www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

MENÚ DE POBRE

Jean-Claude Juncker mira mucho el reloj

Diego Medrano
x
diegomedranotelefonicanet /12/12/23
viernes 14 de septiembre de 2018, 20:11h

Camina ligeramente inclinado hacia delante, siempre el botón de la americana abrochado, y mira mucho el reloj, grande y de esfera blanca, con un buen empeño, por lo menos diez mil euros. Observo, a mis cuarenta años, que los de esfera blanca en las horas tienen muchas menos confusiones que los asiduos a otro tipo de joyas, con mucho negro y a veces diamantes en los números, con mucho lío e iconos algo grotescos. El racionalismo, la idea antes de la emoción, precisa rígidas aristas, solidez, y pocos elementos de confusión: puro tajo de bisturí. Es el amo de Europa, el presidente de la Comisión Europea, pero no lo parece. Gimferrer también mira mucho el reloj y, en reuniones editoriales, lo ponía encima de la mesa para jugar con él, darle vueltas como si fuera un cangrejo, y eso hacía que nadie le rebatiese los contenidos, sabiéndose de préstamo, el tiempo es oro, estoy en esta reunión pero no quiero perder dinero, espabile usted, oiga.

Veo a Jean-Claude y pienso en Vicente Verdú, desaparecido, con unos análisis políticos formidables, de primera magnitud. Juan Luis Cebrián, académico de la Española, tuvo el acierto de poner en su periódico a alguien que vendía emociones (Manuel Vicent) junto a gente que solo colgaba en el tendal una idea cada semana (Fernando Savater) y en mitad de sabios que veían siempre la idea desde la emoción o viceversa (Vicente Verdú, Emilio Lledó). Uno los últimos análisis de Verdú fue dedicado a Trump: “La incultura de Trump le afirma como presidente. En el futuro de Estados Unidos habrá una presidenta, ya ha habido un negro y seguramente caiga algún homosexual o musulmán. Lo que no se concibe, hoy por hoy, es que sea elegida una persona culta o que fuera atea. Los intelectuales han sido temidos por la masa estadounidense porque de sus cavilaciones podía deducirse alguna tentación revolucionaria. Ni en las escuelas ni en las universidades los profesores muy cultos son de fiar. Noam Chomsky es un último ejemplo que precisamente atrajo y atrae a los estudiantes antisistema”. A mí me lo dijo un editor hace muchos años, mientras fumaba un puro y bebía whisky caro del bueno: “Vende emociones, como Alejandro Sanz, déjate de ideas, y te harás de oro con mucho menos esfuerzo”.

Jean-Claude Juncker es la idea limpia y pura, con su relojito, en el terreno de las emociones carniceras (Ultraeuropa). Sabe cómo el populismo es cotejado por todos los partidos: derecha, izquierda y mediopensionistas. Sabe que Europa solo puede salvarse poniendo a resguardo sus fronteras. Sabe cómo el gran enemigo de la Unión es el nacionalismo. Y tiene un reto, secreto y húmedo, cada vez más público y notorio: cercar a Silicon Valley. Primero, sí, como ya lo ha hecho, por medio de la ley de propiedad intelectual, salvar a los autores frente a Google y Facebook, que no son europeos sino americanos. Axel Voss lo dijo tras salir del Parlamento Europeo: “Hay que detener la explotación de artistas europeos en internet. Estamos hablando de grandes empresas tecnológicas que están ganando montañas de dinero a costa de los artistas y creadores europeos”. Jean-Claude Juncker cuenta esas montañas, las ve de lejos, y sabe que puede cortarse el cable en Europa a Silicon Valley, el problema es cómo. O si no es posible, tampoco está mal un arancel, un peaje, una tasa, para que alguna montañita vaya a parar al dorado Club, que buena falta le hace. Silicon, siempre tan fiesteros, niegan la mayor y se explican por calculadora: “La industria musical percibió mil millones de dólares de YouTube solo en 2017. Ese mismo año pagamos a los medios doce mil millones en publicidad”.

Juncker le ha cortado la cabeza a Orban, por el desacato de Hungría, pero dice que no hay ningún problema con Trump, que habla mucho con él por teléfono: “Tras mi visita a Washington le tuve al teléfono y que yo sepa está respetando los compromisos”. Juncker solo puede estar junto a Trump porque Putin ya forma equipo con China e Irán, como ayer vimos, esa es la única realidad. En el fondo, no lo dice, pero admira su política de blindaje de fronteras. Juncker sabe que hay un tercer enemigo, que es la idea y no la emoción, el euroescepticismo, si queremos ser un poco cursis: quienes ya no creen en el tinglado ni en Club alguno y ven cada vez más grandes las grietas fuera de la casa. Ahí sí que se excita, tapa el relojito con la camisa y habla de seguido: “”Con los euroescépticos hay que hablar, hay que explicarles los asuntos, explicar mejor lo que hacemos. (…) Yo estoy contra quienes se oponen a Europa por principio, no contra quienes tienen dudas y preguntas razonabas y justificadas. No los confundamos. A los extremistas hará falta que les paremos de cara a las elecciones”, decía en El Mundo ayer.

Vicente Verdú, que en paz descanse, lo tenía claro: “Estados Unidos basa su identidad en la idea de civilización pero Francia lo hizo sobre el concepto de cultura. Desde los tiempos de la Independencia unos y desde la Ilustración los otros, cultura y civilización constituyen las raíces de su ideal. La estructura ósea de Estados Unidos se halla compuesta por la fe en llegar a ser, como tierra de promisión, el fuerte factor civilizatorio”. Ideas y emociones, ahí está el baile, mientras pasan las horas y yo no puedo comprarme, ni en Europa ni América, un peluco molón de diez mil pavos con el que jugar a distribuir mi nada en aristas de oro y mucho cajón cerrado.

Diego Medrano

Escritor

¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (4)    No(0)

+
0 comentarios