Funerales de Estado
José Enrique Rodríguez Ibáñez
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jerodríguezelimparciales/12/2/12/24
miércoles 23 de julio de 2008, 22:29h
Las exequias fúnebres -y, en particular, las dedicadas a los héroes- son viejas como el tiempo, alcanzando diversas variedades según las latitudes. La Iglesia Católica, crisol de creencias de la Antigüedad al tiempo que depositaria de la excepcional cultura escenográfica y musical de Occidente, ha colaborado sin duda de forma muy notable a la consolidación de tales ritos funerarios, y no digamos en países del Sur de Europa como el nuestro. Es cierto que la tradición republicana y los extintos regímenes sovietizantes trataron de buscar alternativas laicas, con pompas llenas de vistosidad espectacular pero faltas, en el fondo, de esa pasión que aporta lo sacro cuando desborda el lenguaje de la razón y que no admite pastiches sustitutorios (como, por ejemplo, los Panteones de Hombres Ilustres y los sepulcros estilo Lenin, que no son otra cosa que santuarios pseudorreligiosos).
Quienes nos hemos educado en países católicos, por muy agnósticos que nos hagamos de mayores, solemos vivir presos de una dualidad que personificó típicamente el gran filósofo hispano-norteamericano George Santayana. Nos sentimos atraídos por el esteticismo del ritual religioso, aunque el improbable sentido último de la muerte no nos suscite demasiadas esperanzas. Se trata de un sentimiento que expresa muy bien Pascal Mercier en una reciente novela poético-filosófica, Tren nocturno a Lisboa -obra, para mi gusto, con ecos de La muerte en Venecia, así como con claras reminiscencias de Pessoa-, de la que creo que no se ha hablado todo lo que se debiera. Dice en concreto en esa novela uno de los protagonistas: “no quisiera vivir en un mundo sin catedrales. Necesito su belleza y su carácter sublime. Las necesito frente a la ordinariez del mundo”. A lo que añade: “pero existe también otro mundo en el que no quiero vivir: el mundo en el que se sataniza el cuerpo y el pensamiento autónomo, en el que se denuncian como pecado cosas que forman parte de lo mejor que podemos experimentar”.
Y sin embargo... Ocurre sin embargo que, en estricta lógica, los Estados democráticos aconfesionales (como España) no deberían identificar los funerales de Estado con los funerales de una religión en particular (por más que François Mitterrand, laico donde los haya habido, fuera despedido en Nôtre-Dame por el cardenal de París, igual que, por cierto, también fuera despedido Tierno Galván en la Almudena por el cardenal de Madrid).
¿La solución? Pues, como casi siempre, el sentido común. No nos empeñemos en ser tan reglamentistas y organicemos las pompas fúnebres de acuerdo con el cariz del fallecido y los deseos de sus allegados, incluso cuando se trate de personalidades de primer orden como un Jefe de Estado o un Presidente de Gobierno. Una cosa es el protocolo y otra bien distinta el ordenancismo desmedido. Es la sociedad en su conjunto la que crea y recrea los rituales de todo tipo. Dejemos que sea ella la que siga tejiendo y destejiendo en ese sentido y guardemos los decretos-leyes para cuestiones más importantes. Así parece haberlo entendido, afortunadamente, el responsable máximo del Ejecutivo.
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Catedrático de la UCM
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