Federación y soberanía
martes 22 de julio de 2008, 22:37h
El Partit dels Socialistes de Catalunya ha vuelto a poner sobre el tapete la necesidad de dar un giro federalista a la política española. Convendría que se precisara que se quiere decir con esto y también aportaría claridad que el PSOE dijera si está o no en la misma onda. El presidente del Gobierno, en el debate de investidura, contestó al señor Ridao, de ERC, según consta en el Diario de sesiones que transcribo fielmente: “Nosotros somos defensores de la España plural. Si quiere, de una visión federalista, pero somos defensores de España. España plural es España”. Más allá de la precisión tautológica de la última frase (“un caballo blanco es un caballo”, también un caballo negro), parece que Zapatero entiende la España plural desde una perspectiva federalista. Pero, ¿qué quiere decir con eso? y ¿es esa la opinión del Partido? ¿El federalismo de Zapatero es el sinalagmático de Pi i Margall, federalismo unitivo que parte del individuo-soberano y llega a la humanidad, y que fue tan querido por algunos hombres de la Institución? o ¿es el federalismo asimétrico de Maragall (Pascual), al que tan arrimado parecía Zapatero hace ocho años, y que recuerda mucho a los privilegios territoriales del Ancien Régime?
El presidente está interesado en jugar con las palabras. Primero aseguró que tenía siete definiciones diferentes del término “nación” y con eso parecía salvar por arte de birlebirloque la posible inconstitucionalidad del proyecto de Estatuto catalán que llegó al Congreso, como si el problema fuera la sinonimia y no las consecuencias de las definiciones (¿qué es una “realidad nacional”?, circunloquio con el que se ha definido a Andalucía en su nuevo Estatuto). Luego impuso a sus ministros y altos cargos que a un transvase no se le pudiera llamar transvase y ahí los teníamos haciendo el ridículo con perífrasis rebuscadas. Últimamente el presidente ha buscado todo tipo de sinónimos para evitar pronunciar la palabra “crisis”. El problema, que él había generado por su empecinamiento, lo ha resuelto afirmando que eso es un debate académico y ha dado a entender que es una cuestión sin importancia, cuando había sido él el que acertadamente había tomado el vocablo por su uso en teoría económica y se había negado a hablar de crisis hasta que no hubiera recesión (es decir, dos trimestres consecutivos en que la renta nacional decreciese), pero ha sido incapaz de explicárselo a los ciudadanos, los cuales, efectivamente alejados de debates académicos, sienten como crisis la situación por la que atraviesan sus economías.
Antes de que la palabra “federación” se convierta en una pieza más del sudoku de Moncloa, conviene ver qué dice el Diccionario de la Real Academia Española: “1. Acción de federar. 2. Organismo, entidad o Estado resultante de dicha acción. 3. Estado federal. 4. Poder central de ese Estado”.
En España, se suele utilizar el término tanto en escritos teóricos como en el lenguaje político y periodístico cual sinónimo de descentralización. “Cuanto más descentralizado es un Estado, más federal es”, se viene a decir, aunque en teoría esto no tenga porque ser cierto, pues nada impide que un Estado federal (segunda acepción) se construya sobre la base de fortalecer los poderes y competencias de la Federación (cuarta acepción). Éste fue el caso de Estados Unidos, por ejemplo, tras su independencia, y los famosos federalistas eran los que querían una Federación más fuerte, es decir, con más competencias.
La clave de la definición está en la primera acepción (“acción de federar”), por lo que hay que ver cómo se define “federar”: “Unir por alianza, liga, unión o pacto entre varios”. Para que algo se junte en una unidad (se una), existe una condición lógica previa: que los componentes o elementos que se unan primero estén separados. Por tanto, si del Diccionario volvemos a la política española, no tiene sentido hablar de que España sea una federación, como dejó ya muy claro Ortega en el debate constituyente de la Segunda República, puesto que ya existe una unidad, que no es federal, sino unitaria (integral dijeron en la Constitución republicana), es decir, sobre la base de una única soberanía, la del pueblo español. El debate sobre el momento fundacional de esa unidad no viene al caso, incluso podríamos prescindir absurdamente de toda una historia común y fijar la unidad legal en la Constitución de 1978, daría igual a los efectos de la definición política de la España de hoy.
Si se quiere hacer de España una federación (posibilidad abierta porque toda nación y todo Estado es una construcción humana), habría que empezar por desunir lo unido para luego federarlo.
Frente a la enmascaradora política de sinonimias hemos de preferir una política de realidades. No juguemos más con las palabras y concretemos una política de financiación suficiente para que las Comunidades Autónomas, que ya legislan y ejecutan el mayor número de competencias, puedan cumplir sus funciones en el muy descentralizado (que no federal) Estado español.
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Profesor de Historia del Pensamiento Político
JAVIER ZAMORA es licenciado en Ciencias Políticas y Sociología por la Universidad Complutense de Madrid y doctor en Derecho por la Universidad de León, ha completado su formación con estancias de investigación en el Massachusetts Institute of Technology, el Max-Planck Institut für Geschichte y el Colegio de México.
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