www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

TRIBUNA

Barajando

martes 28 de agosto de 2018, 20:16h

En su busca del hombre concreto y de sus circunstancias, los románticos concedieron un especial valor al entorno. Eso los llevó, me parece, a cuidar los fondos escenográficos; es decir, el lugar de la acción y el ambiente donde se desarrollaban los hechos. Se ha llamado a este énfasis “color local”. Para ofrecer más acción, el narrador se inclina hacia la naturaleza que, por lo general, se prefiere salvaje; lo más agreste posible. No el perfumado jardín de las delicias, sino el bosque peligroso que, en muchos casos, acaba triunfando sobre el hombre. Se prefiere la noche, el otoño o el invierno, porque buscan la correspondencia entre los estados emocionales y salvajes. La noche puede predecir el amor con la luna como confidente, o poblarse de fantasmas y ladridos de perros buscando el efecto terrorífico y sobrenatural; la primavera simboliza el amor y la gloria, el invierno y el otoño el desengaño y derrota.

Hacia comienzos del siglo XIX surgen en la Argentina los grandes poetas representativos de la poesía gauchesca: Bartolomé Hidalgo, Hilario Ascasubi, Estanislao del Campo y José Hernández. Este último, con su “Martin Fierro” lleva el género a su máximo esplendor y hace que sus contemporáneos sean sacrificados a su mayor gloria.

En la inmediatez de esa corriente popular no podemos obviar al romántico payador, que sólo cuenta con el presente para improvisar su estrofa, pero, a la vez, pone en juego su temple, sus manos, su capacidad de asociación verbal y la totalidad de su mecanismo fisiológico. El payador empeña toda su persona en la demanda de su público. Ni los nervios, ni la mente, cuya vivacidad es decisiva, deben demorar o entorpecer su mensaje poético.

De esa estética literaria, con una forma coincidente, aunque no menos áspera que sutil, nace en los arrabales de Buenos Aires la poesía lunfarda, cuyo origen es el mismo que el del tango; sobre todo si la ubicamos en ambiente, en espacio físico, en personajes y en la correspondiente marginalidad en algunos casos. Por lo tanto habrá una evolución que permita a notables poetas expresarse en dicha corriente. Con posterioridad, los estudiosos de ese vocabulario, con José Gobelo a la cabeza, secundado por León Benarós y Luis Soler Cañas, fundaron en 1962 la Academia Porteña del Lunfardo, cuya vigencia sigue aportando palabras y formas al estudio del idioma en general.

Referiré en esta reseña al segundo de los nombrados, el querido y admirado León Benarós, excelente poeta, estudioso del folklore y leal amigo, que alguna vez, con entusiasmo, me habló de Eduardo Escaris Méndez, un vate lunfardo que él frecuentó con cierta asiduidad y sobre el que escribió algunas páginas memorables. “Era un auténtico personaje de Buenos Aires, un hombre buenísimo, irrepetible, de alma grande y generosa –empezó calificándolo León-. Vendía libros viejos en el patio del Cabildo, frente a la Plaza de Mayo. ¡Pobre, murió abandonado! Yo fui el único que lo visitó hasta el último día de su vida. Es una pena que a ese porteño auténtico y talentoso no lo registre ni siquiera la historia chica de la ciudad”.

Cierto, muy pocos saben quién fue Eduardo Escaris Méndez. Su breve biografía dice que era hijo de un almacenero español de San Telmo y, como él repetía con orgullo, el único discípulo de Andrés Cepeda, el famoso “poeta ladrón”, que murió en un duelo criollo a los treinta y un años, según está registrado en las crónicas policiales de la época, de una certera puñalada.

Eduardo Escaris Méndez vivió más y felizmente no lo mató el acero, pues era hombre decente y dejó este mundo en el Hospicio de las Mercedes de una fulminante cirrosis. En su juventud había alternado la poesía con el reparto de vino y el tapete, siendo muy estimado por los profesionales de “la peca” (palabra que en la jerga lunfarda significa juego); de manera que con la misma destreza con que componía versos peinaba los naipes.

En 1929, Carlos Gardel le dio cierta notoriedad momentánea al grabarle el tango “Barajando”, a mi criterio, una de las piezas más genuinamente lunfardas, quizá menos un himno al juego que un retazo autobiográfico. También Edmundo Rivero, otro magnífico cultor del canto popular, hizo de estos versos una verdadera creación. A mí me encanta escucharla en las versiones de ambos admirados cantores. Aunque falta “la viejita”, en la letra de ese original tango está “la mina traicionera” representada con una contundencia casi estremecedora; es, además, un mosaico humorístico de buena parte de la filosofía del llamado tango-canción, que consagró el mítico Gardel.

Escaris Méndez narra en primera persona la historia de un reo, que asumiendo una apariencia de honesto e ingenuo, vive aprovechándose de los otros mediante ardides que incluyen trampear jugando a las cartas, hasta que se enamora de una mujer -más tramposa que él- que en complicidad con un sujeto “mayorengo y gran señor”, escapa con lo acumulado. Los versos redactados en primera persona abundan en originales lunfardismos, especialmente los atinentes al juego, así como tejen un especial paralelismos entre la vida y los naipes. Vale la pena reproducirlo íntegro ya que no tiene desperdicios:

Con las cartas de la vida por mitad bien maquilladas,

como guillan los malandros carpeteros de cartel,

mi experiencia timbalera y las 30 bien fajadas,

me largué por esos barrios a encarnar el espinel.

Ayudado por mi cara de galaico almacenero

trabajándome a la sierva de una familia de bien,

y mi anillo de hojalata con espejo vichadero,

me he fritado muchos vivos, como ranas al sartén.

Pero un día una minona que me tuvo rechiflado

y por quien hasta de espaldas con el lomo caminé,

me enceró con su jueguito tan al lustre preparado

que hasta el pelo de las manos de cabrero me arranqué.

Mientras yo tiraba siempre con la mula bien cinchada,

ella, en juego con un coso mayorengo y gran bacán,

se tomaba el Conte Rosso, propiamente acomodada,

y en la lona de los giles me tendió en el cuarto round.

Me la dieron como a un zonzo, pegadita con saliva,

mas mi cancha no la pierdo por mal juego que se dé

y, si he quedao arañando como gato panza arriba,

me consuelo embolsicando la experiencia que gané.

En el naipe de la vida, cuando cartas son mujeres,

aunque lleven bien fajadas pa'l amor las 33,

es inútil que se prendan al querer con alfileres,

si la mina no es de un paño, derechita y sin revés.

Eduardo Escaris Méndez nació en Buenos Aires el 24 de julio de 1888 y murió en el hospicio de Las Mercedes el 13 de abril de 1957. Curiosamente en ese mismo sitio murieron otros dos afamados cultores del tango: Pascual Contursi, el autor de “La Cumparsita” y el periodista Dante A. Linyera, también vate lunfardo, apodado “el poeta de la mala pata”, por su renguera.

Roberto Alifano

Escritor y periodista

ROBERTO ALIFANO es escritor y periodista argentino, autor de algunos libros de poemas, de relatos y ensayos.

¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (13)    No(0)

+
0 comentarios