Resulta muy fácil y demagógico confundir a la gente empleando como sinónimas palabras que no lo son. Así, con motivo del problema de la inmigración, que Pedro Sánchez ha agudizado con su buenismo, evidente productor de un efecto llamada, tras ofrecerse a bombo y platillo a que el Aquarius arribara a las costas españolas, la izquierda se permite negar ese efecto llamada, contrariando los números. Porque hasta el 1 de Agosto de éste año han llegado a España tantos inmigrantes como todo el año pasado. También el anuncio de suprimir las concertinas y la decisión de un juez de instrucción de Ceuta de no admitir la denuncia contra la actuación bárbara de los asaltantes de la valla, lesionando a la policía, contribuyen a ese efecto llamada. Y en todo caso la izquierda confunde con mala fe la denuncia de una inmigración descontrolada, a la que el Gobierno no es capaz de poner coto, con xenofobia y racismo. La palabra racismo se le ha escapado a Merkel, hablando de los que no quieren admitir más inmigrantes que los posibles. Merkel parece que está haciendo de tonta útil de los desvaríos de Sánchez o al revés. ¿Era racista Alemania cuando en otro tiempo no permitía que un solo español emigrara a Alemania sin un contrato de trabajo? Se trata de pura lógica, de sentido común. Nadie quiere subsaharianos pidiendo limosna en las puertas de los supermercados. ¿Ese es el paraíso que les promete España? Para evitar ésto, no se trata de buscar dinero para que vengan más inmigrantes sino para impedir que salgan de sus sitios de origen. En todo caso, si se permite que vengan, habrá que tener en cuenta la tasa de paro de cada país europeo. Alemania, por ejemplo, tiene pleno empleo, España tiene el 15% de paro. Con ese desempleo no parece lógico admitir inmigrantes hasta que ese problema se resuelva. Respetar a los trabajadores-que lo tengan en cuenta los sindicatos- es no permitir que los que no trabajan ni tienen expectativas de hacerlo vivan a costa de los que trabajan. A algunos dirigentes políticos, hablando de los inmigrantes se les llena la boca de la expresión "derechos humanos". No veo yo el derecho humano de invadir países, a no ser en peligro de muerte. Pero no es este el caso de muchísimos subsaharianos, aunque traten de engañarnos. Por otro lado, ¿Hay algún plan para acabar con las mafias que transportan a los inmigrantes? Que yo sepa no. Lo dicho me parece de pura lógica, no de racismo ni de xenofobia. Por cierto, ahora se ha puesto de moda la palabra migrantes, que no emigran ni inmigran. Suena a algo así como hormigas que tienen migraña y que andan de un lado para otro sin saber a dónde van. Pero éstos lo saben muy bien.
Gabriel Albendea. Su última novela es El misterio del señor X . Áltera 2018.