www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

TRIBUNA

Fides et ratio, de Juan Pablo II (1998)

jueves 13 de septiembre de 2018, 20:13h

El 14 de septiembre de 1998 el papa Juan Pablo II publicó Fides et Ratio, una de las 14 encíclicas de su Pontificado. Como resumió Joseph Ratzinger, después papa Benedicto XVI, en un congreso realizado el 2003, entre los documentos papales había un tríptico doctrinario, encíclicas sociales, temas de eclesiología y los “tres grandes textos doctrinales, que pueden situarse en el ámbito antropológico: Veritatis splendor (1993), Evangelium vitae (1995) y Fides et ratio (1998)”. Esta última, señala Ratzinger, marca toda la obra de Juan Pablo II y en ella “el tema de la verdad se desarrolla en todo su dramatismo”.

La encíclica -dirigida especialmente a los hermanos en el Episcopado- comienza señalando que “La fe y la razón (Fides et Ratio) son como las dos alas con las cuales el espíritu humano se eleva hacia la contemplación de la verdad”. No se ocultaba al Obispo de Roma que vivía momentos históricos de cambios, marcados por la caída de los regímenes comunistas y el triunfo casi inapelable del liberalismo, no solo económico y político, sino también cultural. En la práctica, esto coincidía con la disminución evidente del peso relativo del pensamiento católico, y de la alianza entre fe y razón, en el mundo contemporáneo.

Las relaciones entre la fe y la razón, en los ambientes de la cultura o en la universidad, no han sido continuas a través del tiempo, y han enfrentado desde etapas de acercamiento hasta enfrentamientos abiertos. El nacimiento de las universidades se caracterizó por una realidad de supremacía católica en Europa y con la impregnación de ese espíritu en las instituciones destinadas a propagar el saber. Así lo señala el Papa en Fides et Ratio: “Un puesto singular en este largo camino corresponde a santo Tomás, no sólo por el contenido de su doctrina, sino también por la relación dialogal que supo establecer con el pensamiento árabe y hebreo de su tiempo. En una época en la que los pensadores cristianos descubrieron los tesoros de la filosofía antigua, y más concretamente aristotélica, tuvo el gran mérito de destacar la armonía que existe entre la razón y la fe. Argumentaba que la luz de la razón y la luz de la fe proceden ambas de Dios; por tanto, no pueden contradecirse entre sí”.

Sin embargo, en los siglos siguientes la situación cambió, y en los siglos XVIII y XIX la disputa se inclinó claramente hacia corrientes que, bajo diversas denominaciones -ilustración, racionalismo, liberalismo- se alejaban del pensamiento católico y disputaban la posibilidad de una armonía entre fe y razón. Hubo momentos de disputas, desencuentros con poco ánimo de comprensión, luchas culturales que devinieron políticas e incluso persecuciones que mostraban no solo poca tolerancia, sino también una clara división donde antes había unidad. El nacimiento de las universidades católicas a fines del siglo XIX tuvo, precisamente, el sentido de restaurar la enseñanza de las distintas disciplinas bajo la unidad de fe y razón.

¿Cómo se podría apreciar hoy Fides et ratio? ¿Tiene sentido volver a este tema en las circunstancias actuales de la cultura y la situación específica de la cultura católica? Curiosamente, a 20 años de este documento de Juan Pablo II, es de actualidad, especialmente para las universidades católicas. Para ello se requiere mirar el tema con una perspectiva unitaria, y no con una ruptura o desintegración que saque a las instituciones de la realidad en que están insertas. Como señala otro documento fundamental de Juan Pablo II, Ex Corde Ecclessiae (1990), “el estudio de los graves problemas contemporáneos, tales como, la dignidad de la vida humana, la promoción de la justicia para todos, la calidad de vida personal y familiar, la protección de la naturaleza, la búsqueda de paz y estabilidad política”, además de los principios “que dan pleno significado a la vida humana” y la importancia central que reviste “la promoción de la justicia social”.

Para esto es necesario comenzar con un diagnóstico básico: el pensamiento católico vive un momento quizá único en la historia occidental, al menos por dos razones. La primera condición se da por un hecho de la causa: la evidente secularización que ha venido operando en el mundo desde hace unos dos o tres siglos, con manifestaciones distintas en los diferentes países, pero con una tendencia que podríamos llamar generalizada y unidireccional. La segunda característica es el claro menor peso relativo de los pensadores católicos en las sociedades actuales, frente a otras corrientes de pensamiento que han ejercido gran influencia, por ejemplo, en el siglo XX.

Curiosamente, o quizá signo de otros tiempos, hubo momentos y figuras que vivieron su propio encuentro entre la razón y la fe, descubrieron la luz de Cristo -según ellos mismos contaría después- a través de un proceso que se desarrolló mayoritariamente por vía racional. Así lo resumía Gilbert K. Chesterton: “En primer lugar quisiera decir que mi conversión al catolicismo fue completamente racional” (en Joseph Pearce, Sabiduría e inocencia, Madrid, Ediciones Encuentro, 1996). Pero, paralelamente, demandaba en su Ortodoxia que “hace falta en nuestra vida un poco de fe”, de la cual se convertiría en un gran apóstol a través de las letras, la ironía y los argumentos racionales.

Otro caso clásico fue San Agustín de Hipona, que buscaba la verdad por múltiples lugares y parecía que no la encontraría, hasta que llegó a una obra del romano Cicerón, que lo influyó de manera determinante: “Este libro –escribió más tarde en sus Confesiones– contiene una exhortación suya a la filosofía, y se llama el Hortensio. Semejante libro cambió mis afectos y mudó hacia ti, Señor, mis súplicas e hizo que mis votos y deseos fueran otros”. La unión entre “racionalismo” y conversión tiene muchas otras manifestaciones que han sido narradas por la literatura y la historia, la filosofía y la teología.

Sin embargo, queda otro desafío para el cual no hay respuesta conocida hasta el momento. El cristianismo tuvo la posibilidad de culturizar sociedades paganas, que después recibieron no solo la fe, sino también un modo de pensar, instituciones, tradiciones. En los últimos siglos hemos vivido el proceso inverso: el paso de culturas cristianas a sociedades secularizadas, en un proceso de varios siglos y que probablemente no ha tenido todavía sus últimas manifestaciones. La historia no ha mostrado un ejemplo en otra dirección: el camino de sociedades secularizadas que se hayan recristianizado. Es, probablemente, el mundo que quiso Juan Pablo II, cuyos resultados seguramente no se verán en varias generaciones.

¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (3)    No(0)


Normas de uso

Esta es la opinión de los internautas, no de El Imparcial

No está permitido verter comentarios contrarios a la ley o injuriantes.

La dirección de email solicitada en ningún caso será utilizada con fines comerciales.

Tu dirección de email no será publicada.

Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios que consideremos fuera de tema.