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EL TEATRO EN EL IMPARCIAL

Proyecto Edipo, de Gabriel Olivares: Sófocles en el coso taurino

Proyecto Edipo, de Gabriel Olivares: Sófocles en el coso taurino
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viernes 19 de octubre de 2018, 21:53h

Gabriel Olivares firma y dirige una inquietante pieza, en clave de distopía, donde se aúnan las figuras del héroe trágico griego y la de un torero que se niega a renunciar a su vocación.

Proyecto Edipo, de Gabriel Olivares

Director de escena: Gabriel Olivares

Escenografía y vestuario: Felype de Lima

Intérpretes: David DeGea, Carol Verano, Asier Iturriaga, Alba Loureiro, Abraham Arenas, Guillermo Sanjuán, Javier Martín, Montse Rangel

Lugar de representación: Gira por España

Por Rafael Fuentes

De forma gradual, pero a la vez inexorable, van subiendo a los escenarios españoles distopías -o sociedades futuras indeseables- donde se imagina qué nos ocurriría si tomasen el poder movimientos antisistema o anticapitalistas. El augurio de un desenlace apocalíptico hace ya una década que se instauró en el imaginario social, y empieza a afectar por igual a las supuestas consecuencias del orden capitalista, que a los efectos de un dominio político de las fuerzas antisistema. Esto último es lo que sucede en este Proyecto Edipo, en el que los grupos animalistas en defensa de los derechos de los animales se han hecho con el poder e imponen de un modo férreo e intransigente sus dogmas. El héroe trágico es ahora un torero del futuro, Jacinto, perseguido y encarcelado como el peor delincuente, y cuya resistencia a someterse a la nueva situación, empuja a la Fiscalía de Delitos Taurinos a dilucidar si es un enfermo mental o un criminal guiado por una maldad deliberada, y a determinar si su sitio es un presidio o un manicomio.

El futuro posee un aspecto de profunda pesadilla, cuya estética de arbitrariedad, locura y saña se mantiene a lo largo de toda la representación. Lo que fueran las mejores intenciones, digamos en 2018 -por ejemplo-, se han transformado en una feroz crueldad en la España del 2030, donde se desarrolla la acción. La protección de los derechos del animal, causa ahora un terrible sufrimiento al humano. Las mejores intenciones y las causas más nobles, ejercidas de manera dogmática y como instrumento de poder, muestran su doble filo destructivo.

Sin duda, el autor de la pieza y director del montaje, Gabriel Olivares, se propone ir mucho más lejos de un debate sobre la legitimidad o no de la fiesta taurina en España, de lo razonable o espurio del animalismo, o de la viabilidad democrática de ciertos axiomas antisistema. Pero en cualquier caso, para acceder al trasfondo de la experiencia trágica de su protagonista, Olivares ha decidido como punto de partida manejar estos materiales, y no otros, que siembran en los espectadores saludables interrogantes sobre esta estela de cuestiones. En ningún momento utilizará a sus personajes como los muñecos de un ventrílocuo, a través de los cuales comunicar al auditorio conclusiones prefabricadas. La interpelación queda en el aire.

Hay una escena, donde la multitud enardecida escarnece al toreo preso llamándolo verdugo, forajido, asesino, en la que irrumpe la voz exasperada de su madre Jacinta que replica a la masa afirmando que mientras los seres humanos pasen calamidades y se maten entre sí, la controversia taurina es ridícula, y que la corrida de toros solo es una dramatización de la vida ante la muerte. La interrogación queda sin respuesta, el contraste de actitudes se confronta obligando a una reflexión sobre las certidumbres preestablecidas por unos y otros.


La convicción de estar defendiendo un principio justo, conduce a los animalistas en Proyecto Edipo a establecer una violencia institucionalizada que genera agresiones aún más hirientes que el festejo que combaten. La obra no asevera que esto vaya a suceder inequívocamente, pero el aviso de ese riesgo se despliega ante los ojos del público. Los principios más generosos, utilizados de forma ciega e inquisitorial, desembocan en el fanatismo y el odio. No faltan en la historia de la humanidad infinitos ejemplos donde creencias bondadosas han arrastrado por esta vía a tiranías violentas. El coro de pseudocientíficos convocado por la Fiscalía de Delitos Taurinos para enjuiciar el caso del diestro Jacinto -interpretado con solidez por David DeGea-, se configura así como un aquelarre de Torquemadas que en vez de razonar lanzan dicterios muy semejantes a las lerdas descalificaciones que vemos circular hoy a diario por las redes sociales. El problema no es el tema del debate, sino la intolerancia cerril con el que se encara. Los asuntos de discusión en nuestro país van variando a lo largo de la historia, pero la obtusa zafiedad pública con que se abordan permanece invariable, como una constante histórica, inmune a los esfuerzos de las minorías ilustradas.

La única voz discordante que defiende a Jacinto frente a la intolerancia es una psiquiatra muy significativamente bautizada como “Teresa Marsé”. Un nombre que al espectador le remite de inmediato a Juan Marsé y a su novela Últimas tardes con Teresa. Todos pueden recordar el fugaz idilio, en este relato, entre el inmigrante charnego Manolo y la frívola militante de izquierdas de la alta burguesía catalana Teresa. Manolo ve en ella una forma de subir en la escala social y acceder a un paraíso tan soñado como ilusorio, mientras que Teresa contempla en Manolo al aguerrido combatiente antifranquista que no es. En ese doble malentendido se sustenta un efímero romance que pronto estalla como una pompa de jabón. En Proyecto Edipo, esa otra Teresa experimenta una empatía por el torero encarcelado, sin poder ayudarlo realmente, como la Teresa de Marsé, porque está a años luz de comprender a Jacinto.

Aquí el autor se adentra en una de las paradojas que caracterizan su pieza. La fiscalización racionalista castiga tan fieramente al matador que le lleva al asesinato de personas para salvarse del suplicio y recobrar la libertad. Para evitar el dolor del toro, se origina el calvario y muerte de seres humanos. Este planteamiento supera la anécdota circunstancial y ahonda en niveles más profundos de nuestra cultura. El fondo último que anima a Jacinto es borroso y recóndito, trasciende una elección personal o una particularidad psicológica, para hundirse en un subsuelo cultural que nos traslada a lo trágico de la Grecia clásica.

Gabriel Olivares añade una nueva y sorprendente mirada a ese folclórico mito del matador de toros, que desde Théophile Gautier o Blasco Ibáñez, pasando, entre otros, por Gómez de la Serna, Hemingway, Marguerite Steen, Barnaby Conrad o Pedro Almodóvar, parece una figura legendaria inagotable. Ahora Olivares lo vincula con las originarias representaciones trágicas que anudaban el estilismo de la belleza con lo volcánico de la pasión ciega, lo apolíneo con lo dionisíaco, en Esquilo o Sófocles. Más en concreto, Jacinto se configura como una versión hispana de Edipo. A través de la visión de uno de los dementes que se hacinan en el hospital donde lo recluyen, el dramaturgo va construyendo, en una labor minuciosa, un paralelismo entre ambos. Mientras avanza el drama de Jacinto, vemos a ráfagas episodios centrales de la peripecia de Edipo.


Este trenzado incluye un muy evidente complejo de Edipo en Jacinto, y su amor a la tauromaquia no puede desligarse de la adoración por su madre. Por otro lado, sabemos que en la mitología griega Layo, el padre de Edipo, había sodomizado al niño Crisipo, por lo que los dioses le habían condenado a morir a manos de su propio hijo. Algo que se vincula al asesinato de Jacinto a un transexual en el transcurso de la búsqueda de su enigmático padre. Si Edipo saja sus propios ojos como castigo y expiación al comprender que mató a su padre y procreó con su madre, Jacinto hará lo propio con uno de los suyos utilizando un asta de toro. En este punto, parece claro una cierta inspiración en la cornada que sufrió el espada Juan José Padilla en el coso de la Misericordia de Zaragoza el 2011, atravesándole el ojo izquierdo. Olivares no se ocupa de los hechos de este episodio real, sino que recoge las imágenes icónicas que produjo para asociar a su protagonista con el héroe mítico heleno.

Todas esas coincidencias entre uno y otro resultan bastante episódicas y circunstanciales. Si al final de la obra, Jacinto sale a hombros de Edipo, fuera de la plaza-escenario teatral, es porque ambos se ha rebelado destructivamente contra su destino, y porque en esa rebelión, en principio contra la injusticia y en busca de los responsables de ocultos crímenes, descubren que la culpa también reside en ellos de forma inconsciente. Son inocentes porque el destino los ha usado como herramienta para ejercer un castigo justo, y, a la vez, por ello, son culpables ante sí mismos.


Por la puesta en escena, diseñada por el propio autor, se nos indica que esta peripecia no debería considerarse como casos individuales o excepcionales, sino más bien como una línea que proviene de nuestros ancestros, pasa por el presente y se proyecta hacia el futuro en nuestra existencia colectiva. El escenario se ve plagado de ropas quiméricas, que cuelgan en el aire con un permanente estremecimiento, recordando los cuerpos de animales descuartizados en un matadero, o las sombras de los humanos sacrificados de manera cainita durante siglos en una cultura como la occidental guiada por ideales humanistas. Una incongruencia que exige una meditación. El instinto por sobrevivir reclama una acometividad a veces feroz, lo que a su vez provoca una violencia criminal. Cómo resolver ese dilema desde creencias humanistas es el gran reto.

Mientras no se resuelva, el espacio escénico adquiere el aspecto de una pesadilla en un manicomio. El autor y director de la pieza recurre a lo goyesco, a las pinturas negras, al imborrable teatro de la muerte de Tadeusz Kantor. Proyecto Edipo se inscribe así en la exploración de las sombras siniestras y trágicas que parecen acompañar siempre nuestros propósitos más racionales.

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