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TRIBUNA

La presente desesperanza

viernes 21 de septiembre de 2018, 20:21h

El mundo sigue su oscuro rumbo, la gran roca terráquea recorre una vez más su órbita a través del espacio inhabitable, con ligeras variaciones pero inexorables que, en algún momento que se señala remoto, concluirán en el colapso de este sistema solar en el que, para decirlo con el joven Nietzsche, un día unos animales astutos inventaron el conocimiento. La Historia Universal habrá sido entonces un latido instantáneo, un súbito pulso sin continuidad: efímero, banal, intrascendente.

Semejante imagen del mundo y la existencia humana ha penetrado de modo profundo en la comprensión de la propia vida de las multitudes de agitados habitantes de la efímera roca, lanzada a toda velocidad a través de su fría órbita. Todo anhelo de trascendencia, toda tensión vertical, ha sido quebrada en varios siglos de crítica y revolución. Crítica de cualquier pretensión de conocimiento no reducido al terreno inmanente o mundano de las ciencias positivas. Revolución operada sobre las maneras de vivir y morir, de trabajar y consumir, características de las muchedumbres de hombres de las sociedades industriales, liberales, modernas.

Aunque apasionante, resulta demoledor reconstruir las sombrías y extremas transformaciones que la vida humana, la convivencia antropológica, ha padecido en los últimos siglos de la historia del mundo, de la Historia-Mundo resultante de la unificación económico-política del planeta que, aunque todavía no cerrada en su perfección, alcanza hoy su último grado. Un momento determinante de ese proceso se encuentra en la atomización o individualización de la existencia humana. La vida de los hombres siempre fue comunitaria en su raíz y constitución, puesto que siempre tuvo como matriz alguna estructura elemental de parentesco. Hoy deja de serlo y prospera – al compás de este ocaso de la vida en común – el discurso del último hombre y su heredero post-antropológico, plasmado en miríadas de individuos que se juzgan substantes, capaces de existir y persistir por sí mismos: egos diminutos que alzados en puntillas se señalan el pecho con lamentable soberbia. Soberbia pronto vencida por la muerte, pese a que algunos ya anuncian la victoria sobre la muerte merced a inminentes desarrollos científico-técnicos. Es el anuncio atroz de una vida desesperada: de la desesperación sin fin de una vida estragada e interminable.

Esos contingentes de población se caracterizan por una sorda desesperación que el bienestar enmascara. Una desesperación ahogada y silenciosa que se expresa como un temible hastío tan pronto como el disfrute concede un minuto a la estricta soledad. Las graves dificultades económico-políticas se contemplan a gran distancia, si no alcanzan a conmover las condiciones en que el tedio desesperado puede ser escondido y atemperado, pero dan lugar a terribles arrebatos de ira colectiva cuando la crisis nos obliga a mirar de frente el rostro borrado del sinsentido. Algunos buscan consuelo en formas ingenuas de “espiritualidad” o modos de vida alternativos que, ajenos a la gran tradición que conformó la más honda “disciplina de los afectos y las pasiones”, sólo pueden recorrer vías que sabemos sin salida.

Cuando la barahúnda de informaciones que desvelan la podredumbre de la vida pública española amenaza con asfixiarnos, puede resultar de algún consuelo recordar la insignificancia trascendental sobre la que se asienta su insignificancia política e histórica. Tras la hedionda corrupción económica y política se halla una corrupción moral y religiosa que amenaza la condición humana. Esa corrupción profunda descansa en una imagen del mundo que sólo puede conducir a un desesperado egoísmo, solidario de una emotividad desordenada. Lobos de lágrima fácil y voz atiplada pero siempre dispuestos al ataque ante la menor amenaza a su confortable abundancia. Frente a ese horizonte de desesperación sólo existe un consuelo efectivo, capaz de fundar la esperanza real de que al momento más oscuro preceda de nuevo la mañana. Ese consuelo sólo puede hallarse en el reconocimiento uno a uno – de entre las muchedumbres de solitarios – de los pocos que comparten todavía la certeza de una redención. ¿Existe aún un grupo que, aunque reducido y agónico, sea capaz de sostener el mensaje luminoso que alumbre el sentido último de la vida humana?

Fernando Muñoz

Doctor en Filosofía y Sociología

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