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Los veranos de Javier Tomeo

Diego Medrano
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diegomedranotelefonicanet /12/12/23
viernes 24 de agosto de 2018, 19:54h

Los veranos de Javier Tomeo eran de pensión barata, en Cadaqués, a cuarenta euros la noche, hasta que lo recogió Miquel Horta en su mansión con embarcadero y a mesa y mantel puestos. Nadie recuerda hoy a Javier Tomeo, y fue el primer novelista en debutar en el teatro (Amado monstruo) de La Huchette de París junto al maestro Arrabal, que para los franceses ya es francés, en un caso muy similar al de Picasso, al haber realizado toda su obra allí y contar con escasos apoyos de la patria española. Los veranos de Tomeo eran muy de televisión, de paseos al atardecer o de madrugón, de búsqueda de mujeres extranjeras, de escritura suave y escasa lectura. Benet dijo que sus novelas eran igual que croquetas, porque siempre hacía lo mismo, y puede que tuviese razón, pero es que nunca quiso hacer otra cosa.

Tenía voz, tenía estilo, sus novelas no son novelas y sí automatismos psíquicos o situaciones dramáticas extendidas en el tiempo, lo que lo hace maleable y un perfecto guante para el teatro, como así sucede. Tomeo odiaba las novelas guerracivilistas, había empezado a escribir contra la pátina de boina del realismo social y todo lo suyo gravita en el texto menudo entre La metamorfosis y El viejo y el mar. En tono coloquial te lo decía sin mayores aspavientos: “Yo, en cuanto escribo cien folios, no sé qué más añadir”. Le ofrecieron premios, Rafael Borrás cuando dirigía Planeta, y no ganó ninguno, primordialmente porque sus textos no cumplían las bases exigidas. Todas sus novelas son piruetas acerca de la soledad, de la extrañeza del otro, del monstruario que somos en la intimidad, tenía una poética que viene en muchos libros y es sobrecogedora: “Nacemos desnudos y estamos destinados a morir solos”. Hablaba mucho de eso, de estar solo como un perro, defraudado del mundo editorial, en mitad de ninguna parte, áspero y vivo.

Presentó con Pere Gimferrer quinientos microrrelatos míos, más de mil personajes, escritos por entera en servilletas bajo el título Los sueños diurnos: Manual para amantes, pobres y asesinos. Cahoba, la editorial, era un proyecto de Horta, que entre otros asuntos multimillonarios financió la cocina de Ferrán Adriá y más aventuras de puro niño y loco fantástico de los negocios imposibles. Tomeo no hablaba de literatura, comía de forma voraz, le tocaba la rodilla a la responsable de prensa de la editorial y toda la conversación, es difícil explicarlo, sucedía en la superficie, en un intento por no entrar jamás en zonas profundas o pantanosas. Fútbol, chistes, mujeres, los reality show de la tele donde aparecían tantos monstruos de orejas enormes o narices como berenjenas. Gurruchaga le caía muy bien, le gustaban sus llamadas telefónicas de los últimos tiempos y estaba contento de cómo había llevado a escena su Napoleón. Tomeo parecía un extranjero en tierra propia. Cataluña, incluso, no le decía nada, le cansaba el metro y las aglomeraciones. Respecto a los precios, no entendía cómo se podían cobrar auténticas salvajadas. Tomeo era un jubilado de sí mismo, con mucho de Camus, de exiliado interior, de existencialista de café oscuro.

Echo de menos a Javier Tomeo y lo que supusieron sus cincuenta títulos en el panorama de la literatura española. Es el mejor canto que conozco a lo raro, a lo extraño, a un mundo interior donde los animales eran personas, a un monstruario donde el deseo gravita en cada mirada y las palabras crujen, a veces, como patatas fritas en la sartén de lo imposible. No hizo buenas migas con Gimferrer, no buscaba erudiciones, después de comer se fue a echar la siesta, estaba de vuelta de todo. Había incluso la leyenda, que no me atreví a corroborar, que su matrimonio con una sueca había durado dos o tres días. Imposible ahondar en el fondo del mar. Había cansancio, spleen, tedio, pero ni mucho menos Tomeo era un hombre vencido, publicar dos títulos al año le daba mucha energía y mencionaba proyectos siempre en el aire, sin cata profunda ni darles muchas vueltas.

Lo que sí tenía Tomeo era una elegancia inglesa, en formas y no atuendo, extraño lord de sí mismo, con el periódico doblado y su paraguas, chaquetas duras y buenas, camisas de algodón y media sonrisa siempre en los labios. Cuando viajaba lo hacía con un hatillo de caja postal que metía miedo, todo muy precario, y al llegar a destino quería siempre ir a comer churros con chocolate. No bebía y prefería, sin dudarlo, el café solo a la escasa copita de vino tinto donde mojaba los labios en las comidas. Fue alto ejecutivo en una empresa de aspiradoras, todo lo dejó por la literatura, y algo de arrepentimiento tardío había, una vez descubierta la ruina espantosa del oficio de escritor en este país. Ya por teléfono, alguna que otra vez que le llamaba, siempre a primera hora del día, me decidí un día a preguntarle que cómo se curaba él los bajones en la creación. Su respuesta fue puro mármol: “Ni bajones ni subidones. Yo soy una planta y estoy siempre en el mismo sitio”. Javier era grande, muy grande, generoso y divertido, marciano minutísimo de un mundo general en abolición donde la economía del lenguaje lo era todo y los muchos significados de un significante el reto puro.

Diego Medrano

Escritor

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