citado texto: “Con Franco no podías salir de España porque te llamaban fascista. Yo, ahora, tengo sucursales en toda Europa y encima voy de socialista. Cómo no voy a estar contento con Felipe”. Se lo decía a Umbral una jefa de la tele, urdidora de la estética, planificadora de la imagen: “El socialismo no tiene por qué dar una imagen proletaria”. Lo dice Umbral en boca de Cebrián, cuando éste se metía demasiado con el Gobierno y Polanco lo eleva a “superadministrador de lo que no hay nada que administrar”: “En mi despacho escribo guiones de cine, novelas, cosas”. Huy, sí, las cosas…

Tengo una explicación/Disney de todo esto. Es mi explicación/Disney y con ella paso yo solito el verano: el socialismo dejó un día de ser de izquierdas, empezó a llenarse de cosas y estalló en una corrupción generalizada para la que no cabía ya venda, tirita, apósito, ungüento. Hoy, los populismos, viéndolos de cerca, empiezan a llenarse cosas, a querer cosas, y en ese amor a las cosas está su ruina firme y segura. ¿Recibirá el pueblo llano el mínimo fruto de tanta promesa en el aire? Eso da igual. Los analistas dicen que es igual al juego de los platitos chinos en números circenses: tener en el aire, sí, los máximos posibles, porque es donde está la vista del público, los que se caen al suelo o rompen no importan, nadie les presta atención y solo es voto lo que es atención o seducción. Tremendo.

Yo, como Umbral, creí en el izquierdismo de no tener cosas, de las amantes de buhardilla, del café negro sin azúcar, de los libros baratos coronados de cercos de cerveza barata, de los vinos negros y la amistad eterna, de las botas camperas y el “marxismo proustiano” (Carlos Luis Álvarez), de los cafés conspiratorios y las trencas, de los vaqueros rotos y las bufandas caras, de una lectura no siempre ideológica de Marx sino cruzada de rebeldes, malditos, prófugos y otros soldados feroces de la bohemia. Todo, absolutamente todo, se fue al traste a cambio de la primera VISA ORO y el carguito, el despachito, la fontanería (política) de turno para la ocasión.

El poeta no debe dar una idea sino una cosa, algo así, creo, decía Ponge. Cuidado con las cosas. Una cosa, en poesía, al ofrecerla, uno se hace rico siendo muy pobre: crezco al contarte, por lo menudo, mi paquete de tabaco y mi mechero. Uno, en política, por medio de la cosa, se va al garete, porque ese innombrable jamás explícito llega un momento en que sale a relucir cuando te detiene la pasma mientras te pregunta dónde vas con ese saquito o para qué querías tú tanto papel en fajos (Bárcenas, etc). A Umbral lo intenta comprar Miguel Durán y Javier de la Rosa, lo cuenta muy bien en el libro, y se joden, porque no quiere cosas, y no por una razón ética sino estética, añade el maestro, para que se jodan el doble de lo que pensaban.

A Durán lo destroza sin clemencia: “Durán, que estuvo a punto de irse a vender cupones a una esquina, hoy desatiende la curación de las cegueras prematuras, curables, y la pensión a las viudas de ciegos. (…) Cuando aceptó la protección de los minusválidos fue porque veía en cada minusválido una fuente de ingresos y una pensión del Estado. Luego les deja tirados. (…) Los ciegos de esquina ya se le manifiestan en la calle, pero él manda filmarlos (procedimiento anticonstitucional) para echar a la calle a los díscolos”. No hace falta ver las cosas para quererlas, sí, Miguel, claro.

No podemos ser incautos a la hora de pensar en regalos, tenemos que empezar a desconfiar del regalo, quizás el arma más peligrosa de todas, no solo política. El populismo une la promesa de regalo (que no es regalo, quede claro, sino humo) y esperanza: algo atroz. Muchos pueden caer en la trampa. Precisamos budismo-zen político, quitarnos cosas de encima, y ponérselo más difícil a nuestros héroes, todo para justo eso, para sacarnos el voto peor y que ellos venzan y se hagan más ricos. Vi, hace años, a pintores bohemios en muchos rastros, frente al caballete y sin disimulo, romper billetes que les arrojaban como dádiva o comida cruda a los perros, porque en su hambre mandaban ellos y punto final. Sin cosas estamos mucho más libres, sin pie alguno en el cepo, más libres para bailar el tango o la sardana. ¡Y olé!

Diego Medrano

Escritor

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